Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/05/16 00:00

Palo porque bogas y palo porque no bogas

Del 17 al 28 de mayo se realiza en el balneario francés el festival de cine más prestigioso del mundo. Casi siem pre polémico: para unos, nunca acierta y, para otros, es la consagración definitiva.

Palo porque bogas y palo porque no bogas

Al igual que los jeeps, el Festival de Cannes es producto de la Segunda Guerra Mundial. Según su historia oficial comenzó a planearse en 1936 como respuesta a la intervención de los gobiernos fascistas de Italia y Alemania en la programación y selección de los jurados de la Mostra de Venecia. Suena heroico ese comienzo. Como si en su origen fuera un movimiento de resistencia cinematográfico; como si un balneario en la costa mediterránea fuera el trampolín ideal para liberar el mundo, película a película, de la tiranía fascista que en esa época ya abría sus fauces.

Pero justo antes de su primera edición, en 1939, estalló la Segunda Guerra Mundial y el gran proyecto debió aplazarse hasta 1946. Ahí la lucha contra el fascismo ya había terminado, pero los encantos de Cannes seguían vigentes. La ciudad, que desde comienzos del siglo xix se había convertido en un balneario para gente adinerada, ofrecía (y ofrece) playas de arena amarilla, aguas cristalinas y cientos de hoteles y restaurantes a la orilla del mar.

Y no resultó complicado convencer a la gente de ir al pequeño pueblo costero, lleno de casinos y hoteles, a pasar una semana o diez días viendo cine y hablando con otra gente que hacía películas. Cannes ofrecía básicamente una burbuja. Era el festival equivalente a las salas de cine, cavernosas y oscuras, donde el ruido del mundo queda afuera. Cannes permitía olvidarlo todo, para que los asistentes se concentraran por completo en imágenes y sonidos fantasmales.

Comparado con los encantos históricos de Venecia (que comenzó su Mostra en 1932) o Berlín (su festival comenzó en 1952), Cannes no ofrecía mayor cosa. Y ahí radicaba su ventaja. Se trataba, al fin y al cabo, de un festival de cine; un evento en el que gente de todo el mundo se mete en salas oscuras durante horas y horas. Da igual si una película se presenta en un palacio del Renacimiento o en un casino recién construido, mientras haya una buena pantalla, sillas cómodas y sonido decente.

En el sitio web del festival de Cannes hay una cita de Jean Cocteau que resume perfectamente el idealismo ahistórico del evento de esa época, su carácter como refugio del mundo: “El Festival es una tierra de nadie, apolítica; un microcosmos de lo que sería el mundo si la gente pudiera contactarse directamente y hablar el mismo idioma”.
Con el tiempo, como era inevitable, el refugio se derrumbó. El choque más notable entre realidad histórica y el festival se dio en 1968 cuando un grupo de cineastas (que incluía a Jean-Luc Godard, François Truffaut, Roman Polanski y Milos Forman) exigió la terminación temprana del festival en solidaridad con los estudiantes y obreros amotinados en París. El Festival se canceló antes del cierre por primera vez en su historia.

Para entonces, Cannes se había convertido en el festival más importante y visible del mundo. Las imágenes de estrellas de cine paseando al frente de la marina del festival lograron un estatus iconográfico, cosa que ningún otro festival ha logrado. Una foto de Orson Welles con unas palmeras y el mar al fondo hace pensar en Cannes –y específicamente en el festival– más que en cualquier otra cosa.

Pero estar en la cabeza del circuito mundial de festivales no es fácil. Cualquier movimiento de los organizadores es observado con lupa y las críticas de reaccionarios y vanguardistas no tardan en aparecer. Que hay demasiados documentales en la sección oficial o que no hay suficientes; que hay demasiados nombres conocidos o demasiados jovenzuelos. Es ineludible, haga lo que haga Cannes, todo está mal.

El patriarca
Cannes es el gran patriarca de la gran familia de los festivales de cine mundiales. Otros festivales son como los tíos chéveres, con programaciones maratónicas de películas novedosas y raras, con cabezas que explotan y retrospectivas de autores desconocidos. Rotterdam y Toronto, por ejemplo, son así.

Lo que Cannes ofrece, como figura paterna, es un sentido de misión: la defensa del “cine de autor” de los embates del comercialismo. Como si la misión inicial, la de combatir el fascismo, se hubiera transformado y el monstruo geopolítico de Alemania e Italia en 1936 hubiera mutado hasta convertirse en las “horribles” películas comerciales de Hollywood.

Pero todo esto, claro, no es más que un ejercicio retórico. Las estrellas de Hollywood han sido fundamentales para que Cannes sea lo que es. El demonizado cine comercial ofrece el glamour, el brillo de las estrellas, que Cannes necesita y Cannes, a su vez, ofrece la legitimación de “cine de autor” a películas realizadas por máquinas de hacer salchichas (así sea legitimación por asociación nada más).

Y hasta el compromiso de Cannes con el “cine de autor” debe tomarse con una pizca de sal. La lista de grandes maestros del cine mundial que nunca ganaron la Palma de Oro es abultada e incluye a figuras como John Huston, Rainer Werner Fassbinder, Alfred Hitchcock, François Truffaut y Yasujiro Ozu, directores todos que realizaron obras maestras que por una u otra razón jamás fueron reconocidas en Cannes.

En el presente hay también una voluminosa lista de maestros vivos que no han recibido la Palma de Oro. Ahí están, por ejemplo, Ingmar Bergman (recibió una palma honoraria en 1997, pero no es lo mismo), Jean-Luc Godard, David Cronenberg, Werner Herzog, Manoel de Oliveira y Woody Allen, entre otros.

Año de renovación
Este año, los organizadores han señalado que el carácter patriarcal del Festival está en proceso de cambio. “El año 2005 marcó el regreso de los grandes autores, el 2006 es un año de renovación”, dijo Thierry Frémaux, director artistico del Festival, en el lanzamiento de la presente edición. “Pondremos nombres desconocidos en el mapa del cine internacional, descubriremos películas sorprendentes, visiones desconocidas.”

¿Y eso qué quiere decir? ¿Que los grandes maestros no tuvieron sus películas listas para Cannes? ¿Que ahora Cannes va a ser trampolín de nuevas propuestas? Porque está claro que en la lista de participantes no hay ninguno de los titanes del cine contemporáneo. Ni Abbas Kiarostami, ni Hou Hsiao Hsien, ni Claire Denis, ni Lars Von Trier, ni Bela Tarr, ni Gus Van Sant, por ejemplo, estarán presentes.
Hay, sí, algunos directores reconocidos. Almodóvar llegará con Vuelve, Nani Moretti, con Il Caimano, Bruno Dumont, después de la devastadora 29 palms, traerá Flanders. Ken Loach, portaestandarte del cine comprometido inglés, participará con The Wind that Shakes the Barley y el finlandés Aki Kaurismaki, con Laitakaupungin Valot.
Pero al revisar el resto de filmes en competencia eso de “películas soprendentes, visiones desconocidas” suena más bien como una exageración. ¿Visiones desconocidas? ¿Se refiere a Sofia Coppola y María Antonieta; al mexicano Alejandro González Iñarritu y Babel; a Southland Tales, segunda película de Richard Kelly, autor de la conmovedora Donnie Darko; o a Crónica de una fuga, del argentino Israel Adrián Caetano?

Porque ahí no hay nada desconocido. Todos son directores en ascenso con estilos más bien definidos. Son “autores”, sin duda, pero la clase de autores cinematográficos que se producen en la actualidad. Sin el brío, sin las personalidades apabuyantes de los grandes directores de los sesenta y setenta. Y el problema es que Cannes sigue atado a esa idea del autor extraordinario que cada vez se da menos (y en las contadas apariciones recientes de tan extraño animal es inevitable verlo como algo más bien teatral, con olor de impostura, como alguien vestido de Pato Donald en Disneylandia).
Otros festivales han reaccionado frente a esta escasez de grandes figuras ampliando sus horizontes. Toronto y Rotterdam muestran cientos de películas en diferentes ciclos y dejan que los espectadores naveguen a su antojo en la amplia selección. Pero Cannes sigue empeñado en mantener el control: esta edición tendrá 55 películas en sus dos categorías (la Selección Oficial y otra, no competitiva, llamada Una Cierta Mirada). En comparación, el Festival de Toronto el año pasado tuvo cerca de trescientas películas.

El día del lanzamiento, Gilles Jacob, director del Festival, defendió la decisión de mantener estable el número de películas seleccionadas. “Cannes debe seguir siendo un Festival a escala humana”, dijo, “con una selección verdadera y no una exposición de lo que hay disponible”. Para ver “lo que hay disponible”, Jacob agregó, la gente podía ir al mercado de Cannes, una sección paralela al festival donde compradores y vendedores de todo el mundo hacen sus negocios.
El riesgo que corre Cannes al casarse con esa visión de grandeza es que puede volverse irrelevante. De hecho, es posible que las mejores películas del presente sean demasiado simples y discretas como para aguantar el peso de una Palma de Oro, para merecérsela. Las mejores películas del presente pueden ser como chozas de adobe que no ganarán nunca un premio de arquitectura así sean más conmovedoras que un rascacielos, porque están hechas para ser habitadas, no para ganar premios.

Y sí, se seguirá haciendo “cine de autor”, mastodóntico y ensimismado, y Cannes estará ahí para premiarlo. Pero el cine que vale la pena, que sigue existiendo, el cine lleno de vida, simplemente buscará festivales más flexibles en donde presentarse. Festivales que no necesiten anunciar que, este año y para variar, van a presentar películas sorprendentes. .

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