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| 5/16/2006 12:00:00 AM

“Los que dicen que escribir es agradable, o mienten o son malos escritores”

Arcadia entrevistó en París al escritor belga François Weyergans, ganador del premio Goncourt 2005, que es considerado como el más importante de la literatura en lengua francesa. Aunque poco conocido en español, se trata de uno de los principales escritores francófonos contemporáneos.

El escritor belga François Weyergans podría ser un personaje de las novelas que escribe. De hecho, lo es. Sólo que con distintos apelativos, como François Weyergraf, Weyerstein, Weyerbite o Graffenberg. Por lo demás, el autor persevera con tenacidad por mantener el misterio entre lo que es realidad y ficción en sus obras. “Las personas quieren saberlo todo. Yo también tengo esa propensión a pretender separar la ficción de lo real. Recuerdo aún la mirada de conmiseración que me dirigió Saul Bellow –premio Nobel en 1976- cuando le pregunté si era cierto, en Herzog, el pasaje donde Herzog ve a su nieta dar la mano al amante de su mujer. No me respondió, pero tuvo con su gesto un aire de querer decir: mi pobre viejo, ¿usted todavía está en ésas?”

Hijo de un escritor ultracatólico, crítico literario y cinematográfico, François Weyergans se dedicó primero a la dirección de cine y más tarde a la escritura, a pesar de la férrea oposición de su padre, quien luego de leer su primer manuscrito lo consideró inmoral. Hoy es autor de trece novelas y cinco películas que han pasado al olvido tras el éxito de su pluma. “Dirigí cinco películas, con cinco productores diferentes. En las cinco ocasiones el resultado fue el fracaso financiero, la bancarrota de la casa de producción. Pensé entonces que debía de haber un problema. Sin embargo, este año voy a dirigir dos películas.”

Después de la publicación de su primera novela, la relación con su padre se deteriorarió y rompieron para siempre. Esta relación plena de contrastes dio lugar a su novela Franz et François, publicada en 1998 como una suerte de extensa carta póstuma a su padre. Fue unánimemente elogiada por el público y la prensa, y termina con esta frase: “Sólo el amor cuenta en verdad, poco importa cómo se manifiesta”.

Y luego, el año pasado, vino la consagración de este belga de 64 años, radicado en París, cuando ganó el premio Goncourt, el más prestigioso de la industria editorial francesa por su obra Trois jours chez ma mère [Tres días en casa de mi madre], que aún no ha sido traducida al español. La historia de este libro es sencilla: un reconocido escritor, François Weyergraf, se encuentra agobiado por las deudas y su editorial lo obliga a escribir un libro que no es capaz de terminar cuyo título es Trois jours chez ma mère. ¿Coincidencias con la realidad? Sin duda muchas.

El libro vio la luz después de siete años en los que la prensa y la editorial Grasset recibieron numerosos falsos anuncios de Weyergans que afirmaba cada otoño que la obra por fin estaba lista. En septiembre de 2005, se publicó por fin y de inmediato recibió críticas positivas de la prensa literaria francesa, hasta alcanzar el primer puesto de ventas en librerías. “Yo no hice nada para recibir el Goncourt. Incluso el premio estaba prometido a otros escritores. Y yo llegué al último minuto, sin estrategia y decidiendo finalmente publicar, pues hacía cuatro años que yo anunciaba la publicación de mi libro, pero como no estaba contento con el resultado, siempre desistía. Mi editorial no estaba muy contenta con los repetidos retrasos, pero les dije que era yo quien decidiría cuándo estaría listo, y que no entraría a jugar en sus intereses económicos. Se los dije con la libertad total de un escritor que decide finalmente la publicación de su libro cuando se le antoja.”

Buenas amistades

A los veintisiete años Weyergans escribió Salomé, su primera novela –“la más febril” según él– que permaneció inédita hasta que hoy, 36 años después, ha decidido publicarla en simultánea con Trois jours chez ma mère. Cuando le dicen que muy probablemente es la primera vez que esto ocurre en la historia de la literatura, él responde sonriendo “¿usted cree?” Excéntrico, pensarían muchos; un tanto perturbado, dirían otros, con no menos razón.

Weyergans sostuvo intensas sesiones de psicoanálisis en su juventud con Françoise Dolto y, sobre todo, el célebre Jacques Lacan, quien durante un año y medio, a razón de cuatro o cinco sesiones diarias, le “ayudó a descubrir que tenía un inconsciente”, como suele describir su experiencia con Lacan. “Usted me reembolsará más tarde, me dijo Lacan un día que me preocupé por el costo del análisis. Él tuvo finalmente la razón, ¿no? Hace poco tiempo supe que Le pitre
–el primer libro oficial de Weyergans– permaneció durante largo tiempo en un buen lugar de su mesa de noche y dijo apreciarlo mucho.”
Los primeros manuscritos de Weyergans tuvieron también otros lectores famosos como Gilles Deleuze, Federico Fellini y el prolijo autor de novelas policíacas George Simenon. “Eran lectores con los que llevaba una relación casi paternal, porque eran, por supuesto, mucho mayores que yo. Ahora debo aceptar que envejecí y que debo ser mi propio lector porque ya no me puedo refugiar detrás de nadie. Cuando hablaba con Fellini era como hablar con un papá. Hoy, cuando un amigo me dice que está bien lo que escribo, ya no me interesa tanto. Es menos impresionante el punto de vista de alguien menor.” Quizás por ello dice no leer a los autores contemporáneos, pues, insiste, no le aportan nada: “Yo solamente leo los libros que me pueden servir para algo. Por eso prefiero leer los grandes clásicos, porque ahí está la gramática francesa que es mi herramienta de trabajo. Si leyera a Patrick Modiano o a Jean Echenoz, por ejemplo, a quienes conozco y les he estrechado la mano, creo que no me aportarían nada.”

Luego de la publicación de cada libro, que ve también como una liberación, Weyergans se dirigirá como de costumbre a un café del Barrio Latino para beber champaña con sus amigos, encenderá incontables cigarros y hablará irremediablemente de mujeres, su tema predilecto. Él, que ve la literatura como una especie de tortura intelectual, expresa su derecho a manifestar que se sufre también escribiendo. “¡Hasta los más grandes escritores se han quejado! Por ejemplo, William Faulker, a quien admiro mucho, tomaba licor todo el tiempo y decía sentirse desgraciado. Era verdaderamente terrible para él. Y es genial, porque se trata de uno de los mejores escritores de la historia de la literatura mundial. Recordemos también a Baudelaire. El escritor que dice que escribir es agradable, o miente o no es un buen escritor.”

Si esta vez Weyergans escapó al infierno del deber de publicar, fue en gran parte por el auxilio que le procuró el joven Weyergans de veintisiete años que escribió Salomé y que lo inspiró para terminar su más reciente novela. Y por eso le agradece, como al buen amigo que uno reencuentra después de transcurrido mucho tiempo. “Hoy lo leo con mas objetividad, como una novela escrita por alguien de mi familia y que tengo la impresión de haber conocido bien. Me ha impresionado encontrar en sus páginas a un joven agitado y efervescente. Le doy las gracias, porque leyendo Salomé él me dio las energías y las ganas suficientes para terminar Trois jours chez ma mère. Yo no habría podido terminar este libro sin publicar Salomé al mismo tiempo. Es como si el joven Weyergans surgiera para ayudarme y decirme que la literatura es formidable.” .
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