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| 4/26/2014 12:00:00 AM

Cartas

"Me niego profundamente a aceptar la muerte de Gabriel García Márquez. Los seres míticos no mueren" Ricardo Forero Rubio

Vivirá para siempre

Sencillamente SEMANA la sacó del estadio con su edición de colección con la cual le rinde el más merecido homenaje al más universal de los colombianos; por su impecable presentación, por su acertada reseña fotográfica y sobre todo por su completo contenido que nos recrea desde los momentos más íntimos de su vida a partir de su infancia en Aracataca, sus relaciones familiares, los tropiezos de sus primeros años como reportero, sus dificultades para sobrevivir en París y luego la grandeza construida a base de genialidad, esa genialidad que solo la pluma de Gabo nos podía regalar con su obra literaria. Gabo vivirá siempre en el corazón de todos los colombianos.

Augusto Aristizábal M.
Bogotá

Anda camuflado

Sobre su portada de la edición 1668: Me niego profundamente a aceptar la muerte de Gabriel García Marquez. Primero, porque me da la gana de desconocerla, y segundo, porque, que yo sepa, los seres míticos no mueren. Uno no abre el periódico y lee un obituario de la muerte de un unicornio o de un dragón. Así quien se murió fue un viejo simpático con un cuerpo cansado. El verdadero Gabo anda camuflado en Cartagena, jugando dominó en una esquina, burlándose de los turistas que afean la ciudad amurallada con sus poses ridículas, mamando ron con una mujer de grandes caderas y riéndose de la eterna mamadera de gallo que es la vida.

Ricardo Forero Rubio
Bogotá

Gabo el inmortal

SEMANA se lució con la revista ‘Gabo 1927-2014’. Hago referencia al artículo ‘Inmortal’ de la última edición. La transformación material de Gabriel García Márquez ha causado conmoción global. Su legado cultural mágico será su eterna y engrandecida permanencia en el planeta tierra y en los infinitos aledaños. Rutilantes versos amarillos los hilvanaba con su puño cuán telar cósmico. Magnas obras literarias ayer, hoy y mañana volarán por doquier repletas de inmenso amor, al cual se refirió “nada de lo que se haga en la cama es inmoral si contribuye a perpetuar el amor”. Oración muy apropiada para los que hablan de excrementos. En cien años no de soledad sino de cánticos arrulladores, en repetidas ocasiones del diario vivir, estará la humanidad con sus lecturas. Hasta en su decisión de no acudir a los ritos religiosos ni aceptar homenajes fue un sabio modesto. Merece no elogios sino la continuación de la trayectoria de su verbo narrativo; que podrá ser enseñada en la universidad Gabriel García Márquez, próxima a crearse y, desde los primeros bancos enseñar su irrepetible obra histórica. Escribir más sobre este genio de las letras y revelador de un país desconocido, sangriento y bello es entrar en lo anacoluto ante tan genial creador, que a todo instante cantó al amor. ¡Chao Gabo! Nos vemos en cualquier lado. 

Omar León Muriel Arango
Manizales

Herencia del folclor

A propósito de su portada de la edición n.° 1698, mi admiración por Gabriel García Márquez comenzó en la biblioteca de mi abuelo paterno cuando encontré Relato de un náufrago, una historia que fue publicada durante 20 días consecutivos en el diario El Espectador de Bogotá en 1955. Ese mismo año publicó La Hojarasca, donde por primera vez escribe sobre Macondo, aquel pueblo que no aparece en ningún mapa pero que después de Cien años de soledad motivó a varios turistas a viajar con la ilusión de encontrarlo hasta terminar en Aracataca, un pueblo en la Sierra Nevada de Santa Marta donde nació el escritor. El amor en los tiempos del cólera quedó para siempre como uno de mis libros favoritos en la adolescencia, a tal punto que ninguna de sus siguientes obras logró atraparme como esa. Dejé de leerlo varios años, hasta que hace unos meses en una librería vieja del D.F. me encontré una edición de Cien años de soledad, de pasta dura color azul marino, de segunda mano, y me lo compré. Hace dos semanas empecé a leerlo por segunda vez. Bastaron las primeras páginas para que entendiera cosas que en mi adolescencia no entendí. Que Macondo y los Buendía no son solo el fruto del realismo mágico de Gabo, sino la herencia del folclor de la costa caribe de mi país, de su geografía quebrada, su mezcla racial y cultural, pero sobre todo del vallenato y sus historias cantadas hace más de un siglo. Y hoy encontré una entrevista que le hicieron en 1996 donde decía: “Cien años de soledad no es más que un vallenato de 350 páginas”. Me quedan 310 páginas de esta delicia de vallenato. ¡Gracias Gabo!

Andrea Cañón
Ciudad de México

Los políticos ideales

En Confidenciales de SEMANA (edición n.° 1668) se comenta una encuesta de la revista Credencial sobre cuáles eran las características que consideraban más importantes y cómo veían que estas se reflejaban en cada candidato y en los expresidentes. Se midieron el carisma, la honradez, el impulso al bienestar económico, la credibilidad, y la disposición a finalizar el conflicto con las Farc. Naturalmente hay otros factores que no se analizaron y algunos que deberían ser obvios como la honradez. Max Weber en 1919, escribía que “existen tres cualidades decisivas para el político: pasión, sentido de responsabilidad y buen criterio”. Sin entrar a cuestionar la muestra y metodología, que deja muchas dudas, ¿cumplen los profesionales de la política con ello en Colombia?

Desde que llegué al país, hace muchos años, me llamó la atención el término “hacer política”. Provengo del Chile de los setenta, altamente politizado, polarizado, comprometido, apasionado y “golpeado”.  

Hace tiempo, en unas elecciones presidenciales, y como era natural, le pregunté a un amigo –culto y preparado– por quién votaría y me respondió que no lo haría, cosa que me extrañó mucho, “son los mismos con las mismas”, me dijo.  En parte es cierto, pero el problema es más complejo.

La apatía es culpa de los partidos y los que dicen “ejercer la política”. Las propuestas, actitudes e incluso eslogan son ajenos a la gente, cuyas preocupaciones están muy lejanas a esos ofrecimientos. Existe un desencanto con la política, no hay cultura ni interés en ello. Y los candidatos elegidos piensan que el servicio público es una forma de vida y no un cargo en favor de unos ideales.  Ahora el ambiente electoral está agitado: los colombianos elegirán presidente. Y comienza el marketing electoral y las encuestas y de nuevo seremos impactados con mensajes de publicidad, que más que hacer alarde de las cualidades de un candidato, buscan posicionar una imagen, un color y un nombre produciendo una recordación, en algunos casos, no por el desempeño del personaje, sino por su particular campaña política. No hay gran diferencia en las propuestas y mucho menos se dice  cómo alcanzarlas. Además, la mayoría de candidatos, si no todos, ha estado por décadas en la escena política dentro del establecimiento.

Muy poco se habla de los verdaderos problemas: educación, salud, justicia o desarrollo económico y social. Se insiste en la paz, pero la paz no es solamente la ausencia de guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación, injusticias, falta de oportunidades, carencia de educación y exclusión, difícilmente se podrá alcanzar la verdadera paz…

Alejandro Schnarch
Bogotá
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