Sergio Jaramillo, el estratega de la paz

El Alto Comisionado para la Paz fue una columna vertebral de la negociación. ¿Qué piensa y por qué es tan enigmático?

Sin saberlo, Sergio Jaramillo se preparó durante la mitad de su vida para el papel que le tocó jugar en los últimos cuatro años. De adolescente leyó los libros de filosofía, historia y política de la biblioteca de su bisabuelo Luis Eduardo Nieto Caballero, y recibió la influencia de su abuela Paulina, una liberal de racamandaca. Terminó la secundaria en un internado en Canadá y luego estudió por casi 20 años, primero, filosofía en la Universidad de Toronto; después, filología en Oxford, más una maestría en Filosofía en Cambridge y, también, un doctorado en griego clásico en Alemania. No en vano desciende de Miguel Antonio Caro, uno de los lingüistas más importantes de Iberoamérica.

Los asuntos de la guerra siempre le interesaron desde la perspectiva intelectual tanto como el arte. Vivió en diez ciudades de Europa en su juventud, lo que le permitió recorrer museos y universidades con heridas aún palpables de la Segunda Guerra Mundial. Aunque entonces el mundo práctico no era lo suyo, y vivía entre libros, desde que llegó a Colombia todo ha sido acción. Trabajó como asesor del Ministerio de Defensa en los primeros años de Uribe y como viceministro de Santos, quien además es primo lejano.

Como viceministro, Jaramillo se obsesionó con los territorios y la legitimidad del Estado en ellos. Como buen republicano, considera que una nación no es viable sin un proyecto de país incluyente. Le sorprendía ver la soberanía colombiana fracturada, con pueblos enteros donde la justicia, la economía y la vida social dependían de la insurgencia.

Dedicó muchos esfuerzos a debilitar militarmente a las Farc y en algún momento creyó que con la estrategia de consolidación se podrían ganar la mente y los corazones de los campesinos, pero la experiencia le demostró que el proyecto nacional pasaría por la negociación. Él mismo observó la dificultad de las instituciones para llegar a estos territorios y entendió desde un comienzo que las conversaciones de La Habana debían abarcar mucho más que el desarme de 10.000 o 15.000 combatientes.

El hombre de Santos en La Habana

Cuando Santos asumió el gobierno supo que Jaramillo sería clave para un proceso de paz. Por un lado, es discreto al extremo, tanto, que algunos lo consideran antipático. En cierto sentido es un asceta: duerme poco y trabaja sin parar. Nunca pierde el control y cuida sus palabras. No tiene aspiraciones políticas, es leal y sabe tanto ser jefe como subalterno. Y, sobre todo, es persistente. El presidente sabía que Jaramillo iba a ir hasta el final y a resistir cualquier embate.

La fase secreta fue difícil e interesante. Difícil porque ya la relación del presidente con sus críticos de la derecha estaba muy agrietada y un sector de militares, leales al expresidente Álvaro Uribe, escarbaba información y la filtraba para sabotear los acercamientos. Por eso fue una hazaña mantener en secreto seis meses de viajes de guerrilleros a Cuba. También fue difícil porque desde el principio Jaramillo tuvo poca química con algunos miembros del equipo de gobierno.

En los primeros encuentros, Jaramillo supo que las Farc tenían una dimensión política mayor a lo imaginado. Había leído los computadores de Raúl Reyes. Conocía los bloques y frentes con mapas y organigramas. Había dado un giro al programa de desmovilizados para privilegiar la información y dedicó mucho tiempo a hablar con ellos. Sabía mucho de sus enemigos, pero no tanto como lo que aprendió en Cuba.

De ese periodo secreto recuerda con respeto a Mauricio el Médico, pues considera que siempre estuvo interesado en el futuro de sus hombres. Y de Marcos Calarcá destaca la capacidad para encontrar acuerdos. Construyeron en conjunto la agenda de seis puntos en un tablero acrílico y la presentaron al país a finales de 2012. Jaramillo no tiene duda de que cumplía el doble propósito de garantizar el tránsito digno de las Farc a la legalidad y resolver los problemas que para él obstaculizan el trabajo de construir una nación: la tierra, el narcotráfico, la impunidad y la democracia. Desde entonces, acuñó en una conferencia en Harvard un término que definiría su enfoque del proceso: la paz territorial.

Una paz para los territorios

En paralelo, Jaramillo puso a parte de su equipo, de cerca de 50 personas, a viajar por el país para escuchar a la gente. Por eso no es del todo cierto que nunca se hiciera pedagogía. En sus temporadas en Bogotá viajaba para reunirse con alcaldes, gobernadores y empresarios en foros regionales con comunidades. Este año sostuvo una reunión muy especial con los ganaderos de Córdoba, que mereció un tuit de rechazo de Uribe. Jaramillo explicó los acuerdos y se dio cuenta de que si algo le ha faltado al país para que la paz se sienta de verdad en los territorios, es lo que John Paul Lederach, uno de sus autores de cabecera en materia de construcción de paz, llama diálogos entre diferentes.

Jaramillo siempre se rodeó de expertos. En lo agrario, sus oráculos eran Alejandro Reyes y Álvaro Valcárcel; en el problema de las drogas, su gurú fue Rodrigo Uprimny y en participación política el exmagistrado del Consejo Electoral Antonio Lizarazo. En materia de justicia, lo fueron Iván Orozco y Juanita Goebertus.

También dedicó parte de sus esfuerzos paralelos a iniciativas que consideraba estratégicas para la negociación y que las Farc rechazaron en su mayoría por unilaterales. Trabajó sin descanso porque el Congreso aprobara el Marco Jurídico para la Paz. Jaramillo defendió tercamente sus cuatro principios: 1) que los responsables de crímenes graves fueran juzgados de manera selectiva pero ejemplar, 2) que hubiese algo de privación de libertad, 3) que la participación en política estuviese limitada para quienes tuvieran condenas por delitos de lesa humanidad y 4) que la justicia fuera para todos y no solo para la guerrilla. No en vano él fue quien en 2008 documentó los falsos positivos que llevaron a separar a 27 altos oficiales de sus cargos.

Sin embargo, las Farc nunca aceptaron las tres primeras condiciones, así que el presidente nombró una comisión ad hoc para sacar adelante este punto y construir un nuevo marco, que hoy se conoce como Jurisdicción Especial para la Paz.

Esa mesa paralela incomodó a los negociadores, que terminaron por meterle mano a cada uno de los 75 puntos para ajustar conceptos. Al final, tanto Jaramillo como De la Calle han defendido a capa y espada lo pactado. Pero lo que más le gusta al comisionado de este capítulo de víctimas es lo que atañe a los desaparecidos. Haber pactado que el Estado buscará a quienes desaparecieron por el conflicto es, para él, una de las acciones más significativas para las víctimas.

La otra iniciativa unilateral fue el plebiscito, el que finalmente las Farc suscribieron a cambio de que el gobierno aceptara considerar lo convenido como un acuerdo especial según el derecho internacional humanitario. Posiblemente el momento más crítico de Jaramillo frente a sus contrapartes ocurrió en junio, cuando en el último debate del acto legislativo que crea el fast track se estipuló que este no podría entrar en vigencia hasta después de la refrendación. Las Farc estuvieron a punto de pararse de la mesa y lo consideraron una puñalada por la espalda. Jaramillo, por su parte, ha dicho que el gobierno toma en serio el voto y que sería una burla empezar a implementar el acuerdo sin el sí popular.

Sin duda, luego de que la fórmula de justicia se pactó por fuera de la mesa,quedaron heridas. Las Farc habían encontrado una vía alterna para desatascar los puntos y no incluía ni a Jaramillo ni a De la Calle. Eso fue evidente al final, cuando la canciller María Ángela Holguín se convirtió en el factor de confianza para las Farc, mientras Jaramillo pasaba a ser demonizado por su perfeccionismo y porque, a diferencia de los miembros del gobierno que a última hora se incorporaron, lo angustiaba más la calidad del acuerdo que los tiempos políticos apremiantes. Muchos de sus colegas lo consideraban la persona capaz de tapar los goles de la contraparte y la persona con más visión estratégica del grupo.

Gran parte del esfuerzo de Jaramillo en estos años ha sido rodear de apoyo internacional al proceso. Tuvo las ideas cruciales de acudir al Consejo de Seguridad de la ONU y vincular a Estados Unidos y a los militares activos. La creación de la subcomisión técnica hoy permite que el sector castrense, quizá por primera vez en la historia, esté en primera línea para la paz.

Respecto a los empresarios, Jaramillo siempre ha tenido gran interlocución con ellos, pero también un pequeño resbalón cuando les habló privadamente de los 13.000 expedientes que la Fiscalía tenía abiertos. Aunque la cifra es exagerada y muchos la entendieron como una manera de meter miedo para lograr el apoyo al proceso, el tiempo le ha dado la razón.

Jaramillo está lejos de ser un ingenuo. Jamás ha dicho o dirá que el acuerdo sea la paz ni que correrán ríos de leche y miel. Pero sí es idealista. Está convencido de que el acuerdo permitirá un cambio en las costumbres políticas, que hará más rica la democracia y, en consecuencia, que vienen tiempos de mayor equidad y prosperidad para todos. Para él, este acuerdo acerca a Colombia a la modernidad. Porque ser moderno es, tal vez, el adjetivo que mejor le sienta al alto comisionado.

Fecha de publicación: 9/24/2016
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