Redes sociales: clics que democratizan

A pesar de los comentarios agresivos y estigmatizantes que suelen aparecer en internet, las redes cumplen un papel en el debate público sobre el proceso de paz.

*Por Carlos Cortés

Si vamos a hablar del papel de las redes sociales en el momento histórico que vive Colombia, empecemos por hacer una aclaración: las redes sociales no son satélites que orbitan automáticamente alrededor de la Tierra. Más allá de los cables y los tubos, de los computadores y las aplicaciones, las redes sociales somos nosotros, que convivimos en el espacio virtual y físico. Así, cuando nos preguntamos por el rol de las redes sociales no estamos muy lejos de preguntarnos por nosotros mismos.

En los últimos meses se han dado cita en internet colombianos de todos los orígenes políticos y sociales. Miles de voces se volcaron a las redes sociales –con mayor o menor convicción, con apasionamiento y serenidad– para involucrarse en un debate político sobre el conflicto armado que vive el país hace más de 50 años. Desde el 25 de agosto, día en que se anunció el final de la negociación entre el gobierno y la guerrilla de las Farc, hasta la tercera semana de septiembre, en Twitter se contabilizaron unos 450.000 tuits
alrededor del tema.

Esta cifra incluye solamente los que usaron alguna etiqueta (entre otros, #síalapaz, #votono, #yonometragoestesapo, #laguerradelamor y #ColombiaDecide), con lo cual el volumen de la conversación puede ser dos o tres veces mayor. A medida que se acerca el 2 de octubre, esta cifra irá aumentando exponencialmente.

Hablo de Twitter –la empresa para la que trabajo, a pesar de que este escrito es una opinión personal– porque es una red social abierta. Esto implica que por definición el pensamiento de la gente está a la vista de cualquiera. Esto aumenta las posibilidades de que salgamos de nuestra burbuja de consenso, donde todos dicen cosas con las que estamos de acuerdo, para enfrentarnos a opiniones contrarias o chocantes. Twitter es un espejo del debate público que vivimos.

Existe una tentación grande de creer que el resultado del plebiscito dictará el veredicto de lo que fue nuestro debate público en esta coyuntura. Si gana el Sí, algunos opositores dirán que el gobierno impuso su narrativa; si gana el No, los vencidos dirán que triunfó el mensaje del miedo. Y si el nivel de abstención es alto, la conclusión será que los del Sí y los del No hicieron debate de sofá y prefirieron dar unos cuantos retuits que salir a la calle.

Pero sin importar el resultado del plebiscito, hemos visto un sinfín de opiniones e informaciones sobre un tema de interés general. Un volumen de
conversación semejante no es poca cosa. El hecho de que la gente haya presenciado un debate de visiones contrarias y se haya aventurado a participar es un paso adelante en el proceso de reconciliación del país. Tal vez no uno ideal de comprensión y perdón, pero sí uno entendido como convivencia con el otro, como aceptación de la opinión contraria –siguiendo de alguna forma la tesis del historiador alemán Hubertus Knabe–.

Es verdad que en las redes sociales hay militancias sordas, estigmatizaciones y agresiones; pero también es cierto que en la nuez del debate vemos posiciones contrarias razonables que llaman nuestra atención. En el intento por obtener el respaldo de los indecisos, ningún bando puede darse el lujo de ser condescendiente ni despectivo con su interlocutor. E incluso en los mensajes polarizantes alrededor del Sí y del No hay un ejercicio valioso para la sociedad: ventilar abiertamente una inconformidad –que no siempre es respetuosa o sosegada–, ayuda a desactivar conflictos y respuestas violentas. Sin canales de expresión, el individuo comienza a volverse una olla a presión.

A pesar de que los medios masivos de comunicación retienen el poder de establecer agendas, su capacidad de determinar el enfoque o duración de estas se diluyó. En un ambiente informativo con costos de transacción bajos, relaciones multidireccionales y nodos dispersos, los ciudadanos disponen de un enorme potencial de influencia en el debate político. Un potencial, repito.

Así como al comienzo escribía que las redes sociales están insertadas en nuestra práctica social, sus posibilidades de impacto en el proceso de reconciliación o en una eventual fase de posconflicto no siguen un modelo previsible de acción. Tampoco tenemos antecedentes claros. Mientras que existen ejemplos del papel negativo que ejercieron los medios de comunicación en la violencia en Ruanda, o del aporte positivo que hicieron al proceso de verdad en Sudáfrica, la influencia de las redes sociales en coyunturas políticas recientes es por ahora una suma de anécdotas. En cada interacción estamos forjando esta historia.

Sabemos, sí, que no existen primaveras árabes sin trasfondos sociales e institucionales. Sabemos igualmente que nuestra democracia no se arreglará a punta de clics, y que la conexión digital conlleva riesgos de desconexión física. Debemos mantener la empatía por el otro y esforzarnos por entender el contexto y la proporción de los debates digitales. Al final, el papel que ejerzan las redes sociales –o sea, que ejerzamos nosotros– en los tiempos venideros, será a la vez un aporte y un reflejo de lo que suceda en nuestros territorios: desde la hiperconectada Bogotá hasta la analógica Guajira.

*Director de Políticas Públicas y Relaciones Gubernamentales de Twitter para América Latina hispanohablante.

Fecha de publicación: 9/24/2016
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