22/12/2012

Pocos la quieren pero ella es la mujer más rica del mundo

FORTUNAExtravagante, ultracapitalista y sin pelos en la lengua. Así es Gina Rinehart, la mujer con más dinero en el planeta.

“Nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo”, dice un refrán popular y es especialmente cierto para los más ricos y poderosos. Ya sea porque otros no están de acuerdo con sus posturas políticas, porque desaprueban la manera en que amasaron sus fortunas o porque son rivales, los multimillonarios están acostumbrados a tener unos cuantos enemigos.


Sin embargo, hasta los más pedantes, como el titán de los medios Rupert Murdoch, conservan un fiel séquito de familiares y amigos. Ese no es el caso de la australiana Gina Rinehart, la mujer más rica del mundo según Business Review Weekly, quien parece disfrutar de hacerse odiar por todos, sean compatriotas, colegas, la prensa e incluso sus hijos. 

Rinehart, dueña de una fortuna estimada en 29.000 millones de dólares –aunque la revista Forbes le asigna 18.000, todavía por detrás de la dueña de los almacenes Walmart–, es una de las mujeres menos queridas de Australia. Sus declaraciones incendiarias contra el gobierno, que ella considera socialista aunque es de centro, ya son célebres en todo el continente y ahora llegan en su nuevo libro El norte de Australia y algo más: los cambios que necesita nuestro país para ser rico. Desde recortes abismales en el salario mínimo hasta propuestas para independizar el noroccidente –donde están sus yacimientos minerales– Gina, de 58 años, es uno de los personajes más polémicos entre los ya extravagantes archimillonarios del mundo.

La historia comenzó en 1952, cuando el avión privado de su padre Lang Hancock cayó por accidente en un lugar donde, oh sorpresa, había un yacimiento de hierro. En ese entonces estaba prohibido exportar ese mineral, así que mantuvo el hallazgo en secreto e hizo lobby hasta que logró que la ley fuera derogada. Con la posibilidad de lucrarse con el metal, fundó la compañía minera Hancock Prospecting y pronto multiplicó su vieja fortuna de terrateniente heredero. Desde joven, Rinehart sabía que algún día controlaría esa empresa. “Haga lo que haga, Hancock será mi prioridad y nada se interpondrá en mi camino”, le aseguró a un reportero. Lo decía en serio y hoy la compañía que heredó
de su padre es su vida entera.

Como en cualquier familia adinerada que se respete, las disputas por la herencia no se hicieron esperar. Su mamá había muerto y su papá quedó solo y con serios problemas de salud, por lo que Rinehart contrató a la filipina Rose Lacson para que lo cuidara. Él vio en ella mucho más que una enfermera y en cuestión de semanas se volvieron amantes. Al poco tiempo se casaron y empezaron una vida de excesos y lujos que solo disfrutaba ella debido al frágil estado del millonario. 

Por supuesto a Rinehart no le gustó la idea de compartir su fortuna y se enemistó con su padre, a quien trató del “hazmerreír del país” en una carta. Él, igual de molesto con la avaricia de su hija, le respondió que se había convertido en una mujer perezosa y vengativa. Cuando su papá murió a los 82 años, Gina sugirió que la filipina habría tenido algo que ver e hizo campaña para hacerle una nueva autopsia al cadáver. Aunque varias personas declararon contra la viuda, al final se supo que la australiana había pagado a los testigos, pues Hancock sí había muerto por causas naturales. La Corte resolvió que las dos mujeres debían dividirse la herencia. 

Rinehart recibió las regalías de las minas de Hamersley cuando equivalían a escasos 14 millones de dólares, a diferencia de Lacson que obtuvo cerca de 50 millones en acciones y otros beneficios. Sin embargo, fiel a su principio de disparar las ganancias de la empresa, Gina aumentó 300 veces el valor de Hancock Prospecting. Sería una gran historia de éxito, si no fuera porque lo hizo a punta de explotar a sus trabajadores con malos salarios y nulas prestaciones. 

En efecto, una vez afirmó durante una huelga estar dispuesta a traer extranjeros, porque “los africanos quieren trabajar y están dispuestos a hacerlo por menos de dos dólares diarios”. El gobierno rechazó de tajo semejante ocurrencia. “El estilo australiano no consiste en tirarle una moneda a la gente para que trabaje un día. Nosotros apoyamos los salarios justos y las condiciones laborales dignas”, le respondió la primera ministra Julia Gillard. 

A pesar de ese tipo de comentarios, su extraordinaria riqueza le ha permitido salirse con la suya. No solo logró tumbar el impuesto a la minería que quiso imponer el primer ministro anterior, sino que su gran poder le permite tener cientos de negocios de los cuales es dueña exclusiva. Tal vez por eso se ha vuelto obsesiva con todo lo que concierne a su fortuna y hasta es terriblemente celosa con sus hijos.

Cuando Lang Hancock murió, dejó un fondo para sus cuatro nietos, John, Bianca, Hope y Ginia. Como ellos aún eran muy jóvenes, designó a Rinehart para que administrara el dinero, que equivale al 25 por ciento de la compañía. Todo fluyó a la perfección hasta que llegó el momento de que los beneficiarios reclamaran su fortuna. La australiana, alegando riesgos fiscales, cambió la fecha de entrega a 2068, cuando John ya tendría más de 80 años y su mamá, 114. Los tres hijos mayores la demandaron y el litigio ya lleva más de un año. 

Aunque la magnate trató de impedir que los detalles del caso salieran a la luz pública, la Corte no aceptó y los pormenores pronto se convirtieron en la comidilla de la prensa. Eso no ha hecho más que dañar la imagen ya maltrecha de Rinehart, cosa que ni siquiera sus acciones en medios australianos, como el Sydney Morning Herald y Ten Network Holdings, han podido impedir. Una de las acusaciones más graves en su contra es que supuestamente amenazó a sus familiares con dejarlos en bancarrota si no accedían a cambiar la fecha del documento. A nadie le extrañaría que fuera así, pues se trata de la mujer que le dijo a los australianos: “Si están celosos de quienes tienen dinero, no se quejen, hagan algo para tener más plata. Empleen menos tiempo fumando, bebiendo y socializando, y más trabajando”. 

Rinehart alejó a todos sus aliados excepto a Ginia, su hija menor, quien la sigue apoyando y critica las acciones de sus hermanos. La multimillonaria no tiene muchas otras personas en quienes confiar. Su historial de conflictos y disputas legales no tiene fin y cada vez que abre la boca, sus compatriotas la destrozan. Puede que por eso haya preferido escribir, aunque eso no es garantía. Diga lo que diga, siempre hallará la forma de escandalizar a medio mundo.

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