Tragedia de Bojayá: perdonar o no perdonar

Esta masacre, una de las más tristemente recordadas de esta guerra, dejó heridas que algunos lograron sanar y otros no. Solo el tiempo dirá si todos serán capaces de olvidar.

De las miles de tragedias que dejaron más de 50 años de conflicto armado, la masacre de Bojayá es una de las más absurdas y dolorosas. Ocurrió el 2 de mayo de 2002, cuando guerrilleros de las Farc, en medio de un enfrentamiento con efectivos de las Autodefensas Unidas de Colombia, lanzaron un cilindro bomba que cayó en la iglesia de la población y mató a 100 de las 300 personas que se resguardaban allí. Los niños y los ancianos llevaron la peor parte.

Los sobrevivientes perdieron no a uno ni a dos, sino hasta diez familiares. Y a las heridas físicas que sufrieron se les sumó el trastorno emocional de ver la imagen dantesca de cadáveres mutilados por todos lados. El padre Antún Ramos, entonces párroco de la iglesia de Bojayá, recuerda que luego de cuatro días sin dormir, su cuerpo y su espíritu colapsaron y tuvo que dejar su comunidad para irse a descansar. Pero lo abrumaron sus pesadillas y tuvo que viajar a Medellín a internarse en una casa de reposo para sacerdotes. “No quedé tan bien, pero por lo menos estoy vivo”.

Ese no fue un buen año para el sacerdote. Meses antes de la tragedia, su mamá había muerto por un paro cardiaco causado por la angustia ante un hostigamiento de las Farc en Quibdó. Y para acabar de completar su suerte, el ELN secuestró a su hermano, quien en esa época estudiaba Derecho en la ciudad de Cali.

Un drama peor vivió doña María González Palacio, ama de casa que después de la masacre abandonó Bojayá para nunca volver. No le gusta hablar sobre el tema, pero aun así, llorando y con la voz entrecortada, contó que allí perdió a su mamá, a algunos hermanos y a tres de sus cuatro hijos. “Mi marido y yo estábamos de viaje, pero mi mamá y mis hijos sí estaban en la iglesia. He tratado de sacarme estas cosas, pero lo que siento es algo muy doloroso. Tenía cuatro hijos y los tres mayores cayeron en la masacre, mis dos hermanos menores quedaron bastante afectados, mi abuelo por poquito no se murió. Mi hermana tenía un solo hijo y cayó ahí; mi tía murió con todos sus hijos. De los míos solo me queda Adriana, que entonces tenía 22 meses de nacida”.

Adriana Yuselvis Guzmán González tiene 16 años y ahora es la hermana mayor. Sobrevivió de milagro al bombazo de las Farc, pero sus heridas en las piernas y la cabeza le causaron problemas físicos de los que aún no se recupera. Ella cuenta que aunque no se acuerda de nada de ese 2 de mayo, carga a diario con las marcas físicas que le han generado un trauma psicológico. “Lo que sucedió en Bojayá me marcó psicológicamente, porque las heridas acabaron con mi autoestima, ver que mis piernas eran distintas a las demás me acomplejó, y siempre uso pantalón para ocultarlas. Aunque le doy gracias a Dios que me dejó como estoy, a veces pienso y he dicho que para qué sigo viviendo, porque hay momentos que me siento extraña cuando me dicen que soy sobrada de la guerrilla”.

Historias como las del padre Antún, doña María y la joven Adriana abundan entre las víctimas de Bojayá. Sus protagonistas a veces perdonan a las Farc, y a veces no. Porque a pesar de que todos ellos vivieron una misma experiencia, no juzgan a los victimarios de la misma manera.

A pesar de haber sido internado en una casa de reposo, de ver a miembros de su comunidad muertos, heridos y desplazados y de haber sufrido otros dramas a causa de las guerrillas, el padre Antún dice que perdonó, no solo a las Farc, sino a los paramilitares y al alto gobierno de aquel entonces. Quizás por su convicción religiosa, él está consciente de que el mejor camino es perdonar: “El ojo por ojo y diente por diente no tiene cabida en una persona de bien, un cristiano. Un humanista como yo tiene que prodigar la paz”.

Y es que este discípulo de Jesucristo es un convencido de la paz, el perdón y la reconciliación. Él más que nadie tendría razones para no perdonar pero considera que “el perdón es un camino, una opción de vida y un mandato de Dios”, y afirma que cuando “perdonas te sanas más que el otro, porque tu odio desaparece, y nosotros cristianamente decimos que quien guarda rencor está enfermo”.

Al contrario de la experiencia del padre Antún, doña María y Adriana dicen, con mucho odio, que no perdonan a las Farc. “Que Dios me perdone, solo quedaría tranquila cuando me los dieran a mí y yo misma los torturaría. Solo así me iría en paz, porque habría acabado con los que acabaron conmigo. Esas no son cosas de Dios, son cosas del diablo”, musita con rabia la madre de Adriana. Ellas no perdonan a las Farc porque les acabaron la vida tranquila que tenían en Bojayá. Desde ese momento, Adriana y lo que quedó de su familia emprendieron un éxodo con una mano adelante y la otra atrás. Primero vivieron en un cuarto arrumadas, junto con su papá, y aunque con el tiempo lograron conseguir un pequeño terreno para construir una humilde casa, siguen pasando necesidades. “En Bojayá vivíamos pobremente pero felices”, recuerda doña María.

Dos caras de una misma tragedia: la del perdón y la del odio. Más de 50 años de guerra dejaron unos corazones destrozados dispuestos a perdonar, y otros que quieren ver arder a sus victimarios en el más profundo infierno. En tiempos del plebiscito para aprobar los acuerdos de paz con las Farc, en que los bandos por el Sí y el No se enfrenten, es bueno recordar estas historias que muestran que el perdón y la reconciliación, más allá de la moral y la ética, son opciones que no todos están dispuestos a asumir.

Fecha de publicación: 9/27/2016
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