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| 6/17/2017 10:15:00 PM

Cartas

NO HAY LÍDER

El artículo de portada sobre el fantasma del castrochavismo (edición n.º 1832) no abordó un factor que tal vez, por obvio, no sea menos importante: en Colombia no hay un líder o un caudillo con la fuerza de Fidel Castro o de Hugo Chávez, alguien con una historia inspiradora, pero disruptivo del orden social, con la voluntad de insuflar el espíritu del pueblo lego o profano, de adoctrinar diseminando la ideología con una fuerza argumentativa tal que sea capaz de demostrar que ese modelo de gobierno pueda tener alguna cabida en una sociedad moderna. Pero ni existen los presupuestos políticos ni el líder que magnetice al pueblo y lo conduzca ciega y peligrosamente por esa pendiente. Sin embargo, en la otra orilla están los gobiernos de derecha, un inquietante escenario al que el país igualmente puede verse expuesto. Esa debería ser también la preocupación de los colombianos, que a diferencia del castrochavismo no es un espejismo.
Sergio Quiñones Rodríguez
Pasto

OTROS ARGUMENTOS

En su portada se perdió una oportunidad para analizar varios temas. En primer lugar, tratar de entender cómo fue que en menos de 15 años Venezuela pasó de ser una democracia liberal en funcionamiento a ser una dictadura ad portas de cancelar, con la futura constituyente, cualquier vestigio nominal de un gobierno democrático. En segundo lugar, examinar cómo, a pesar de todas las consecuencias negativas que la dictadura ha tenido, el régimen no parece estar cerca ni de cambiar ni de ceder. Y, finalmente, la situación geopolítica de Venezuela y, por extensión, de Colombia. Para el régimen cubano mantener una asociación especial y directa con el gobierno vecino es esencial para su supervivencia. Los curtidos y disciplinados militares cubanos trabajan fervientemente por mantener el poder castrense leal al gobierno de Maduro y por hacer operativa la economía en medio de los controles, la estatización y la escasez. Este trabajo se complementa con promover el desorden social en Colombia debilitando nuestra democracia. Por las abundantes similitudes históricas, socioeconómicas y geográficas, no es ilógico pensar que ‘si sucede en Venezuela puede sucedernos aquí’.
Louis Kleyn
Bogotá

SOLO UN FANTASMA POLÍTICO

Asombran el titular y las imágenes de la portada y del artículo central de la edición n.º 1832 de la revista ‘El fantasma del castrochavismo’, pues inducen a los lectores a creer que el país, efectivamente, corre el riesgo de llegar a una situación como la que vive actualmente Venezuela. Parecería, además, que la revista avala ese término que es solo un invento del expresidente Álvaro Uribe, el cual utiliza como bandera en sus campañas de miedo y desinformación. El castrochavismo no existe, y el contenido del artículo señala en su análisis lo lejos que Colombia está de que ese mito se haga realidad, aunque las razones van más allá de las esbozadas. El titular de la portada debería haber sido: ‘El fantasma uribista del castrochavismo’. Porque es solo eso.
Carmen Posada González
Envigado

EL COSTO DE LAS ÍAS

Como siempre, sorprende la capacidad investigativa de Daniel Coronell y su equipo de colaboradores. Sí, él, con sus limitados recursos y todos los palos que le atraviesan puede enterarnos de la enorme cloaca en la que por acción u omisión hemos convertido este país; por qué las ‘ías’, con sus miles de funcionarios, investigadores, códigos de ética, recursos y anuncio de apertura de “exhaustivas investigaciones”, además de sus billonarios presupuestos, no logran pasar en las suyas de simples cortinas de humo. Sería muy interesante conocer cuánto nos cuesta el funcionamiento de los organismos de control y de la Fiscalía frente al costo estimado de la corrupción. A lo mejor ahorrárnoslo equilibraría las cargas; o saberlo nos permitiría mover a la sociedad para exigir verdaderos resultados.
Luis Jaime Barco García
Florencia

NO SE SEMBRÓ EL PETRÓLEO

Con relación a la portada de ‘Cinco años de petróleo’ (edición n.º 1831), ¿por qué durante los años de bonanza no se invirtió ese dinero en los otros sectores económicos? ¿Por qué no se incentivó la investigación y el desarrollo de producción de energías alternativas? Uno podría seguir haciendo preguntas. La triste respuesta a ellas sería la misma: a la clase dirigente de este país eso no le importa y lo único que la mueve es tener utilidades a corto plazo. Y este fenómeno no es solo de estos últimos ocho años, sobran los ejemplos de décadas anteriores.
Posdata: ¿Ya nadie recuerda el debate presidencial de 2010 en el que el entonces candidato Juan Manuel Santos le preguntó, para hacerla quedar mal, a la candidata Noemí Sanín sobre la enfermedad holandesa?  
Álvaro A. Franco Rodríguez
Bogotá

CHINA, NO TAN INOCENTE

Con su reconocida antipatía hacia los Estados Unidos, Antonio Caballero trata de soslayar la Historia, contrastando las intervenciones que ha tenido la nación americana con, según él, la escasa intervención contra otros países por parte de China. Textualmente dice: “La China nunca ha llegado, al menos por ahora, a los extremos de agresión alcanzados rutinariamente por el imperialismo”. Bueno: otra cosa nos enseña la historia, empezando por la agresión a su propio pueblo. Dejando a un lado la guerra civil, se estima en más de 10 millones de víctimas de contrarrevolucionarios y opositores del régimen comunista durante el mandato de Mao (en los primeros años de la consolidación del comunismo), además de los miles de miles que pasaron largos años de su vida en el sistema penitenciario. A esto se deben sumar los 40 millones de muertos más de los años 1959-1961, durante el famoso “Gran Salto Adelante” . Y no olvidemos la agresión de los chinos contra el pacífico Tíbet. Durante la ocupación china de este país, murió uno de cada diez tibetanos, todo un genocidio. Ni hablar de la famosa “Revolución Cultural” y sus temibles guardias rojos, y los miles de muertos que causó. O el millar de muertos en la plaza de Tiananmén, una nimiedad. No es tan inocente entonces la China, como pretende hacernos creer Antonio Caballero.
Felipe Ossa D.
Bogotá

ESPURIA

En la edición n.º 1832, se dice en el artículo ‘Los bienes de las Farc en la mira’ (página 26): “…los bienes de esa guerrilla, que fueron adquiridos de manera espúrea…”. Lo correcto es espuria (que significa “falsa”, “bastarda”). Esta es una palabra traicionera del castellano, y en este error suelen incurrir incluso escritores de prestigio. Parece que quien así la escribe y la pronuncia pretende mostrarse culto, tal vez bajo el entendido de que es incorrecto decir ‘pior’, en lugar de ‘peor’. Es decir, la ‘i’ juega en este caso una mala pasada.
Gustavo Páez Escobar
Bogotá

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EDICIÓN 1834

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La bomba del Andino deja claro que terminada la guerra con las Farc aún quedan otros grupos armados. ¿Cuáles son y qué peligro representan?