Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 5/16/2015 10:00:00 PM

Tres décadas de destrucción creativa

La actividad empresarial dio un vuelco total en las últimas tres décadas. Así fue la evolución contada por el analista Luis Guillermo Vélez Cabrera.

El Dow Jones Industrial Average (DJIA) está compuesto por las 30 compañías blue chip de Estados Unidos. Estas son empresas que cuentan con impecable reputación, calidad y solidez suficiente para aguantar cualquier altibajo del mercado. Sin embargo, de las 30 que lo conformaban en octubre de 1985, solo quedan 11 en marzo de 2015. El resto ha desaparecido, se ha fusionado o simplemente ya no son las empresas que eran antes, entre ellas nombres como Kodak, International Harvester, Alcoa, Sears y Union Carbide.

Treinta años después de la publicación, por primera vez, de las ‘100 empresas más grandes de Colombia de la revista SEMANA’ se observa que un fenómeno similar aconteció en nuestro universo empresarial.

Muchas compañías consideradas inmutables ya no existen, han surgido nuevos sectores y otros se han transformado de manera irreconocible. En cambio, algunas empresas subsisten fortalecidas habiendo crecido mucho más de lo que se soñaba posible a mediados de los años ochenta.

En buena medida esto se debe al movimiento de las placas tectónicas de la economía mundial, que empezó poco después de la publicación del primer listado de SEMANA en 1985.

Las reformas liberales en Europa y los Estados Unidos iniciaron una era de recogimiento estatal que le abrió espacio a la iniciativa privada. Por esa época, China avanzaba en el abandono del dogma marxista y la perestroika derrumbó los cimientos de la Unión Soviética y de la Cortina de Hierro.
En América Latina se sentían aún los coletazos de la crisis de la deuda pero se abría paso la democracia. La Comunidad Europea pasaba de ser un experimento de integración económica, circunscrito a unos cuantos países, a ser el modelo de integración política más ambicioso de la historia. Y en la ‘Factoría Asia’, que se limitaba al milagro japonés, ya se oía el rugido de Corea del Sur y de los demás tigres asiáticos.

En Colombia los cambios empresariales guardan una curiosa similitud con los ocurridos en los Estados Unidos. De las 30 compañías más grandes del país en 1985, medidas por sus activos en el ranking de SEMANA, tan solo diez de ellas permanecen en el listado actualmente.

La Flota Mercante Grancolombiana, Papelcol, Cadenalco y Alcalis eran empresas insignes hace 30 años y hoy en día es difícil encontrarlas referenciadas en Google. En su reemplazo han surgido nuevos nombres, en sectores que para esa época hubieran sido impensables. Pacific en petróleo, Claro en telecomunicaciones, Celsia en energía, Nutresa en alimentos y Cencosud en comercio, solo para mencionar algunos.

Sin embargo, los cambios son más profundos que nombres en una lista. No solamente hay sectores nuevos, sino también cambios en la naturaleza de las firmas, en su tamaño y en su alcance regional.

Propiedad pública espíritu privado

En 1985, empresas industriales y comerciales del Estado o de capital mayoritariamente público ocupaban los primeros lugares por activos y ventas principalmente. Se entendía que el Estado tenía un rol como empresario e incluso se asumía como dogma de fe la existencia de sectores vedados a la inversión privada, como los servicios públicos y los llamados sectores estratégicos de la economía.

De las diez empresas más grandes a mediados de los ochenta, solamente dos de ellas eran controladas por particulares, Coltejer y Avianca, el resto eran compañías de propiedad pública. Si bien el listado actual contiene también su alta dosis de empresas estatales, siete entre las primeras 20 –medidas por activos–, estas son muy diferentes a sus antecesoras.

El modelo del Estado empresario colapsó a mediados de los años noventa cuando se privatizaron y liquidaron numerosos elefantes blancos públicos. Las empresas que sobrevivieron, salvo excepciones, son ejemplos del nuevo modelo: el capitalismo de Estado. Empresas cuya propiedad es pública pero cuyo ADN corporativo es de empresa privada, y su comportamiento el de un competidor más del mercado.

Inclusive muchas, como Ecopetrol, el Grupo de Energía de Bogotá, ISA y la misma ETB han flotado una parte de sus acciones en la Bolsa, lo que las convierte en principio en entes cuyo objetivo es la maximización del capital para sus accionistas y no en agencias camufladas de asistencia social, en trincheras políticas o en banquetes para el sindicalismo voraz.

Enfocados, profesionalizados e internacionalizados

Hace 30 años, la sala de juntas de las empresas líderes se distribuía entre los miembros de la familia propietaria o los amigos del patriarca. Hoy día la dirección empresarial, tanto de empresas públicas como privadas, está compuesta generalmente por personas de mayor autonomía e idoneidad profesional.

Esto debido a sistemas de gobierno corporativo que incluyen miembros independientes, procesos de selección más rigurosos de los altos ejecutivos, comités de auditoría y riesgo, auditores externos y una remuneración directiva acorde con el mercado; así como la exposición constante a las calificadoras del riesgo y al ojo crítico de los analistas bursátiles.

En las últimas tres décadas también ha cambiado el enfoque de los grupos corporativos. A finales de los ochenta y principios de los noventa se buscaba crecimiento y diversificación a toda costa, inspirados en los keiretsus japoneses o los chaeboles coreanos.

Por ejemplo, los directivos de la oficina de planeación de Bavaria, desde donde se articulaban las agresivas adquisiciones de la época, se ufanaban de “adquirir una empresa nueva por semana”, con lo cual resultaron vinculados a sectores tan disímiles como la pesca de camarones, la vigilancia privada, la banca y la hotelería.

La conveniencia de conglomerados diversificados pronto fue revaluada tanto en Colombia como en el exterior. A principios de los noventa la crisis económica forzó una revisión del modelo y las organizaciones se vieron obligadas a concentrarse en sus competencias centrales.

Los grupos actuales son líderes en su respectivo sector: servicios financieros para Aval y Bancolombia, alimentos para Nutresa, generación de energía para Celsia, petróleo para Pacific y comercio para el Éxito, por mencionar solo algunos.

El crecimiento, además, ya no podía venir solamente del mercado local. Una vez superada la crisis del cambio de milenio, los grandes grupos nacionales miraron por primera vez fuera de las fronteras colombianas. La expansión natural a los mercados vecinos se vio frustrada por el desmantelamiento de la comunidad andina, que había sido el concepto sobre el cual se había edificado la política industrial colombiana desde los años sesenta.

Tal vez una de las consecuencias más dramáticas del infortunado socialismo del siglo XXI ha sido la destrucción de las cadenas productivas andinas que con tanto esfuerzo se construyeron durante décadas. Su reemplazo por el mercado centroamericano, donde muchas de las empresas nacionales son líderes, ha sido una alternativa creativa pero no del todo suficiente.

El ascenso del capital financiero

En 1985 solamente una entidad de servicios financieros, American Express, formaba parte del Dow Jones, en Estados Unidos. En 2015, el índice incluye cinco grandes firmas, entre ellas dos bancos, J.P. Morgan y Goldman Sachs, cuya presencia hubiese sido imposible si no es por la derogatoria del Glass-Steagall Act en 1999.

La primera edición de las 100 empresas de la revista SEMANA no incluyó entidades financieras. De haberlo hecho sería claro que es, en este sector, donde los cambios son más acentuados. Hace 30 años la banca colombiana se encontraba prácticamente nacionalizada, con los principales bancos en manos del gobierno, sin inversión foránea, con los servicios balcanizados y con numerosos banqueros en plan de fuga.

Actualmente, los conglomerados financieros colombianos sobresalen por su dinamismo y solidez. En materia patrimonial, por ejemplo, grupos como Bancolombia y Aval tienen capitales que superan con creces los de cualquier empresa privada del país, con excepción de Argos, y casi todas las estatales menos Ecopetrol y EPM.

Así mismo, su generación de utilidades billonarias, algo consuetudinariamente divulgado en los medios de comunicación, refleja no solamente la gran rentabilidad del sector sino también su competitividad. Quienes frecuentemente critican las ganancias del capital financiero harían bien en reconocer que una banca en buen estado de salud es el prerrequisito de una economía fuerte, y que si, además, es de propiedad nacional con proyección internacional pues tanto mejor.

El economista austriaco Joseph Schumpeter, escribiendo a mediados del siglo XX, decía que en la sociedad capitalista el progreso económico significaba cambio constante. Para explicarlo introdujo el concepto de la destrucción creativa, la fuerza disruptiva generada por el empresario que introduce nuevos productos, inicia nuevos negocios e inventa nuevas formas de hacer las cosas, minando en el proceso los cimientos de las empresas consolidadas que descansan en sus laureles.

En 30 años el mundo empresarial colombiano ha cambiado casi de manera irreconocible. Cuando esta revista publique el listado de las 100 empresas en 2045 lo único seguro es que será muy diferente.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

TEMAS RELACIONADOS

EDICIÓN 1839

PORTADA

Odebrecht: ¡Crecen los tentáculos!

Las nuevas revelaciones del escándalo sacuden al Congreso y al director de la ANI. Con la nueva situación cambia el ajedrez político al comenzar la campaña electoral.