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Alejandro Figueroa, banquero de tiempo completo

Lleva 42 años en el Banco de Bogotá y desde hace 27 es su presidente. Así es la vida del timonel del banco más antiguo del país.

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La ruta de la vida nunca se puede predecir, dice con convencimiento Alejandro Figueroa Jaramillo, presidente del Banco de Bogotá. Él puede dar fe de ello pues estudió para ser ingeniero civil –soñó con ello– pero la vida lo llevó por otros caminos y se volvió banquero.

Nació en 1941 en Medellín y terminó sus estudios de bachillerato en 1958, en el Liceo de la Universidad de Antioquia, uno de los colegios de enseñanza secundaria más antiguos de la capital antioqueña.

A los 18 años entró a la Facultad de Ingeniería Civil de la Escuela de Minas de la Universidad Nacional. Fue contemporáneo de Nicanor Restrepo aunque este último asistía a la Facultad de Ingeniería Administrativa.

Mientras estudiaba, Figueroa también laboraba como topógrafo y viajaba al Urabá antioqueño, cuando estas tierras eran selvas casi impenetrables. Le tocó hacer los mapas topográficos de lo que son hoy las extensas fincas bananeras en Chigorodó y Apartadó, y hasta paludismo aguantó.

Pero esto solo era parte de la vida del estudiante. Una vez terminó su carrera, se encontró por primera vez con la ingeniería civil gracias al embalse Guatapé (en el oriente antioqueño) en 1965. Se había vinculado a Empresas Públicas de Medellín, una empresa ideal para cualquier aspirante a ser gran ingeniero, pues entonces empezaba todo el desarrollo de los proyectos hidroeléctricos del país.
Su tarea era precisar y detallar en un mapa del Agustín Codazzi las fincas que había que comprar para hacer la represa. Cabe anotar que para construir esta obra, prácticamente fue necesario demoler el casco urbano de El Peñol. Figueroa recuerda que fueron días duros pero formadores. No olvida que en esos meses a caballo recorriendo la zona del oriente antioqueño, para ganarse la confianza de los campesinos le tocaba almorzar tres y cuatro veces al día.

Al mismo tiempo que daba los primeros pasos por la ingeniería, aprendía a templar los nervios y a medir los riesgos, algo que, sin saber, le serviría años después en su vida de banquero. Un día cualquiera se inundó uno de los túneles con trabajadores adentro y al ingeniero Figueroa le tocó tomar la decisión de tumbar el dique que protegía el cauce para salvar a los operarios. Otro día se incendiaron con gasolina las instalaciones, y otro se vino encima un derrumbe. También aprendió algo que nunca ha olvidado en su vida, que en los eventos importantes hay que estar presente.

Claro que Alejandro Figueroa no solo tenía en mente ser un buen ingeniero. Quería estudiar en el exterior. Después de dos años y medio en EPM, con la ayuda de Peter Santamaría, decano de la Facultad de Minas de la Nacional, saltó a Planeación Nacional, donde el entonces jefe de la entidad, Edgar Gutiérrez Castro, buscaba jóvenes ingenieros para trabajar.

Figueroa llegó a Bogotá donde solo tenía unos primos lejanos. Hacía rendir los días al máximo. A las seis de la mañana tomaba clases de micro y macroeconomía en la Universidad de los Andes y en el DNP trabajaba hasta las 11 de la noche.

El sueño de estudiar en el exterior se cumplió gracias a que Planeación Nacional tenía un programa para enviar a funcionarios a la Universidad de Harvard. Entre finales de 1968 y 1971 realizó allí un máster de Economía y fue candidato al doctorado. Pasó la prueba para empezar a hacer su tesis y estar otros dos años más en Estados Unidos, pero en Colombia era requerido con urgencia por el DNP.
Figueroa interrumpió sus planes, no pudo terminas su tesis y llegar al doctorado. Pero la vida le tenía preparado nuevos retos. En 1972, Hernando Agudelo Villa, ministro de Desarrollo, necesitaba un viceministro y lo escogió después de hacerle un severo examen de economía.

En diciembre de ese año, con solo 31 años, fue ministro encargado. En el breve tiempo que estuvo al frente de la cartera aprendió a tomar decisiones con criterio económico y político. Le tocaba firmar el decreto sobre la creación de los fondos regionales de capitalización, equivalentes a los fondos de cesantías de hoy. Avizorando la tormenta política que se podía desatar, Figueroa prefirió esperar la llegada del ministro. La tormenta se desató, pero no le reventó en sus manos.

El destino siguió marcando su rumbo. Justo el día en que se quemó el edificio de Avianca, en julio de 1973, entró a trabajar al Banco de Bogotá como asesor de la presidencia, entonces en cabeza de José Mejía Salazar, uno de los banqueros más destacados e importante que ha tenido el país. Era todo un honor trabajar al lado de quien consideraban el decano de la banca.

La idea de Figueroa era permanecer por un año, porque el sector público lo había seducido. Sin embargo, en este mes de julio completa 42 años en el banco y asegura que no se ha aburrido ni un solo día.

La banca lo conquistó y fue haciendo carrera paso a paso. Lo nombraron gerente general de Almaviva y posteriormente le ofrecieron la oficina principal del banco.

Aunque aparentemente parecía un retroceso en su carrera, entendió el sabio consejo de su jefe: “Si quiere progresar como banquero tiene que aprender lo básico”. Y dicho y hecho, allí aprendió hasta el más mínimo detalle de las operaciones bancarias.

En 1978, a los 37 años, fue ascendido a la vicepresidencia financiera. Tres años después pasó a la vicepresidencia ejecutiva y siguió escalando hasta que en 1986 ya era el representante legal del banco, para entonces el más importante del país. En 1988 asumió la presidencia hasta la fecha.

Confiesa que ha sido un trabajo fascinante. Su jornada comienza a las ocho de la mañana y termina 12 horas después. Lleva tareas para su casa y hay sábados que amanece con ganas de ir a la oficina, aunque sea para ordenar un poco su escritorio que siempre está lleno de papeles.

La experiencia de ingeniero le enseñó a moldear los nervios, algo que necesitó, multiplicado por mil, para afrontar las crisis bancarias de los años ochenta y la de finales de los noventa. El periodo comprendido entre 1982 y 1986 fue negro para el sistema financiero colombiano. Además de malos manejos y corrupción en el mercado local, otros factores llevaron a la banca a su punto más crítico. En el frente interno, la economía se desaceleró y para resolver los problemas de la balanza de pagos, el entonces ministro de Hacienda, Roberto Junguito, decretó una superdevaluación que puso en problemas a muchas empresas endeudadas en dólares. En el entorno externo también había problemas. México anunció que suspendería el pago de la deuda, y otros gobiernos latinoamericanos siguieron esa dirección, entre los cuales no estaba Colombia. Esto afectó a la banca que había financiado a varios gobiernos.

El Banco de Bogotá no resultó ajeno a tantas dificultades, pues fue una de las instituciones que participaron más activamente en otorgar préstamos sindicados a los gobiernos latinoamericanos. Su cartera extranjera ascendía a 300 millones de dólares y era urgente entrar en un proceso de refinanciación, pues su iliquidez era muy peligrosa.

Figueroa se puso al frente de la reestructuración de la deuda, único camino que le quedaba al banco para salvarse de ser nacionalizado, como muchos otros. Fueron casi dos años, con sus días y sus noches, de duras negociaciones en Bogotá y en Nueva York. El recuerdo de esas largas jornadas buscando consensos y permisos ante las autoridades bancarias norteamericanas y colombianas lo estremece. Afirma que ha sido la época más compleja que le ha tocado vivir en el banco.

A punto de firmar el acuerdo, por un tecnicismo, le tocó volver a conseguir los permisos. Pero lo logró. Hoy recuerda que el memorando del contrato comenzó con 18 páginas y terminó con 800, lo que muestra la complejidad del proceso. Para entonces, las acciones del Banco de Bogotá que pertenecían a José Alejandro Cortés y a Luis Carlos Sarmiento estaban en un fideicomiso.

Superado el momento, siguieron años de calma. Luego vino la crisis de finales de los noventa, que golpeó con más fuerza a la banca cooperativa e hipotecaria, pero que también llevó a que muchas instituciones salieran del mercado. Alejandro Figueroa, ya curtido en manejo de crisis, cree que esta fue menos estresante que la anterior.

Después de recordar esas épocas, cree que la banca colombiana hoy está en su mejor momento y que tanto él como sus colegas banqueros aprendieron la lección, en especial en lo relativo a manejar riesgos. La prueba es que la crisis de 2008 no movió los cimientos del sistema financiero colombiano, como sí los de otros países.

Después de tanto tiempo al frente de la institución más antigua del país –tiene 145 años– se siente más que satisfecho, aunque aclara que todo ha sido gracias al equipo que siempre lo ha acompañado y a los accionistas que ha tenido el banco, y en especial a Luis Carlos Sarmiento Angulo y a su hijo, con quienes ha hecho una gran llave.

Figueroa habla pausado, no le gusta nada a las carreras y por eso una de sus frases favoritas es que hay que atender los problemas uno a la vez. No es un hombre de parrandas. Dice que en la universidad fue fiestero, aunque advierte que solo a punta de cerveza. Ahora no se toma más de un trago y aunque dice que no le duele ni un hueso, cambió el trote por el caminar para evitar riesgos. Al fin y al cabo, dice, es igual de bueno para el corazón.

Sus amigos son los de siempre y los de antes: los compañeros de aula de la Nacional. Cada cinco años se reúnen y en octubre del año pasado celebraron los 50 años de graduación. Sus dos hijas están lejos de seguir sus pasos de banquero. Están dedicadas al arte.

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