Prejuicios

Prejuicios Foto: Archivo

La guerra con las Farc se desactivó, pero en las mentes de los colombianos siguen vigentes todos los prejuicios que alentaron el conflicto.

Se acabaron los partidos en Colombia, pero los egos, los prejuicios, la depuración, el desprecio por el otro y la estigmatización siguen gozando de buena salud.

La política quedó desprovista de cualquier racionalidad y pasó a ser regida por el mundo de las emociones, que es el sustento donde abrevan los populismos.
Ni siquiera el partido naciente de las Farc ha quedado exento de este mal. El solo hecho de que hubieran decidido dejarse el mismo nombre es ya un acto de exclusión consciente, dirigido expresamente a preservar la pureza de su estirpe.

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Da la impresión de que a este nuevo partido no le interesa hablarle al país, sino cerrar filas para impedir que sus bases se contaminen con el afuera, y que desprecia cualquier contacto con sectores de la sociedad que no pertenezcan a las organizaciones de masas.

En lugar de abrirse como un pavo real, las Farc decidieron hundir la cabeza en la tierra al igual que el avestruz, dando a entender que para ellos cualquier apertura o inclusión de nuevos escenarios es el camino hacia su perdición y a la claudicación de su fe marxista.

Despreciar esa interlocución con el país es un error que no debería cometer el nuevo partido de las Farc. Y me temo que con homenajes al Mono Jojoy, que afectan la dignidad de las víctimas y que desconocen lo que ese nombre significa para muchos colombianos que padecieron sus métodos de violencia, le va a quedar muy difícil a ese nuevo partido conquistar un espacio importante en la política colombiana.

El uribismo, que funciona más como secta que como partido, ya nos ha mostrado algunos atisbos de cómo es que pretenden depurar y limpiar la política en Colombia si llegan al poder. Si ganan las próximas elecciones, lo más probable es que instituyan el delito del ‘look guerrillero’ para que las esposas de los senadores del Centro Democrático no tengan que pasar por el desagrado de sentarse al lado de un excombatiente de las Farc o de alguien que se atreva a vestirse como ellos.

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Probablemente no se podrá volver a entrar en un avión con una cachucha roja, ni portar camisetas alusivas a la revolución, ni mucho menos llevar una mochila. Quienes lo hagan serán considerados una amenaza pública, indignos de la Colombia de bien que ellos representan.

Hasta podrían crear un mundo feliz en el que haya un universo de aerolíneas, líneas de buses, de bicicletas solo para los colombianos puros de casta, que sigan al pie de la letra los prejuicios impuestos por la derecha radical y otro para que transite la escoria. Es decir, para los indeseables: para los que usen cachucha roja; para los que hayan sido guerrilleros y quieran rehacer su vida; para los que tengan ideas distintas a las suyas; o peor, ¡que tengan ideas de izquierda! o apoyen el pacto del Colón y por eso sean señalados de tener un peligroso ‘sesgo ideológico’.

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La guerra con las Farc se desactivó, pero en las mentes de los colombianos todavía siguen vigentes todos los prejuicios que alentaron el conflicto. El odio macerado que se percibe en las frases de un Jesús Santrich es parecido al odio primario que impulsó a la esposa del senador Ramos Maya a matonear a un colombiano porque a ella le pareció que era un excombatiente de las Farc.

Hay que desactivar todos esos odios enconados antes de que nos carcoman, para que la política vuelva a ser el vehículo de las ideas y no de la cizaña.