05/02/2013

“Me metí tanto en el papel que ya no sé cómo salirme”

Por: Ximena Sanz de Santamaria C.*

OPINIÓNReconocer y aceptar que las personas van cambiando no es una tarea fácil para nadie, sobre todo cuando una determinada forma de ser ha tenido éxito.

Muchos de los grandes actores de cine y televisión, tanto a nivel nacional como internacional, coinciden en afirmar que lo más difícil al terminar la producción en la que han jugado el rol de un personaje importante, es dejar ir al personaje. Quitarse la máscara se vuelve una tarea difícil. Como dijo Andrés Parra en una entrevista después de terminar la producción sobre Pablo Escobar: “En la última sesión me despedí de Escobar porque, quiéralo o no, después de pensar de manera obsesiva en él durante tanto tiempo, se creó un lazo entre los dos”. Esto no solamente ocurre con las “máscaras” que deben usar los actores. En la vida diaria de una persona cuya profesión no es la actuación, tiende a pasar lo mismo.

A medida que las personas van creciendo, adoptan características y comportamientos que no sólo se constituyen con el tiempo en rasgos de su personalidad, sino que además les van dando una identidad dentro del grupo de personas con las que interactúan: familiares, amigos, compañeros. Empiezan a aparecer “rótulos” como el chistoso del grupo, el “perro”, el rumbero, el calmado, el buen amigo, el ‘play’, el nerdo, el que más “aguanta” tomando trago, el que nunca llora, etc. Son “rótulos” que, aunque habitualmente aparecen en la adolescencia, tienden a mantenerse a lo largo de la vida, lo que en muchos casos obliga a las personas a seguirse comportando igual; porque si dejan de ocupar su rol, empiezan los reclamos y las descalificaciones a tal punto que en ocasiones los amigos y amigas se alejan porque la persona “ya no es la misma”. Por esta razón, en muchos casos es “más fácil” seguir adoptando el mismo rol, usando la misma máscara, porque dejar de hacerlo conlleva cambios que no siempre son fáciles de hacer.

“Yo sé que la gente que me ve piensa que soy la persona más feliz del mundo porque desde el colegio, he sido muy alegre y sonriente. Pero estoy cansada de tener que aparentar algo que no estoy sintiendo porque socialmente no está bien visto que uno esté triste o mal”, me decía una mujer de casi treinta años. Según ella, los treinta la estaban haciendo replantearse muchas cosas que quería poder hablar y compartir con sus amigas. Pero se había encontrado con que las personas a su alrededor no lograban aceptar que ella estuviera menos alegre, más pensativa, y en ocasiones hasta triste. Eso le estaba generando aun más dudas sobre sí misma, además de un sentimiento de vacío al ver que, por haber mantenido durante tanto tiempo la máscara de la mujer alegre y sin problemas, no tenía ante los demás la opción de comportarse distinto.

Caso similar el de un hombre entrado en los treinta que se estaba dando cuenta que quería dejar de ser “el chacho del grupo”, como él mismo lo describía. Pero llevaba varios meses intentando salirse de su rol, dejando de ser “el perro”, el conquistador, al que ninguna niña le importaba, para empezar a buscar una persona con quien construir una relación seria porque ya sentía el  deseo de casarse y formar una familia. “Creí que la vida se trataba de eso, de pasar bueno sin compromiso alguno. Y ahora lo que siento es un vacío que no sé cómo llenar; podría seguirme acostando con cualquier mujer pero no quiero seguirlo haciendo y es difícil porque mis amigos me admiran por esa supuesta capacidad de no involucrarme con nadie. Y eso lo que está generando en mí es una soledad cada vez más profunda. Me metí tanto en el papel que ya no sé cómo salirme”.

Reconocer y aceptar que las personas van cambiando no es una tarea fácil para nadie: ni para la persona misma, ni para quienes la rodean. Sobre todo cuando una determinada forma de ser ha tenido éxito entre las personas cercanas. Por eso surge la necesidad de aparentar, de mostrarse siempre como los demás esperan, aun si eso significa tener que pasar por encima de los propios sentimientos. Y aunque es posible mantener el ‘teatro’ durante años, e incluso durante toda la vida, la sensación de vacío e inconformidad está siempre presente, tal como lo describen las personas mencionadas anteriormente. Paradójicamente es esa sensación la que lleva a seguir aparentando porque ocurre lo mismo que lo que ocurre con las mentiras: después de decir una, es necesario decir otra para evitar que se descubra la primera. Y así se puede llegar al punto de convertir la propia vida en una mentira de la que cada día se vuelve más difícil salir porque el miedo a desmontarla es superior al sufrimiento que conlleva seguir inventando.

Dejar de aparentar en una sociedad tan exigente, en la que se espera de cada persona la perfección en todo: en el matrimonio, el cargo, las relaciones, el cuerpo, la familia, etc., es una tarea difícil. Pero no imposible. Lo importante es que cada persona pueda identificar y reconocerse a sí misma cuándo está comportándose de acuerdo a lo que se espera más que acuerdo a lo que quiere. De esta manera, es posible empezar a encontrar y a construir un equilibrio entre lo necesario que es cambiar y adaptarse, y lo importante que es mantener el propio punto de vista. Se trata entonces de lograr ser como el agua, que está cambiando constantemente siendo siempre la misma.

*Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

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