La guerra dolió mucho

La cultura durante el conflicto armado no solo fue resistencia y denuncia, sino también víctima.

Contó mucho, pero no lo contó todo, y lo que le falta por relatar es tan extenso como doloroso. La cultura no se calló nada durante estos años de conflicto. Hasta le sobró valor para denunciar.

Su inventario de temas es casi tan grande como la tragedia: los muertos que bajaron por el río Cauca, los mutilados por las minas, los desaparecidos, las víctimas del Palacio de Justicia, la sangre de las masacres, los NN, la violencia en las comunas, los paras, la guerrilla, los militares, las comunidades desplazadas.

Pero no solo fue un ejercicio de sumar un hecho y otro. Artistas, escritores, músicos, realizadores y dramaturgos, entre otros, ofrecieron obras de gran valor estético y de calidad. La hostilidad que reflejaron, casi con rigor académico y sin las limitaciones de los medios de comunicación, queda como una huella del dolor, de la resiliencia, del poder de las comunidades y de sus lenguajes expresivos, del efecto de la muerte sobre los vivos. Lo suyo fue una labor de resistencia cultural.

Las artes plásticas, como dice el crítico Jaime Cerón, nos enseñaron a ver distinto lo que creíamos que ya sabíamos. El teatro, con las revelaciones de Guadalupe años sin cuenta, La siempreviva y Labio de liebre, trazó una línea de tiempo y rehízo el conflicto desde sus orígenes. El cine, aprovechando la Ley 814 de 2003, aumentó su producción y amplió su oferta; la guerra y sus efectos dejaron perplejos a propios y extraños: temas como el abandono estatal y la lucha por los territorios fueron su hélice. El Colegio del Cuerpo, dirigido por Álvaro Restrepo, representó a la danza con obras como Inxilio, una reflexión sobre la guerra y el desplazamiento forzado.

Un caso particular ocurrió con la música, donde buena parte de sus protagonistas fueron, a la vez, víctimas e intérpretes. Varios grupos y comunidades del Pacífico se hicieron oír con su percusión, el hip hop sonó desde los barrios marginales de Medellín, donde Son Batá y Crew Peligrosos clamaron por la convivencia. En este periodo la literatura creció y se publicó más, pero el tema del conflicto quedó en libros como Los ejércitos, de Evelio José Rosero, sobre la sociedad civil como blanco; en Espantapájaros, de Ricardo Silva, el retrato de una masacre, o en Líbranos del bien, de Alonso Sánchez Baute, la novela sobre los orígenes del guerrillero Simón Trinidad y del paramilitar Jorge 40 en Valledupar. Sin embargo, el libro más impactante es El olvido que seremos, la desgarrada voz de una víctima, un ejercicio de reparación y memoria de Héctor Abad Faciolince, su autor.

El registro de virtudes y logros podría seguir, pero hay una exploración que poco se hace y que cuenta. La cultura no siempre ganó: hubo expresiones y manifestaciones que el conflicto lastimó. El investigador social Germán Rey dice que “parte del desastre de esta guerra fue una enorme pérdida cultural, que tomará tiempo reconstruir”.

Y ya se hace el escrutinio. Moisés Medrano, director de poblaciones del Ministerio de Cultura, lleva las cuentas y reseña que el daño se puede medir, entre otras cosas, en la desconfianza entre miembros de un mismo grupo, lo que eliminó la familiaridad cultural, un patrimonio de muchas sociedades rurales. No menos grave fue cómo los actores armados ironizaron, despreciaron o ridiculizaron muchas prácticas culturales: aún es difícil asimilar el macabro episodio de las tamboras –símbolo de la comunidad– que retumbaron durante cuatro días en El Salado mientras morían asesinadas 60 personas.

El saldo en rojo muestra también que se dejaron de hacer festivales o conmemoraciones, claves para mantener el tejido social. Así se rompieron costumbres y creencias. La cosmovisión de algunos pueblos indígenas, como los embera, se perdió al tener que desplazarse a ciudades como Bogotá o a Medellín.

La artista Clemencia Echeverri, autora de Treno (la instalación sobre los muertos que bajan por el río Cauca), asegura: “Este es un país completamente fraccionado. El conflicto alejó mucho a las regiones y, más allá de la guerra puntual, descompuso a las familias, a los tejidos, a la construcción natural de un pueblo y a su dignidad”.

La relación sigue: se trastocaron ritos, algunas lenguas nativas no se hablaron más o se restringieron (como ocurrió con pueblos asentados en la frontera con Panamá), los rituales fúnebres fueron vetados, a ciertas comunidades indígenas y afros les bloquearon sus sitios ceremoniales y sagrados (especialmente a comunidades de la Sierra Nevada y de la Orinoquia) y se alteró la trasmisión de saberes entre generaciones.
Como si no bastara, sitios de encuentro fueron utilizados para perpetrar masacres: “Hoy estos sitios –dice Medrano– son lugares de memoria y conciencia, espacios que las comunidades reconocen y resignifican como medida de reparación colectiva”.
Lo que viene

A pesar del horror, la vida cultural jamás se detuvo. Y ahora menos. El ministerio, por ejemplo, tiene ya programas para restaurar lo que la violencia afectó, como la escuela de música de gaitas, una tradición denigrada en los Montes de María, la zona más afectada por la guerra en la costa Caribe. Pero lo más importante será que las mismas comunidades paulatinamente –con la restitución de tierras y el retorno– establezcan sus lazos culturales y sus prácticas, es decir, su música, sus sonidos, su gastronomía o sus creencias.

El trabajo con las víctimas será colosal. Gonzalo Castellanos, gestor y asesor en políticas culturales de varios países de América Latina, cree como otros que la memoria –más allá de contar historias– debe ser trajinada con contenidos ejemplarizantes para evitar la repetición de los hechos, pues la reparación simbólica será fundamental.

Y las instituciones, según él, serán protagonistas. Uno de los primeros pasos sería reorganizar el Sistema Nacional de Cultura, donde las regiones son vitales y en las que se necesitará diálogo, recursos y normas. Otro cometido sería crear un modelo o estímulo al acceso cultural, no solo a su producción, sino a la lectura, el cine, la música, el teatro, la danza, entre otras.

Las artes tampoco bajarán los brazos. Su compromiso será en buena parte con el ‘que no vuelva a pasar lo que pasó’. Fabio Rubiano, director y dramatrugo de la aclamada obra Labio de liebre, dice: “Creo que tenemos que empezar a ver las cosas desde otro punto de vista porque nos vamos a enfrentar a una nueva sociedad. Se tiene que consolidar una reestructuración del país y todos los artistas vamos a tener mucha responsabilidad ahí”.
Así horroricen, las historias sobre el conflicto seguirán apareciendo en todas las formas, extensiones, tamaños y colores. Y seguirá el desfile de verdades incómodas. Porque nadie puede negar que, durante el conflicto, a la cultura, el alma de la sociedad, el país le dolió. Mucho.

Fecha de publicación: 9/24/2016
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