Viernes, 28 de noviembre de 2014

| 2013/05/11 09:20

Los pecados de la élite empresarial

Bojanini, del Grupo Sura; Toro, de la Fundación Avina, y Durán, de la U. Javeriana, conversaron con SEMANA sobre la ética en los negocios.

Los pecados de la élite empresarial Foto: Juan Carlos Sierra / Semana - cortesía: Arquitectura e interiores, oficina principal

SEMANA: Comencemos con una frase de Jeffrey Sachs de su más reciente libro, ‘El precio de la civilización’: “Bajo la crisis económica norteamericana subyace una crisis moral, la élite económica cada vez tiene menos espíritu cívico”. Se diría que lo mismo está pasando en Colombia, después de ver los escándalos de InterBolsa y del Grupo Nule, para mencionar solo dos recientes escándalos. ¿Ustedes creen que algo está fallando en los valores de la élite empresarial en Colombia?


DAVID BOJANINI: Yo creo que sí. Lo que vemos en esos ejemplos es que muchas veces alguien –por su ambición desmedida– hace cosas en contravía de los intereses de otras personas que confiaron en su organización. Un empresario no puede anteponer sus intereses a los de los clientes, accionistas, proveedores o empleados, pues se generan conflictos y las personas en las organizaciones pierden el norte y dejan que los domine el deseo de ganar, por ejemplo, un bono muy jugoso. Los sistemas de compensación tienen mucho que ver con la distorsión de la ética y con los problemas que han venido ocurriendo en el mundo con las grandes crisis. Las personas empiezan a trabajar por un bono para ellos, y no por el bienestar y la creación de riqueza para todos.


BERNARDO TORO: Yo creo que uno de los obstáculos que tiene Colombia para resolver sus problemas, no solo los éticos sino los institucionales, es que las élites están fracturadas. Y es en la forma como estas se articulan en una sociedad como esta comienza a cambiar. El problema de InterBolsa no es solo la plata. Lo que se demuestra es que las élites económicas y financieras no responden a la confianza de la sociedad. Si están fracturadas, la sociedad no puede articularse porque no sabe cómo referirse a ellas. Es como en la casa: si el papá y la mamá pelean con los hijos, es muy difícil ponerse de acuerdo. Las élites no solo son las personas que tienen dinero o poder, sino todas aquellas cuyas decisiones pueden modificar los modos de pensar, de sentir y de actuar de grandes sectores de la población. Un punto fundamental en Colombia para orientar el trabajo es generar un ambiente ético en la empresa, en la política, en la economía, en la educación, en la salud. 

SEMANA: ¿Cuál sería ese papel sobre el cual deben ponerse de acuerdo?


B. T.: Son responsables de la creación y el fortalecimiento de los bienes públicos de una sociedad. La equidad no depende del dinero, sino de la cantidad y la calidad de bienes públicos que la sociedad tenga, y uno de nuestros problemas es que no hay suficientes bienes públicos en Colombia. Están corporativizados. Cuando no hay ese concepto del bien público y de responsabilidad de las élites, veo difícil salir del problema. 

VICENTE DURÁN CASAS S. J.: Yo señalaría que aquí nos movemos en dos polos que ojalá se acercaran cada vez más: la ética personal y la profesional. La primera se forma desde el hogar y desde la infancia, cuando los papás dan el ejemplo, al decirles y mostrarles a los hijos que no deben decir mentiras; que deben ser solidarios, leales, justos, honestos y transparentes en sus acciones. 

Los problemas empiezan por ahí: cuando la mamá le dice al niño que diga por teléfono que no está ahí, pues él aprende a mentir cuando le conviene. Es muy importante la calidad ética de las personas. Existe otro polo, que es el de la ética profesional y que se debe complementar con esta, no separarse. En muchos campos se toman decisiones complicadas desde el punto de vista ético, en las que están implicados la vida y el bienestar de la gente.

Un empresario puede tomar una decisión que tiene consecuencias enormes en muchas otras personas, en el medio ambiente, en la vida social y educativa de muchas familias. Creo que los estudiantes y profesionales deben conocer, aprender y calcular las dimensiones de sus propias decisiones. 

SEMANA: Algunos piensan que de los pequeños ‘vicios’ –algunos los llaman marrullerías– de los empresarios salen buenos resultados económicos para las compañías. Algo así como la teoría de los ‘males sin daño’. Esto parece ser bastante común. También el concepto de que todo se vale en los negocios. ¿Qué piensan?


D. B.: Yo pienso que no podemos partir de un enunciado como ese en ninguna parte. No es cierto que todo vale, por pequeño que sea. Hay un comportamiento muy común en algunas organizaciones, y es que cuando alguien va a hacer alguna cosa, su jefe le pregunta: “¿Cuál es la probabilidad de que nos cojan?” Y ese alguien dice: “Muy bajita”. Se dice: “Esto viola un articulito por allá de una ley, pero es muy difícil que nos cojan”. Ahí estamos en la línea del todo vale. Pero realmente uno debe tener como principio: si esto no cumple las normas a cabalidad, entonces no se debe hacer, no importa si nos cogen o no. Ese empleado al que su jefe autoriza a hacer algo incorrecto después dirá: “Voy a ser más inteligente que mi jefe” y tomará esas decisiones. Así se distorsiona la manera de hacer las cosas bien. Eso pasa mucho en la sociedad por lo que mal llamamos malicia indígena. Una cosa es ser inteligente y creativo, y otra muy diferente es serlo para violar las normas.

SEMANA: Y esa mal llamada malicia indígena, ¿dónde se aprende?


D. B.: Hay muchachos muy buenos que salen de las universidades y llegan a una empresa donde su jefe tiene la teoría de que todo vale. Entonces se vuelven personas que, para complacerlos o para ascender en la empresa, hacen cosas bajo esa filosofía o, si no les parece, se van. Hay riesgo de que una persona buena deje de serlo y ponga a un lado sus principios éticos. Definitivamente no pienso que todo vale. Es mejor muchas veces no hacer cosas porque contravienen una norma, que correr ese tipo de riesgos. Soy de la teoría que hay que educar bien desde el hogar, pasando por el colegio y la universidad; y en las empresas sí que hay que impartir educación.

SEMANA: Los recién egresados de las universidades llegan a las empresas, quieren conseguir todo rápido y ascender ya. Esto parece ser una herencia de la cultura mafiosa. ¿Habrá que educar mejor a los futuros profesionales?


V. D. C.: La vida es un proceso educativo que solo termina con la muerte. Indudablemente empieza en la familia, que es donde realmente se aprende lo más importante de la vida: si la verdad es un valor o no, o si ser justo es algo que merece la pena. Pero después de que las niñas y los muchachos han pasado por familias complicadas y colegios donde se viven situaciones muy complejas por la masificación de la educación y otros factores, nos dicen a nosotros en la universidad: “Hagan de esos seres humanos profesionales éticos”. 

A mí me aterra ver universitarios, de todas partes y de todos los sectores sociales, sin ideales por los cuales valga la pena luchar. Porque el deseo de riqueza y de tener bienes es importante y positivo solo si hace parte de un plan de vida, de constituir un hogar, de tener una vida estable, afectiva, profesional y humanamente realizable. 


SEMANA: Es legítimo aspirar a tener cosas y ascender. El problema es el camino para lograrlo.


V. D. C.: Las ansias del dinero por el dinero no le convienen al ser humano y tampoco tener la absolutización de la riqueza como único valor, que organiza todo lo demás en la vida. Independientemente de los credos religiosos, de las opciones de vida y de las preferencias de cada cual, se trata de la calidad de la vida humana. Creo que hay mucho que hacer en la sociedad. En los casos de jóvenes cuyo único valor es hacerse ricos, casi a cualquier precio, hay mucho trabajo por hacer y es cómo lograr que la gente interiorice esos deseos de ser y de vivir situaciones que vayan mucho más allá de eso: gente para la que la solidaridad sea un valor superior al deseo de riqueza.

D. B.: Hay algo que hemos tocado tangencialmente, pero que es importante, y es que en general el mundo se ha ido hacia el cortoplacismo. El presidente de una empresa mundial muy importante me decía que hoy la vida laboral de un presidente de una compañía está entre tres y cinco años y hay una gran rotación entre los altos ejecutivos. Esto hace que cuando un señor de estos se sienta a negociar su remuneración o compensación, que es un interés propio válido, busque resultados a corto plazo y deje de lado la sostenibilidad, o sea que las cosas puedan perdurar. 

SEMANA: ¿Ese modelo cortoplacista ayuda a distorsionar la ética?


D. B.: Claro, con estos modelos estamos cambiando la forma de actuar. Los incentivos se ponen para el corto plazo únicamente y eso es lo que la juventud dice: “Quiero volverme rico rápidamente” o “Quiero ascender rápidamente”. Un joven recién egresado de la universidad ya quiere ser gerente, pero hay que pasar muchas etapas y conocer muchas cosas; lo más importante es disfrutar lo que se hace. 

Otra cosa importante que se pierde es la esencia de las cosas. También se ha distorsionado el hecho de que a uno le vaya bien y la creación de la riqueza. Hay un discurso muy interesante del presidente de Uruguay, José Mujica, en la cumbre de Río, que cuestiona la vida empresarial y se pregunta para qué son las empresas. Muchas veces entramos en una carrera desmedida para generar dinero, pero no generamos riqueza, y eso es una distorsión grande.

SEMANA: ¿Cómo sembrar en la sociedad esos valores? Que no haya una carrera desmedida por ganar dinero…


B. T.: Pienso que se desarrollan en los espacios de socialización, de los cuales el primero es la familia, donde se forman los vínculos emocionales que se proyectan en una persona positiva y creativa. La calle es otro lugar de formación de valores colectivos al aprender a relacionarnos con el extraño, el que no conocemos. Uno de los problemas de nuestros jóvenes es que no hay organizaciones barriales y los muchachos crecen sin ver formas de crear esos valores. En las empresas también se aprenden los valores de creación de riqueza. Si ese conjunto de valores se orienta a la construcción y a hacer posible la dignidad humana, esta será una sociedad coherente. 

SEMANA: ¿Cómo debe responder una sociedad a conductas reprochables de quienes manejan las empresas?


V. D. C.: Hay diferentes formas de reaccionar. La responsabilidad de la Justicia es clave. Creo que es muy importante que todas sus instancias sean implacables y muy fuertes contra quienes transmiten esos mensajes nefastos para la sociedad de que cometen delitos, roban, perjudican el medio ambiente y desconocen los derechos de los trabajadores. Es muy importante que las instancias jurídicas y el derecho apliquen la ley y sean contundentes. Pero ahí no se agota el problema. Hay otras formas de socializar y motivar el respeto de las normas y la vida. Es probable que el derecho no pueda demostrarle la culpabilidad en algo, pero la sociedad, en su conjunto, rechaza este tipo de comportamiento más que a la persona.

Urge una pedagogía social muy importante. La sociedad debe valorar la formación, más allá del derecho y de las normas jurídicas, de los valores que constituyen la personalidad y el talante moral de las personas, la solidaridad, la justicia, el amor a la verdad. Que no vendan su criterio profesional por cualquier precio, sabiendo que tiene que renunciar a ideales de vida. 

D. B.: Hay muchas cosas que me preocupan de eso. Primero, pienso que la sociedad sí debe rechazar esas actuaciones, pero el problema es que entienda qué es lo que estuvo mal hecho. Muchas veces, la sociedad rechaza que las cosas salgan mal: “Vea, esos señores se quebraron y nos robaron la plata a todos”. Pero si no se hubiesen quebrado haciendo algo mal hecho, a lo mejor los habrían premiado, diciendo: “Estos son unos tipos muy exitosos y cómo ha crecido esta empresa”. Ahí viene un dilema muy grande: cómo educar a la sociedad para que aprenda a identificar lo que está mal hecho. 

Porque la sociedad muchas veces critica equivocadamente por falta de conocimiento, y eso me preocupa porque cada vez que hay una crisis financiera o un problema con una EPS, generalizan: “Todos los bancos son ladrones y todas las EPS son malas”, pero eso no es verdad, hay gente que lo hace bien. Cuando la sociedad generaliza, se debilitan unas instituciones que son necesarias para el desarrollo de una sociedad y para la creación de riqueza. Ahí tenemos un problema serio de cómo hacer que esta sepa lo que debe rechazar, y eso tiene que ver con la Justicia. 

B. T.: Hay que hacer un gran trabajo a nivel educativo. La política es renunciar a lo que no deben ser las cosas y trabajar en lo que sí. La sociedad necesita siempre resolver tres problemas y de eso depende el éxito de la comunicación: 1) Que nos ayude a entender por qué somos como somos, por qué cometemos los errores que cometemos y por qué, si lo tenemos todo, no podemos ser como algunos países de Asia. 

No es problema de inteligencia sino de arquitectura. ¿Por qué somos así y cómo salir del problema? 2) Que los medios, el Estado, políticos y educadores nos ayuden a eliminar la incertidumbre, con buena teoría, modelos y referentes. 3) Que nos den visiones de futuros probables. 

“Los medios sienten placer en lo malo”

Las series que están haciendo los medios sobre la mafia están creando falsos héroes. Muchos jóvenes admiran más a los capos que a los buenos líderes. 


SEMANA: ¿Qué responsabilidad tienen los medios de comunicación?


B. T.: Mucha. La mayor falencia de la televisión, la radio, la prensa y las revistas es que no proponen futuros atractivos viables. La sociedad no tiene diseño de futuros debatidos y compartidos y como no los tiene, cae fácilmente en el populismo, en la promesa falsa o en el beneficio inmediato. Los medios sienten placer en lo malo y cuando se les pregunta qué hacer, tenemos problemas. No estamos acostumbrados a resolver el pensamiento productivo y a ver futuros posibles porque solo con el diseño de estos podemos articular lo mejor de la sociedad. Si esos futuros posibles están articulados con las elites, la sociedad comienza a caminar. Todos esperamos eso, pero hay que comenzar a hacerlo.

D. B.: Los medios de comunicación juegan un papel importantísimo en la educación. Muchas personas no tienen acceso a una institución educativa, pero sí a los medios de comunicación. El mensaje que hay que dar a través de estos debe tener como fin que la gente empiece a entender cuáles son los valores que debe tener una sociedad. Por desgracia, vemos en muchos de los contenidos que se presentan una invitación a que la gente desprevenida, y tal vez con menos educación, tergiverse sus valores. 

Tantas series sobre la mafia hacen que los jóvenes admiren más a los capos que a los buenos líderes. Y no me digan que es repetir la historia de una manera fidedigna, porque la persona que tiene un bajo nivel educativo no interpreta eso, sino que ese señor cómo era de hábil para conseguir dinero y empiezan a admirarlo, y nosotros no hemos superado ese problema. 

B. T.: Voy en esa misma dirección. Uno vive de las narrativas que tiene y se explica el mundo según como pueda narrarlo. Es indudable que los medios juegan un papel muy importante en la creación de narrativas y la pregunta es qué narrativas están creando en conjunto, alrededor de lo que es ético o no, de lo que esperamos o no y de lo que somos o no. Este es un país en el que la interpretación y la conversación diaria dependen de lo que digan Julio Sánchez, Arismendi, SEMANA, El Tiempo y El Espectador. 

Muchas veces se intercambian las narraciones ahí. Cinco personas construyen la narrativa del país y hay muy pocas fuentes para comparar. Si se pusieran de acuerdo en un proyecto ético de sociedad, sería muy fácil andar. Si esas narrativas interpretan y hacen distinciones cerradas de la sociedad o se enfrentan, es muy difícil entender para la sociedad. Porque lo que pensamos y hacemos son nuestras conversaciones y si esas conversaciones no se llenan de significado ético, es muy difícil que una sociedad pueda acceder a niveles superiores de ética. 

V. D. C.: Yo diría que hemos perdido la orientación y la mirada a largo plazo. Queremos construir un país sano, plural, pero más justo, pacífico y equitativo. Colombia es uno de los lugares más inequitativos de América Latina. La inequidad económica es escandalosa. Dentro de ese contexto, desde el sector educativo tenemos una responsabilidad muy grande. 

En lo educativo el país ha cambiado muchísimo: ha incrementado el acceso a la educación. Pero ese crecimiento en la cantidad no puede suponer una disminución preocupante de la calidad, ahí hay un reto muy importante. La calidad de la educación es también la de los seres humanos que estamos formando y debemos involucrar a las familias y a todos los grupos sociales. Vale la pena insistir en una educación que vaya mucho más allá del resultado inmediato.

En un mundo globalizado, un país donde el valor que organiza lo demás en la vida es hacerse rico, está llamado al fracaso. Alguien decía: “Tenemos empresas exitosas, pero un país fracasado”, eso es inadmisible. Empresas exitosas solamente habrá cuando el país haya encontrado su rumbo. Eso se aplica a todo: a las Iglesias, a la universidad y a todas las instancias educativas. Por eso mi invitación es a ver las relaciones que hay entre todas estas dimensiones dentro de un proyecto común.

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