20/10/2003

Carrera de obstáculos

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Reconciliacion¿Qué pasó con el Premio Nacional de Paz? Los triunfadores de las primeras cuatro ediciones reflexionan sobre las dificultades y logros de sus proyectos.

Los muchachos de El Castillo se dirigen hacia El Dorado, confiados en la victoria. Varios años atrás no se atrevían siquiera a retarlos con su presencia porque en el recorrido podían hallar la muerte agazapada en la carretera. En aquella época a los dos pueblos llaneros, de amaneceres diáfanos y atardeceres rojizos, unidos por una carretera que se atraviesa en 15 minutos, los separaba el estigma de considerarse enemigos recíprocos: paramilitares, unos; guerrilleros, los otros.

"La situación era tan espantosa que por aquí había gente que jamás en su vida había salido del pueblo por temor a morir a tiros en el otro lado", recuerda Laura Gilma Moreno, alcaldesa de El Castillo. "Y el alcalde de un pueblo ni siquiera le pasaba al teléfono al del otro porque temía que lo fusilara por andar sapeando", añade Freddy Díaz Gutiérrez, alcalde de El Dorado.

Hoy, en cambio, los muchachos de El Castillo se dirigen hacia El Dorado, confiados en la victoria. Llevan el balón de fútbol con el cual esperan derrotar a sus adversarios deportivos. Aunque jugar un partido es un hecho elemental aquí tiene gran trascendencia pues significa tejer lazos de afecto y amistad, que se traducen en confianza en el otro, un valor que en la región era desconocido hasta hace poco. Empezó a surgir en 1998 cuando se creó la Asociación de Municipios del Alto Ariari (AMA), organización que en 2002 se hizo acreedora al Premio Nacional de Paz por "sus aportes a la reconciliación, convivencia y gestión comunitaria en siete municipios del departamento del Meta". El pacto de reconciliación que les mereció el premio produjo una baja en la violencia en 90 por ciento, aunque hoy la tensión por la presencia de los grupos en las zonas aledañas sigue vigente de día y de noche. Las amenazas de grupos como las Farc provocaron un desplazamiento, por lo que hoy 300 familias de El Castillo se hacinan en Villavicencio mientras sus parcelas están abandonadas. El temor impuesto por las Farc en esta época se ha hecho más evidente pues no hay campesinos que se atrevan a regresar para recoger la cosecha de café, que en estos días luce espléndida.

El balance de las dificultades y logros de éste y de las otras tres experiencias que hasta ahora han recibido el Premio Nacional de Paz fue hecho el miércoles de la semana pasada en la sede de la Friedrich Ebert Stiftung en Colombia-Fescol, uno de los convocantes, con el fin de disminuir al máximo las debilidades e incrementar las fortalezas en el avance de experiencias que le ganen la partida a la guerra.

En 1999 el galardón fue otorgado al Pueblo Soberano de Mogotes, municipio donde sus 11.500 habitantes aplicaron la dinámica de participación ciudadana y se declararon en Asamblea Municipal Constituyente. A pesar de los intentos de incursiones de guerrilla y paramilitares los mogotanos han mantenido su territorio neutral ante los actores del conflicto armado. En 2000 fue otorgado al Proyecto Nasa de los cabildos indígenas del norte del Cauca. Allí los habitantes de los 15 cabildos han logrado formar una 'comunidad nueva', organizada, educada, sin politiquería y cimentada en los valores ancestrales de la cultura paez. Y en 2001 el premio fue para el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, liderado por el padre jesuita Francisco de Roux. Allí, en una zona de 30.000 kilómetros que incluye 29 municipios de los departamentos de Santander, Bolívar, Cesar y Antioquia, se ha capacitado a las comunidades y organizaciones locales que en siete años de trabajo han ejecutado 300 proyectos económicos, educativos, productivos, de convivencia y paz. Su excelente gestión ha sido premiada con la donación de siete millones de euros de parte de la Unión Europea.

En términos generales las cuatro experiencias tienen en común el hecho de haber sufrido el abandono del Estado y de ser la iniciativa ciudadana la que haya hecho surgir y sostener las propuestas. Todas se han desarrollado en zonas de tremendo conflicto, pero igual todas gozan de una grande y activa participación de la comunidad, que se traduce en un fuerte componente de autonomía y resistencia civil frente a la guerra. Todas han sido capaces de romper las lógicas de la guerra que pretenden polarizar a la población y todas trabajan por el desarrollo, la justicia y la paz.

Sin embargo enfrentan obstáculos. Por ejemplo, en Mogotes la carencia de recursos, el abandono del Estado y las limitaciones de gestión son una mezcla que parece haber dejado a la localidad detenida en el tiempo. El proyecto Nasa, en el que los indígenas han dado una muestra incomparable de valentía en resistencia civil, sigue con la presencia latente y amenazante de todos los grupos armados, que tienen la mira puesta en el Cauca. Su historia se ha escrito con páginas vergonzosas como la masacre de El Naya de hace dos años, donde los paramilitares asesinaron a 100 indígenas. Y el proyecto de Magdalena Medio tiene la presión continua de los grupos armados, que han ejecutado varios asesinatos de importantes líderes comunitarios.

El encuentro de los galardonados se hizo en vísperas de la quinta entrega del premio, cuya postulación debe hacerse antes del 30 de octubre. Como en ocasiones anteriores, es convocada por El Tiempo, El Colombiano, El Espectador, Radio Caracol y Caracol Televisión, Fescol y SEMANA. En la reunión de la semana pasada se acordó también tender puentes con el gobierno, pues los protagonistas de estas historias consideran que la sumatoria de estas experiencias regionales es la mejor semilla para construir la paz nacional.

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