19/01/2013

Todo se derrumbó para Armstrong

POLÉMICAEra una leyenda del ciclismo pero su obsesión por el triunfo lo perdió. Luego de descubierto su elaborado esquema de dopaje, Lance Armstrong buscó redimirse en su entrevista con Oprah Winfrey. No convenció a todos y las consecuencias del escándalo apenas comienzan.

Lance Armstrong está acostumbrado a controlar hasta el más mínimo aspecto de su vida. Cuando lideraba su equipo de ciclismo, el US Postal, se aseguró de ganar mediante un sofisticado sistema de dopaje, con la complicidad de sus compañeros, médicos y directivos. Incluso cuando estos decidieron confesar sus artimañas, el deportista no tuvo problema en acallarlos con intimidaciones, insultos y demandas. Y ahora que es un héroe caído en desgracia y que por fin admitió haber hecho trampa para subirse a lo más alto del podio, su manía por controlarlo todo sigue siendo la misma. Pues la publicitada entrevista con Oprah Winfrey, emitida el jueves y viernes, no fue más que una confesión bien calculada.


No porque sus respuestas estuvieran preparadas –al contrario, en algunos momentos Armstrong parecía nervioso de verdad–, sino porque el show de una de las mujeres más poderosas de Estados Unidos es el confesionario de ese país, el lugar ideal para redimirse. Después de quedar ante la opinión pública como el mayor beneficiario del programa de dopaje más avanzado jamás visto, el exciclista quiso volver a tomar las riendas del asunto. Aceptó haber consumido sustancias prohibidas para ganar sus siete Tours de Francia, tal como se filtró a comienzos de semana, pero la gran decepción es que no explicó de manera precisa cómo lo hizo. Y lo peor de todo, es que para muchos, ni siquiera pareció arrepentido. 

En todo caso sus palabras tienen un gran impacto en el ciclismo. Durante los últimos diez años, Armstrong sostuvo hasta la saciedad que sus triunfos fueron genuinos y que en los más de “500 controles antidopaje” que le practicaron nunca dio positivo. Esa gran mentira se vino abajo el año pasado cuando más de 20 testigos, en su mayoría compañeros de equipo, declararon en su contra en el exhaustivo informe de la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (Usada). En agosto ese organismo despojó de sus títulos al hombre que todos consideraban una leyenda por haber ganado tantos tours consecutivos después de superar un cáncer, y en octubre, la Unión Ciclista Internacional (UCI) lo vetó para siempre.

Desde entonces, Armstrong se negó a dar declaraciones a la prensa y, por eso, la entrevista con Oprah se convirtió en primicia mundial. Aunque el exciclista dejó muchas dudas sin resolver, hay algunas revelaciones sorprendentes. En los primeros minutos del programa aceptó que se dopó entre 1999 y 2005 con toda clase de técnicas y sustancias: su “cóctel de drogas” consistía en testosterona, cortisona y EPO (eritropoyetina), así como transfusiones de sangre para oxigenar las células del cuerpo y mejorar su rendimiento. Según él, el sistema era tan simple y común en la época, que no sentía estar haciendo trampa. Sus rivales también lo hacían, todos estaban en “igualdad de condiciones” y nadie podía ganar un tour sin doparse. Concluyó que esa costumbre ya existía antes de él, y aseguró que su mayor error fue no haber hecho nada para detenerla. 

A cambio de hacerlo, como demostraron las investigaciones, se encargó de perpetuarla, pues al parecer amenazó con echar a varios compañeros de su equipo si no se dopaban. Aunque Armstrong nunca lo dijo expresamente, como él era el líder del grupo y el ejemplo a seguir, quedaba implícito que los demás también debían doparse para ayudarlo a ganar. En cuanto a cómo logró burlar los controles durante tantos años, su respuesta fue escueta: “Como en ese entonces todavía no había controles fuera de la competición, el consumo ilícito se podía programar”. Es decir, lo hacía semanas antes para que no quedara rastro de las drogas en su cuerpo. No está claro, sin embargo, cómo logró evadir los controles en plena carrera, pues existe evidencia de que se inyectó EPO más de una vez mientras estaba compitiendo. 

Todo eso se sabe gracias a personas de su círculo cercano que se atrevieron a denunciarlo, muchos antes de que la Usada emprendiera su investigación. El deportista reconoció a Oprah que se portó como un “matoneador”, pues como siempre estaba acostumbrado a controlarlo todo, tan pronto alguien intentaba entrar a su “territorio”, su reacción inmediata era atacarlo así supiera que estaba diciendo la verdad. Citó los casos de Emma O’Reilly, la masajista que trabajó con el US Postal desde 1996, quien presenció cómo sus integrantes se deshacían de las jeringas usadas en latas de gaseosa, y el del exciclista Frankie Andreu y su esposa Betsy, quienes en una visita al hospital donde Armstrong se recuperaba del cáncer lo escucharon decirle a su médico que se había dopado con EPO y anabolizantes. Si bien el deportista admitió que lideró una cacería de brujas contra ellos, en ningún momento de la entrevista les ofreció disculpas. 

De allí la decepción que ha provocado su testimonio. En la historia del deporte muchas figuras han tenido que reconocer sus errores públicamente, pero como lo señala el periodista de The New York Times David Carr, “pocos han tenido que admitir su maldad de manera tan directa como Armstrong”. Eso queda en evidencia cuando Oprah le preguntó si alguna vez se sintió mal por lo que hizo y el exciclista le respondió: “No, y esa es la parte más aterradora”. En su afán por ser el mejor del mundo, no quería que se terminara esa “historia mítica y perfecta”. El cáncer lo convirtió en un luchador capaz de hacer lo que fuera con tal de llegar de primero, pero esa obsesión se transformó en algo muy “tóxico”. 

No obstante, el Times insiste en que detrás de su deseo de redención Armstrong busca volver a competir en triatlones, su otra gran pasión. Y para lograrlo necesita que le levanten el veto que le impusieron el año pasado. De hecho, el diario asegura que el ciclista se reunió en diciembre con el presidente de la Usada, Travis Tygart, para discutir sus opciones, pues su objetivo es “mitigar la prohibición” que le impide participar en eventos de alto rendimiento. La misma noche del jueves, cuando se emitió la primera parte de la entrevista, Tygart dijo que con su confesión ante las cámaras Armstrong había dado un “pequeño paso en la dirección correcta”, y lo exhortó a declarar.

De hacerlo, en esa andanada no solo se hundirían los organizadores y médicos ya implicados en la trama, sino los poderosos del mundo del ciclismo, específicamente de la UCI, que supuestamente conocían el sofisticado sistema de dopaje y no lo denunciaron. Si Armstrong le entrega a la Justicia esos detalles jugosos que se calló durante la entrevista, posiblemente le reduzcan el veto a ocho años. 

Todavía no se sabe a ciencia cierta cuál será su próxima jugada (al cierre de esta edición no se había emitido la segunda parte del programa) ni tampoco si podría ser procesado por perjurio dado que mintió en sus declaraciones juradas ante la Usada en 2005. Lo que sí se anticipa es que tendrá que devolver la plata de los premios que ganó a los organizadores y patrocinadores que creyeron en él (su aseguradora SCA Promotions le exige 11 millones de dólares, mientras que la organización que administra el Tour de Francia le exige cuatro). Las víctimas de su “matoneo” tampoco se quedarán cruzadas de manos y, por ejemplo, el dominical The Sunday Times ya pidió que le reembolse las 300.000 libras esterlinas que le tuvo que pagar al exciclista por acusarlo de hacer trampa en 2004, y lo está demandado por 700.000 más.

El camino que sigue es largo y Armstrong sabe que le va a quedar muy difícil conseguir que sus seguidores lo perdonen. La tozudez que lo llevó a desarrollar un instinto insaciable de ganar finalmente se le salió de control. Como dijo en la entrevista, “al final no puedes negar ni esconder esa arrogancia. Lo veo hoy, no es nada bueno”. 

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