En busca de la legitimidad perdida

En busca de la legitimidad perdida

Los grupos indígenas quieren cambiarle la imagen a la hoja de coca, un producto vegetal que tiene propiedades alimenticias y medicinales comprobadas.

Hace un tiempo Wyñay Malky Chicangana, el nombre yanacona del antropólogo y poeta Fredy Chicangana, fue llamado a una requisa por unos policías en Bogotá. En el proceso le encontraron una bolsa con hojas de coca que, aunque nunca lo supieron los agentes, había sido recogida en luna llena, deshidratada en vasija de barro y medio tostada en fuego de leña. Fredy les explicó a los policías que esas hojas eran para su consumo personal, para masticarla, una práctica que en lengua yanacona se conoce como chak char. Los agentes no dudaron de lo que les decía el indígena pero, como Santo Tomás, tuvieron que ver para creer.

Fredy cogió un puñado de hojas, se las llevó a la boca y comenzó a masticarlas. Sacó su mambero, un artefacto con forma de pera hecho de bejuco puro que ha estado en su familia desde su tatarabuelo, y le agregó mambe a la coca. Esta es una sustancia mineral que se quema y de esta forma se utiliza para ablandar las hojas y estimular la liberación de los componentes de la misma, que son a la vez nutritivos y medicinales. Después de esta demostración Fredy pudo irse sin problemas.

Legal, pero no tanto

La legislación colombiana considera legal el uso tradicional que le dan los indígenas a esta planta. Algunos grupos han aprovechado este resquicio de la ley para elaborar y comercializar productos con base en la hoja de coca como hacen los bolivianos y los peruanos. Hace cuatro años los habitantes del Resguardo Calderas, uno de los 25 que existen en el territorio de Tierradentro, Cauca, comenzaron a vender hoja de coca con fines distintos a los de producir cocaína.

Este es uno de los 14 alcaloides naturales que tiene este vegetal y es el responsable de la 'satanización' de que ha sido objeto esta planta y de la guerra mundial contra esta sustancia. De los otros 13 alcaloides, en cambio, es poco o nada lo que se dice. Sin embargo producen muchos beneficios. La papaína, por ejemplo, es un fermento que acelera la digestión; la higrina mejora la circulación sanguínea y evita el soroche; la quinolina, mezclada con calcio y fósforo, evita la formación de caries dental. Y esto por mencionar sólo las propiedades de algunos y no hacer más extensa la lista.

Los indígenas no tienen este milimétrico conocimiento científico pero por su saber ancestral, heredado de los mayores, saben que la coca es sagrada. "Si en la 'nasa tül', la huerta tradicional de los indígenas paeces, no hay coca no se produce nada", dice David Curtidor, un administrador vinculado al Cauca desde 1986, quien se ha encargado de manejar el proyecto de las aromáticas Nasa Esh's, el nombre con el que venden este producto en el mercado y que traduce "coca paez". Para este grupo indígena, el más numeroso del país, esta planta en realidad es sagrada. Por eso son renuentes a venderles a los narcotraficantes los excedentes de su producción. Y ahí es donde les cae como anillo al dedo el proyecto de Curtidor.

Este comunero, el título con el que los indígenas identifican a alguien que no nació en la región pero se ganó el derecho a vivir en ella, se encarga de comprar la arroba de hoja verde de coca. El producto no es raspado como en las zonas cocaleras bajo control de la mafia sino que se recoge luego de un ritual especial en el que se le pide permiso a la planta para hacerlo. Curtidor paga la arroba a 60.000 pesos, un precio mayor que el ofrecido por los narcotraficantes, y con el material que consigue elabora hasta 15.000 cajas de aromática de coca mensuales. Nasa Esh's ha sido tan exitoso y favorable para la comunidad que en junio del año pasado recibió la bendición de la Asociación de Cabildos Juan Tama, del municipio de Inzá, la autoridad indígena regional.

La magia esta en la hoja

Otra prueba de que el negocio va por buen camino es que ya les salió competencia. Hace año y medio un grupo de indígenas yanaconas, pijaos y kamsa se reunieron y se preguntaron por qué una planta que era tan sagrada para ellos se volvía una maldición en manos de los blancos. Decidieron entonces que había que hacer algo para recuperar la memoria y la maltrecha imagen de mama inala, como le dicen en lengua quechua a la coca. Apoyados por indígenas peruanos, en cuyo país la Empresa Nacional de Coca (Enaco) tiene el monopolio legal de este producto, aprendieron el proceso de la aromática de coca.

Al comienzo tuvieron problemas para conseguir la materia prima. "En las comunidades estaba perdiéndose la memoria de la coca. La gente decía que no tenía matas pero usaban los palos de coca como gallineros", dice Fredy Chicangana, uno de los líderes de este esfuerzo. Ahora les compran la hoja a unas 60 familias de Huila y Tolima, de las comunidades yanacona y pijao, de la variedad pajarito. Con lo que recogen les alcanza para elaborar unas 10.000 cajas mensuales de aromática Kokasana, un nombre que escogieron a partir de la raíz aymará kuka, que significa árbol sagrado, y una crema con miel de abejas que utilizan contra la artritis.

Ahora estos noveles empresarios quieren invitar a Colombia a indígenas bolivianos para que les enseñen a diversificar su producción, pues ellos han desarrollado crema dental, gaseosas, ungüentos y productos de repostería elaborados con mama inala. En Bolivia está permitido el cultivo de 12.000 hectáreas de coca en la región de Yungas, destinadas a la alimentación, bebidas aromáticas y champúes. El problema es que en la actualidad hay sembradas más de 22.000 hectáreas de coca, la mitad de las cuales alimentan el negocio del narcotráfico en ese país. Evo Morales, el líder cocalero boliviano, ha pedido que en vez de erradicación se legalicen estos cultivos y se permitan más para poder exportar aromáticas a países como China.

En la actualidad los proyectos Nasa Esh's y Kokasana funcionan porque manejan volúmenes muy pequeños de producto. Sin embargo sus impulsores se preguntan qué va a pasar en el mediano plazo si aumenta la demanda de sus aromáticas. La legislación actual no les permite movilizar grandes cantidades de hoja. Para cambiarla el senador Carlos Moreno de Caro presentó a finales de octubre un proyecto de ley para despenalizar la comercialización de la hoja de coca en las comunidades indígenas y campesinas que cultivaran esta planta en minifundio. Aunque en apariencia los beneficiaba, Curtidor no estuvo de acuerdo con el planteamiento de Moreno de Caro porque le pareció oportunista.

Lo cierto es que el documento no pasó de la comisión primera del Senado, donde el senador ponente, José Renán Trujillo, dijo que era inconveniente. Otro proyecto similar, aunque mucho mejor estructurado, fue elaborado por Camilo González Posso, quien lo presentó durante la campaña que adelantó por la Gobernación del Cauca. En las sedes tuvieron puntos de degustación y repartieron 10.000 muestras de aromática de coca. González dice que la Ley de Coca, como bautizó su propuesta, es un intento por convertir esta planta en parte de la solución y no sólo la causa del problema. El ex candidato ya ha conversado con varios senadores que están interesados en presentar el proyecto en el Congreso e iniciar un debate sobre este tema.

Mientras esto sucede los empresarios de la coca legal saben que tienen que seguir con su trabajo de hormigas para abrirles espacio, tanto físico como mental, a sus productos. En Bogotá se les presentó la oportunidad de hacerlo en el Día sin Hambre que anunció el alcalde electo Lucho Garzón, a quien los de Nasa Esh's le ofrecieron para ese día galletas de harina de coca y hoja de coca. Este alimento no es nocivo para la salud y, al contrario, los estudios científicos han revelado que masticar diariamente 100 gramos satisface la ración alimenticia diaria de un hombre o una mujer. En Colombia este experimento no se ha hecho pero en Perú, en cambio, la organización Slow Food premió a la fundación Kúychiwasi por su esfuerzo por recuperar a mama inala como producto alimenticio. ¿Llegó la hora de comer coca?