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| 4/29/2017 10:00:00 PM

Carlos Enrique Cavelier, el forjador de sueños de Alquería

No usa el título de presidente, sino el de coordinador de sueños de Alquería, empresa que lidera desde hace 25 años. Es un ejecutivo salido del molde y ha sabido navegar con éxito tanto las aguas agitadas como las serenas.

A Carlos Enrique Cavelier Lozano el sentido social le corre por las venas. Es una especie de vocación que heredó de su familia y que ha preservado en Alquería, empresa que comanda desde 1992. Su abuelo materno, Carlos Lozano y Lozano, era abogado de oficio que atendía a las personas sin recursos, pues aplicaba la tesis de que todos los seres humanos tienen derecho a la defensa. Por su parte, su abuelo paterno, Jorge Enrique Cavelier Jiménez, era médico y atendía en su finca a campesinos pobres a los que no les cobraba un peso. Fundó el Hospital Universitario de La Samaritana para tratar a pacientes con sífilis. A su turno, su papá Enrique Cavelier, quien fue concejal y alcalde de Cajicá, abrió la primera escuela mixta de Cundinamarca en Fagua, una de las mayores haciendas de la sabana de Bogotá, de propiedad de la familia. Y distribuía leche de manera gratuita a las escuelas del municipio.

Por eso no es extraño que el apellido Cavelier sea sinónimo de filantropía y trabajo social en esta zona de Cundinamarca, donde en 1959 la familia fundó Alquería, una de las principales compañías lácteas del país.

Como tercera generación, Cavelier Lozano ha seguido los mismos pasos y ha logrado combinar su pasión por los temas sociales con los negocios. No es casualidad que haya decidido estudiar antropología y sociología, dada su inquietud por comprender las complejidades del ser humano. Se graduó con honores de la Universidad de Vermont, en Estados Unidos, y realizó una maestría en Administración Pública en la Universidad de Harvard.

Su interés por la política lo llevó a ser concejal de Cajicá –sede de Alquería- y diputado a la Asamblea de Cundinamarca por el Nuevo Liberalismo. Posteriormente fue representante a la Cámara por Cundinamarca, asesor del Ministerio de Agricultura y secretario general del Ministerio de Justicia.

Ayudar a los demás a alcanzar sus sueños lo llena de satisfacción, con el principio de  “hacer el bien, sin mirar a quien”. Y la verdad es que lo está logrando, por medio de la Fundación Cavelier Lozano, con el programa Talentos Excepcionales, que busca descubrir jóvenes de escasos recursos de Cundinamarca que tengan capacidades intelectuales superiores, para apoyarlos a entrar a la educación superior.

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Gracias a este programa 187 jóvenes estudian hoy en las mejores universidades del país. También impulsa un fondo de becas con el apoyo de la de Los Andes, y un programa de integración lingüística que permite a jóvenes de Chía estudiar en el Liceo Francés, donde Cavelier cursó su bachillerato científico.

Aunque es consciente de que se queda corto frente a tantas necesidades, no cree que está arando en el mar porque tiene la seguridad de que darle una oportunidad a un muchacho significa un cambio radical en su vida. Por eso se identifica con la película La lista de Schindler, que cuenta la historia de un empresario alemán que ayudó a salvar a cientos de judíos de una muerte segura en los campos de concentración.

También trabaja con entusiasmo en apoyar los bancos de alimentos porque le duele el desperdicio de comida. En asocio con Nutresa y el Grupo Éxito impulsó el nacimiento de la Asociación Colombiana de Alimentos, que ha entregado gratuitamente 17 millones de litros de leche en 12 años, es decir, 1,5 millones de litros al año. Actualmente funcionan 18 bancos que ayudan a 500.000 personas, pero su  meta es beneficiar a 2 millones.

De la política a los negocios

Antes de dar el salto al mundo empresarial, Cavelier pasó por la política. Afirma que incursionó en este escenario porque entendió que el país necesitaba de gente que estuviera dispuesta a hacer cambios. “Si el médico no se mete a tratar la infección el paciente se muere”, dice.

Se vinculó con la política, llegó de la mano del Nuevo Liberalismo por su cercanía con Luis Carlos Galán. El asesinato de este líder liberal lo marcó para siempre. “Recuerdo muy bien ese día. Debía acompañar al candidato a la manifestación en Soacha pero llegué tarde porque tenía el curso prematrimonial. Después del atentado me desplacé al hospital donde recibí la terrible noticia. Lloré toda la noche. Hasta ese día supe lo que era que alguien tan cercano muriera”.

Después, como secretario general del Ministerio de Justicia tuvo que enfrentar otra situación dramática: la fuga del narcotraficante Pablo Escobar de la cárcel La Catedral. “Fueron días negros, de permanente zozobra. Tenía dos hijos pequeños y no sabía si los iba a volver a ver”. Por eso, después de haber ocupado varios cargos públicos se fue un tiempo del país y cuando regresó, a comienzos de la década de los noventa, se puso al frente de la empresa.

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No fue fácil, pues debido a la difícil situación económica en Colombia y a las cuantiosas inversiones realizadas, Alquería afrontó un duro revés que la llevó a acogerse a la Ley 550 o de quiebras en 2000. Pero no se amilanó y un proceso de reestructuración logró llevar el barco a buen puerto y sacarla adelante.

Entonces nuevamente puso en práctica sus estudios de antropología, pero esta vez para entender el comportamiento y la mente de los consumidores, ya que en un mercado con tantas marcas tenía que diferenciarse de la competencia. Por eso se concentró en innovar en sus productos. De ese modo lanzó en 1995 la tecnología UHT (ultra alta temperatura) que permite consumir la leche directamente de la bolsa sin tener que hervirla. De ese modo, Alquería fue pionera en la leche larga vida, que revolucionó el mercado y la competencia imitó muy pronto. Hoy es la empresa de leche larga vida más moderna del área andina.  

Alquería dio un giro tan dramático que en 2008 mereció el reconocimiento Ave Fénix, de la Universidad del Rosario, por haber resurgido de las cenizas. Hoy las cifras demuestran cómo ha evolucionado. El año pasado facturó 1,1 billones de pesos en cinco líneas de negocio: leches de bienestar, de nutrición, leches achocolatadas, yogures y productos de indulgencia (arequipe, crema de leche).

En 2008 se alió con la multinacional francesa Danone para producir yogures. Además, compró Lácteos de la Sierra, de Santa Marta, para incursionar en el mercado de la costa Atlántica, adquirió la Procesadora San Martín, en Medellín, y Freskaleche para fortalecerse en los Santanderes. La compañía tiene actualmente ocho plantas –dos en Cajicá, otra en Cota (Cundinamarca) y las demás en Bucaramanga, Medellín, Palmira, Aguachica y Santa Marta–.

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Cavelier tiene sueños muy ambiciosos para esta compañía en los próximos años. Quiere alcanzar ventas superiores a 1.000 millones de dólares, pasar de 6.000 a 15.000 colaboradores y aumentar de 13.000 a 25.000 el número de productores de leche.

“Nosotros no tenemos una compañía, sino una familia”, enfatiza el empresario al señalar que ha eliminado las jerarquías y que le gusta promover el trabajo en equipo y empoderar a los colaboradores para incentivar el sentido de pertenencia.

En la era del posconflicto

A la par del crecimiento de la empresa, Cavelier sigue pendiente de sacar adelante los programas sociales y mirar cómo puede ayudar a la gente. Por eso, seguirá trabajando en los proyectos de alimentos por medio de las diversas entidades de las que hace parte, no solo como impulsor del Banco de Alimentos de Bogotá, sino como asesor del alcalde Enrique Peñalosa para temas de nutrición y alimentación.

En educación, hará la labor desde el consejo directivo de la Universidad de los Andes y la Fundación Cavelier Lozano. Quiere seguir el ejemplo de importantes empresarios colombianos a quienes admira, como Nicanor Restrepo, José Alejandro Cortés, Antonio Celia y Samuel Azout, que, como él, buscan el desarrollo del país no solo a nivel económico, sino también social.  

Pero también trabaja en otros frentes relacionados con dos grandes retos que le quedan a Colombia: sacar al campo de la pobreza y combatir la corrupción. Sobre el primero, considera que el posconflicto es una gran oportunidad. Y lo dice con conocimiento de causa porque ha estado en contacto con la guerrilla y al tanto de los diálogos de paz.

Cuando era diputado a la Asamblea de Cundinamarca fue a Casa Verde, en La Uribe (Meta), y conversó con los líderes de las Farc en ese momento, Jacobo Arenas, Manuel Marulanda (Tirofijo) y Alfonso Cano. Se llevó una sorpresa porque encontró entre los guerrilleros a un compañero del Liceo Francés. Hablando con Arenas descubrió que había sido paciente de su abuelo, el médico Jorge Enrique Cavelier.

“Hay que tender la mano, pasar la página y aprender a perdonar”, dice Cavelier, quien vivió de cerca el acoso de esta guerrilla ya que su padre tuvo que salir del país por las amenazas de las Farc. A pesar de este episodio se reconcilió con este grupo, a tal punto que varios trabajadores de la compañía son reinsertados y entre los campesinos que le venden leche a la compañía muchos fueron ‘farianos’.

Para enfrentar la corrupción propone mano más fuerte. Es partidario de que los corruptos vayan a la cárcel para mostrarle a la sociedad que todo aquel que se porte mal recibirá su castigo.

Esas son las lecciones y el legado que Carlos Enrique Cavelier le quiere dejar a sus cuatro hijos –uno de ellos arquitecto, otro economista, una hija aspira a ser maestra del sector público y el menor quiere ser futbolista–. Con su esposa, Tita Piedrahíta, concejal de Cajicá, forman una buena dupla para seguir trabajando por el país, porque ella también tiene un gran compromiso con los programas sociales. Como dice: “Para qué tener un gran balance financiero y elevadas ganancias si no se pueden resolver los problemas de la gente que lo rodea a uno”.

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