Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/12/05 20:00

Cartas

Estoy orando por el querido pueblo venezolano. Diego Luis Landínez, Bogotá.

Cartas

Del general Bedoya

En la edición virtual del 12 de agosto de 2015 de SEMANA, bajo el título ‘Los militares en el caso de Jaime Garzón’, en que me cita, se hace eco a declaraciones de un delincuente extraditado, tratando de vincularme al execrable crimen del periodista, con lo cual su semanario se prestó a la guerra sucia que se adelanta contra quienes dedicaron su vida a defender la patria.

En mí no van a encontrar al militar que lo acobardan las mentiras, ni al delincuente que se quiere construir a base de argucias. Soy el mismo soldado que defendió las libertades democráticas durante 47 años, para que periodistas como ustedes puedan decir la verdad, en un país expuesto desde Cuba a autodestruirse, con base en engaños, traiciones y claudicaciones.

Si necesitan aclaraciones sobre mi conducta y comportamiento en el cumplimiento del deber militar no duden en preguntármelo, como un ejercicio de las reglas periodísticas y de imparcialidad, su periodista ha debido hacerlo, antes que el infundio hiciese carrera en su revista. Si ello hubiera sido así, en esta publicación, como en las dos anteriores, en que sistemáticamente se me ha excluido de tal posibilidad, le habría podido comentar que dos años y 23 días antes del hecho al que se me quiere vincular fui retirado del servicio activo por el gobierno.

En forma similar, también les habría explicado que el mencionado magistrado, cuya petición su medio de comunicación exhibe, con sospechoso interés, como si se tratara de una prueba judicial en mi contra, no conocía el proceso ya que en el actuaba solo a título de control de garantías y que su solicitud a la Fiscalía la hizo a instancias y por solicitud de una entidad perversamente interesada, ideológicamente comprometida y carente de credibilidad, que fuera también la misma que llevara testigos falsos a un proceso contra Colombia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Apelando a la objetividad, que en estos tres casos ha estado ausente, y considerando que el derecho de la honra está definido y protegido como derecho fundamental de la Constitución Política y que el mío, en particular, se ve afectado por la que parece ser una práctica sistemática para agredirme, sin concederme la oportunidad de presentar mi versión ante la opinión pública, comedidamente solicito incluir esta aclaración.

General (r ) Harold Bedoya Pizarro
Bogotá


Un hecho político

Estoy de acuerdo con la revista SEMANA (edición n.° 1751), en cuanto a que la refrendación  no era necesaria ni jurídica ni políticamente y menos por la vía del plebiscito. Puesto que la paz es una acción jurídica producto de un hecho político del cual nacen las leyes, decretos, actos gubernamentales, etcétera, que reforman social y políticamente lo acordado en los diálogos sobre la paz.

El plebiscito conlleva a validar una política presidencial que puede salirse fuera del control jurídico.
Esta concentración del poder por la vía de facultades extraordinarias puede terminar en abusos para la promulgación de leyes exentas de su respectiva socialización y debate.

Por lo tanto, mientras lo acordado no sea sometido a una discusión pública y transparente en la sociedad, el plebiscito se cae por sustracción de materia, pues a esta altura del proceso de paz ni los congresistas ni el presidente conocen su contenido completo, menos los que están habilitados para votar.

Lo irónico será que el plebiscito por el umbral será un acto de las minorías, cuando la verdad  es que todos los colombianos deseamos que se firme la paz, amén de los acuerdos pactados, donde están en juego los intereses particulares de las Farc.

Danilo Yepes Recalde
Pasto

Si es que se hace

Como bien lo recuerda Antonio Caballero (SEMANA n.°1750), una de nuestras características  es que acá “todo se echa para atrás” y, “en esa inexorable reversa nacional, acaba de tocarle el turno al nuevo metro de Bogotá”. Pues así como Peñalosa lo hizo en su campaña a la Alcaldía de Bogotá en 1998, cuando prometió la primera línea de metro y terminó haciendo TransMilenio, ahora, sin haberse posesionado, nuevamente anuncia que el prometido metro no se hará durante su administración, con el consecuente perjuicio para los capitalinos y para la Nación. Con la nueva propuesta  de un metro elevado habría que comenzar nuevos estudios y su inicio, si es que se hace, iría más allá del cuatrienio de Peñalosa.

Lo que preocupa es que, como esta, cumpla las otras promesas, como la del espejismo del río Bogotá con sus malecones en piedra, sus jardines y sus bucólicos caminaderos. Ojalá el desarrollismo y el afán por realizar obras de infraestructura del nuevo alcalde  no lo obnubile y termine descuidando lo más importante: el ser humano.

Juan Manuel Jaramillo U.
Manizales

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