Créditos

 Escenas de horror en un hospital de Alepo (BBC Mundo)

 En una fábrica de bombas caseras de los rebeldes (BBC Mundo)

El laberinto sirio: cómo entender esta guerra

Claves para entender el enredo que puede hacer volar todo el Oriente Medio.

Estados Unidos vs. Rusia vs. Arabia Saudita vs. Irán vs. Turquía vs. Bashar al-Assad vs. el Ejército Libre de Siria. Este podría ser el afiche de una velada de lucha libre en la modalidad de todos contra todos. En realidad es el imprevisible escenario que de-sangra a Siria. Como en los mejores tiempos de la Guerra Fría, allá se enfrentan indirectamente potencias extranjeras con ejércitos interpuestos. Ahora, lo que empezó en marzo de 2011 como una rebelión pacífica contra la dictadura de Bashar al-Assad, mutó en una cruenta guerra civil que ya cobró 70.000 vidas y promete romper el equilibrio del Medio Oriente, la región más explosiva del mundo.

Los 22 millones de sirios se dividen entre una mayoría musulmana sunita y una minoría chiíta alauita que ostenta el poder. El mosaico se completa con comunidades ismaelitas, cristianas, kurdas y varios miles de refugiados palestinos e iraquíes. El país comparte fronteras con Turquía, Israel, Líbano, Irak y Jordania. Por eso todos creen que tienen algo que decir. Los turcos y los saudíes quieren ayudar a sus hermanos sunitas. Los rusos y los iraníes no quieren perder una alianza estratégica. La oposición quiere mandar y Bashar al-Assad se aferra al poder, pues su vida y la de su comunidad alauita depende de ello. Por encima, Estados Unidos y Europa no se deciden. Y la ONU, ahí...

En este laberinto, que cada semana horroriza al mundo con la noticia de una nueva masacre, estos son los principales actores.

La ONU, sin salida

Desde que empezó la violencia, en el Consejo de Seguridad de la ONU Rusia y China han impuesto una y otra vez su veto a una resolución que permita una intervención. El enviado especial Kofi Annan -el plan B- también ha sido un fracaso. No tuvo éxito tratando de imponer un cese al fuego y negociaciones. Los observadores de la ONU ni siquiera han podido acceder a los sitios de las masacres. Incluso, los han apedreado y disparado.

Washington espera

Una y otra vez ha denunciado los crímenes de Al-Assad. Le convendría su caída, no solo para ganar credenciales humanitarias, sino para cerrarle el paso a Irán. Pero es poco probable que el presidente Barack Obama se embarque en una nueva guerra en el Medio Oriente. Siria está demasiado lejos de los estadounidenses, obsesionados por la economía.

Eso no quiere decir que la Casa Blanca no esté moviendo fichas. En febrero de 2012 altos oficiales dijeron off the record que estaban planeando una intervención militar para "darle opciones a Obama". Varios wikileaks revelaron que desde hace años Estados Unidos apoya económica y logísticamente a opositores sirios. Además, en las últimas semanas Turquía, Arabia Saudita y Qatar, tres aliados de Washington, han enviado armas a los rebeldes. Todo ello sin duda cuenta con el visto bueno de Obama.

Por eso los rusos rechazaron los comentarios de Hillary Clinton cuando acusó a Moscú de venderle armas al régimen. Los rusos argumentaron que el material bélico consistía en helicópteros vendidos hace años y en mantenimiento en Rusia y que, de hecho, Washington "facilita armas a la oposición que pueden ser utilizadas contra el gobierno". La disputa retórica dejó un tufillo de Guerra Fría y generó preocupación, pues la guerra civil podría volverse un enfrentamiento entre un bando apoyado por Rusia y otro por Estados Unidos, como si todavía existiera la Unión Soviética.

Rusia, firme 'nyet'

El Kremlin protege a su último aliado sólido en el mundo árabe. Moscú y Damasco son socios desde la Guerra Fría, tienen acuerdos comerciales que incluyen venta de armas. Pero sobre todo, Moscú tiene una base naval en Tartus que le da su única presencia permanente en el Mediterráneo.

La intransigencia del presidente Vladimir Putin también se explica porque quiere ponerle freno a la intervención occidental en la región. Hace un año, en Libia, los bombarderos de la Otan fueron determinantes para acabar con Muhamar Gadafi. La operación militar se basó en el decreto 1973 de la ONU, que los rusos y los chinos se abstuvieron de votar. Putin calificó el ataque de "nueva cruzada medieval" y en el aire quedó el sentimiento de que occidente les forzó la mano y que eso no se puede repetir.

Bashar al-Assad, atornillado

A pesar de enfrentar una rebelión que lleva dos años, Al-Assad está firme. El apoyo de Rusia, China e Irán lo tienen a salvo de Occidente. El régimen además cuenta con los alauitas, la minoría de la que proviene el clan Al-Assad. Es una rama del islam chiíta considerada hereje por los sunitas. Desde que los Al-Assad se tomaron el poder en 1971, los alauitas (12 por ciento) controlan el aparato estatal. Si el tirano cae, su lealtad les va a salir cara. Otras minorías, como los cristianos, también le temen a un gobierno islámico o, peor aún, una guerra como en Irak. Mientras tanto, prefieren la dictadura.

Al-Assad tiene una multitud de servicios secretos, fuerzas especiales y cuerpos de élite dominados por sus familiares y los alauitas. La cuarta brigada del Ejército, comandada por su hermano Rifaat, ha tenido un rol clave en la represión, así como las tristemente célebres shabihas, unidades paramilitares que están haciendo el trabajo más sucio de Al-Assad. Para todos ellos la lucha es de vida o muerte.

Una oposición dividida

Hay dos grandes vertientes: el Consejo Nacional Sirio (CNS), basado en Turquía, compuesto por exiliados. Este no ha logrado imponerse, está dividido entre islamistas y seculares y no tiene un plan para el post-Al-Assad. Son además vistos con suspicacia por la oposición interna, que está poniendo los muertos y que teme que los exiliados se impongan cuando caiga el régimen.

El brazo armado de la rebelión es el Ejército Libre de Siria, al que se han unido desertores de las tropas gubernamentales. No tienen un mando unificado y operan como guerrillas semiautónomas. Han recibido armamento y dinero de Turquía, Arabia Saudita y Qatar, lo que ha empezado a cambiar la balanza. Por eso Al-Assad necesitaría los helicópteros rusos, pues sus hombres ya "perdieron grandes porciones del territorio", según observadores de la ONU.

La guerra fría árabe

En Siria se juega un enfrentamiento regional entre las dos corrientes del islam: los sunitas y los chiítas. Por un lado, las grandes potencias sunitas, encabezadas por Arabia Saudita, Qatar y Turquía, están decididas a que el próximo régimen en Damasco esté alineado con ellos. Están financiando y armando la oposición.

Se enfrentan a Irán, el país chiíta más poderoso, que es un viejo aliado de Siria. Teherán cuenta con un eje chiíta en el Medio Oriente: los Al-Assad, el Hezbolá en el Líbano, el Hamas palestino y, desde hace poco, el gobierno iraquí. Si desaparece la dictadura siria, los iraníes perderían la columna vertebral de su influencia en la región. Teherán y Damasco tienen además un pacto de defensa mutua. Por ahora los iraníes han enviado petróleo, dinero y armas, pero, en teoría, si perciben que Siria es atacada, intervendrían.

Para rematar, desde hace unos meses hay presencia de islamistas. Ayman al-Zawahiri, el líder de Al Qaeda, llamó a hacer el yihad (la guerra santa) contra Al-Assad y ha habido atentados suicidas en Alepo y Damasco.

Los vecinos

Con tantos actores envueltos en la contienda, el potencial de que el conflicto escale y desborde las fronteras es muy real. No solo Irán y Arabia Saudita pueden terminar en un conflicto. Las regiones fronterizas del Líbano y de Turquía viven ya al ritmo de la guerra siria. En el Líbano, que también es un rompecabezas de religiones, se han visto combates entre aliados y opositores del gobierno sirio. E Israel se mantiene nerviosamente al margen, pues prefiere el status quo con los Assad que el régimen fundamentalista que, muchos temen, sería el reemplazo de esa funesta dinastía.