Colombia ante los ojos del mundo

El papel de la comunidad internacional en el proceso de paz abre un nuevo capítulo para la diplomacia. El país ya no es un “peón de la Guerra Fría”.

Tal vez como nunca antes, Colombia fue visible en la reciente Asamblea General de la ONU. Ante los ojos del mundo, el presidente Juan Manuel Santos le entregó al secretario general, Ban Ki-moon, el acuerdo al que llegaron su gobierno y las Farc para terminar la guerra. Solo unos días más tarde, el lunes 26 de septiembre, el propio Ban viajó a Cartagena para asistir a la firma entre Santos y Timochenko, el jefe de las Farc. El secretario general ya había estrechado las manos de los dos en La Habana, cuando avaló con su presencia la llamada prefirma entre los jefes de los equipos negociadores, Humberto de la Calle e Iván Márquez.

Más que unos hechos coyunturales, por cuenta de la paz con las Farc Colombia está construyendo una nueva relación con la ONU más profunda que la del pasado. Durante muchos años el país mencionaba con orgullo el aporte que hicieron Alberto Lleras y Alfonso López Pumarejo a la firma de la carta de San Francisco en 1945 y en los años siguientes. La fe en el multilateralismo y el apego al derecho para solucionar los conflictos pacíficamente forman parte de un párrafo de rigor, en los discursos de posesión de los presidentes de Colombia desde entonces. De la mano de esta tradición el país les había abierto las puertas a las principales agencias del sistema de Naciones Unidas. En la actualidad hay 26.

Sin embargo, con el papel desempeñado por la ONU en el proceso de paz, y el que jugará en su verificación y puesta en marcha, se abre un nuevo capítulo. No es una coincidencia que Ban Ki-moon, quien dejará su cargo en los próximos meses con un balance más criticado que alabado, se haya involucrado de manera tan personal en el proceso de paz. En un mundo que el papa Francisco considera “en una tercera guerra mundial” y con el desafío terrorista demostrando sus alcances en todos los continentes, la comunidad internacional ve con admiración el final de un conflicto armado tan largo como el de Colombia.

La paz con las Farc es mucho más apreciada por fuera de las fronteras de Colombia que en medio de la polarizada política nacional. El presidente Juan Manuel Santos lo sabe y ha manejado esa situación en su favor. No es una coincidencia que su canciller, María Ángela Holguín, haya desempeñado la labor doble y simultánea de ministra de Relaciones Exteriores y miembro del equipo negociador con las Farc.

Holguín dirigió sus primeros pasos en la Cancillería a normalizar las rotas relaciones con la Venezuela de Hugo Chávez, a mejorar los vínculos con el ecuatoriano Rafael Correa, que estaban deteriorados, y a reincorporar al país en la dinámica prevaleciente en el momento, caracterizada por una mayoría de gobiernos de izquierda. En reciente entrevista con SEMANA, Santos dijo que estos movimientos habían sido fundamentales para asegurar la viabilidad del proceso de paz. En los últimos días de los diálogos, seis años después, la canciller no solo jugó un papel determinante en negociar algunos puntos de la agenda con las Farc, sino que contribuyó a diseñar un complejo esquema de cooperación de entidades internacionales y de otros países. La paz con las Farc tiene un alto componente mundial.

En primer lugar, por el papel de la ONU. Aunque tiene varias dimensiones, se pueden señalar dos como las más llamativas. La primera es la Misión Política Especial, incluida en una resolución del máximo organismo del sistema, el Consejo de Seguridad. Este será la cabeza de un organismo tripartito, con el gobierno y con las Farc, que vigilará el cumplimiento de lo pactado, recibirá quejas y tratará incidentes y situaciones de crisis durante el proceso de concentración de las Farc en ciertas zonas, el depósito de sus armas y su entrega definitiva a la ONU en un plazo de seis meses. Por otra parte, la Asamblea General ayudará en el cumplimiento del último punto del acuerdo, relacionado con la implementación. Vale decir, con el proceso por el cual los miembros de las Farc se incorporarán a la vida legal, su acceso a programas productivos y su participación en la política.

Naciones Unidas es el principal actor externo del proceso de paz, pero no el único. Con base en una interpretación creativa de los Convenios de Ginebra, lo pactado entre el gobierno y las Farc quedará depositado ante el Consejo Federal suizo para que adquiera la categoría de ‘acuerdo especial’. Estos convenios fueron concebidos después de la Segunda Guerra Mundial con el objeto de reducir los efectos de las confrontaciones bélicas sobre la sociedad civil. Colombia ratificó en los años noventa el segundo de ellos, que se refiere a los conflictos internos, después de un debate duro y prolongado. Luego fue desarrollado en posteriores acuerdos complementarios para permitir, entre otras, un papel más activo del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en la humanización del conflicto. Ahora, el gobierno de Juan Manuel Santos acudió a estas normas, no para aliviar las consecuencias de la guerra, sino para blindar el acuerdo para terminarla.

Otros países han contribuido a hacer viable la negociación con las Farc. Cuba y Noruega en calidad de garantes –y el primero de ellos, como sede de las conversaciones– y Venezuela y Chile como acompañantes. En momentos cruciales de las negociaciones, sus delegaciones ayudaron a resolver la crisis. En el caso de Venezuela, se ha revelado que la cooperación de Chávez fue indispensable para el inicio de los contactos y para evitar que se rompieran con la muerte de Alfonso Cano en noviembre de 2012. Estados Unidos, por su parte, cambió su tradicional actitud escéptica por los “diálogos con el terrorismo” y se convirtió en aliado del proceso. La Unión Europea también lo ha apoyado con entusiasmo.

Los procesos de paz y la diplomacia en Colombia siempre han ido de la mano. En 1982, Belisario Betancur lanzó diálogos con la guerrilla mientras formaba parte del Grupo de Contadora –junto con Panamá, México y Venezuela– para propiciar salidas políticas a los conflictos en Centroamérica. En 1998, Andrés Pastrana intentó negociaciones con las Farc y, al mismo tiempo, puso en marcha lo que llamó una “diplomacia para la paz”, que involucró varios países aliados. Entre ellos, Estados Unidos a través del Plan Colombia.

Ninguna de esas iniciativas, sin embargo, tuvo los alcances de la participación de actores internacionales en el proceso actual con las Farc. Son tan amplios que en el largo plazo –en la medida en que la implementación de los acuerdos logre, efectivamente, acabar la guerra– el país podría vivir un cambio profundo en sus relaciones con el resto del mundo.

Con el fin del conflicto, la percepción del mundo sobre Colombia cambiará. En los años sesenta, Alfonso López Michelsen –canciller de Carlos Lleras y luego presidente– decía que Colombia era un “Tíbet suramericano”, por su aislamiento internacional, y que desempeñaba la función de “peón de la Guerra Fría”. Años más tarde, durante la guerra de los carteles de la droga y la intensificación de la violencia con las Farc, la comunidad internacional veía a Colombia como un país problema capaz de contaminar a sus vecinos con sus dramas internos de violencia.

La canciller Holguín ha insistido en que con el acuerdo de paz las demás naciones verán a Colombia como un “país normal”, lejos de las listas de Estados fallidos o de amenazas terroristas. En un momento crítico en el escenario global y altamente inestable en el regional, esa normalización abre oportunidades que podrían permitirle al país redactar un nuevo capítulo en sus relaciones internacionales. Una posición externa más sólida se puede traducir en mayor diversidad de aliados, en una agenda más amplia y en una comunicación más fluida. Es un hecho que un país sin guerra con las Farc jamás podría considerarse un “peón de la Guerra Fría”.

Fecha de publicación: 9/24/2016
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