Sábado, 1 de noviembre de 2014

| 2013/07/13 01:00

Cartas

Las protestas del Catatumbo parecen organizadas para un propósito no tan claro.

Cartas

Más vale una imagen

Que buena portada la de su edición n.° 1627 del 8 de julio. Es más diciente que el artículo ‘Los correos del Catatumbo’. El que crea que esos muchachos encapuchados son campesinos, ¡es un imbécil!

Roberto Wills Obregón, Bogotá



Una falsa percepción


Leyendo el artículo de ‘La historia inédita de los falsos positivos’ de su edición n.° 1627, debo realizar la siguiente reflexión: el problema es generacional, nuestro Ejército colombiano desde la guerra de Corea (1950-1953), donde participamos con el Batallón Colombia, ha venido siguiendo patrones, procedimientos militares, logísticos, de tipo organizacional y doctrinal del Ejército de Estados Unidos. 

En la guerra de Vietnam (1955-1975), más exactamente en la Batalla del valle de Ia Drang (1965), donde murieron 234 soldados estadounidenses y las muertes enemigas se estimaron en casi 3.000 norvietnamitas, los comandantes estadounidenses idearon una estrategia nueva en una guerra sin frente (guerra de guerrillas) y donde el número de bajas enemigas sería la medida del éxito. 

Es aquí donde el Ejército estadounidense se inventa el concepto del body count. El body count, es la falsa percepción de creer que una guerra se gana en la medida que se dé la mayor cantidad de bajas enemigas.

Desafortunadamente, a los miembros de nuestras Fuerzas Militares se les premia (condecoraciones, cursos, viajes al exterior), por el número de bajas que propinen durante su carrera militar y de acuerdo con el cargo que ostenten. (Comandante de escuadra, de pelotón, de compañía, de Batallón).

Gracias a Dios este concepto está cambiando, unidades como la Escuela de Derechos Humanos y DIH, (fundada hace tan solo tres años), que dirige muy acertadamente mi amigo y compañero de curso TC. Anstrong Polanía, está logrando cambiar este pensamiento en las nuevas generaciones de oficiales, suboficiales y soldados.

Pasarán varios años más, hasta que altos oficiales educados bajo el concepto de body count, no se encuentren por fuera de la institución y unas Fuerzas Militares renovadas y más visionarias, cambien su sistema de premios e incentivos, solo de esta forma lograremos erradicar de una vez por todas esta filosofía siniestra que deslegitima muchas de las acciones valerosas de nuestros soldados colombianos.

Capitán (r) Henry Plata Sepúlveda, Bucaramanga



Es más valiente


Felicitaciones a SEMANA por la historia inédita de los falsos positivos, (edición n.° 1627) este artículo de un medio independiente le muestra a la opinión nacional e internacional, que aquel estigma que pesa sobre nuestro glorioso Ejército Nacional no es la regla sino la excepción, y que aquellos quienes portan el uniforme con honor y lealtad, son los héroes anónimos que protagonizaron esta lamentable y deplorable historia, porque contrario a lo que piensan algunos compatriotas que lamentablemente no piensan para hablar, dado su estado de enajenación mental, resentimiento social y perfil psicopático, es más valiente aquel que tiene la capacidad mental y criterio para no accionar el gatillo de su arma, cuando está en juego la vida misma, por esa simple razón, en la guerra es más fácil matar por miedo, que preservar la vida del enemigo por el honor militar que algunos no conocen. 

Espero que oficiales de insignia que bien conocen y aplican el honor militar como el señor general Alejandro Navas, en su condición de comandante de las Fuerzas Militares, se pronuncie al respecto y reivindique el estatus que no debieron dejar de ostentar este grupo de jóvenes militares que bien merecen portar de nuevo el uniforme y por qué no, hacer parte de nuestra misión de paz en el Sinaí. 

Luis Carlos Ortiz, Bogotá


Empieza por casa


Pertinente su artículo referente al matoneo en casa, en la edición n.° 1625. Muy apropiado tocar este tema, pues si seguimos viendo normal tanta comparación y competencia –comparaciones odiosas que no aportan nada positivo, sobre todo, en el interior de la familia– estamos descuidando el trabajo en equipo de un grupo que tiene el objetivo común de prosperar, mejorar y salir adelante con todos los integrantes de la familia. 

Recordemos que la caridad empieza por casa. Estos mal llamados retos, no crean el carácter. Peor aún, pueden aumentar la inseguridad del terreno familiar, clave para fortalecer la autoestima, una necesidad inminente ante una fuerte revolución cultural destapando ollas inescrutables antes. No humillemos en casa, pues recordemos que la esencia de la buena educación, sí es un indicador del real progreso de una comunidad. 

Si no hay solidaridad y tolerancia en casa, rechazamos toda la imperfección y creamos una falsa ilusión de perfección, muy centrada en sí misma. Así no progresamos, bien lo advierten expertos. Variedad sí, perfección ególatra no. Es fuente de abuso de alcohol en el futuro, por solo nombrar una costumbre que ha de controlarse desde la infancia.

Diego Casabianca Escallón, Bogotá




En la Ciudad Bonita


Vivir en Bucaramanga no es como vivir en Bogotá. Aquí la vida es distinta, pues las distancias son cortas, se puede transitar en bicicleta y hay muchos parques y zonas verdes. Quiero agradecerles, señores de SEMANA, por su edición especial dedicada a la Ciudad Bonita, una metrópoli hermosa y acogedora para los que no nacimos aquí. Y aunque existen grandes contrastes sociales (como en todas las ciudades de Colombia), aquí todos trabajan y luchan cada día por un futuro mejor. 

Hay muchos carros y algunos conductores son intolerantes, además la cultura de la bicicleta es poco valorada por los universitarios. Este informe especial resalta las cosas buenas de nuestra Bucaramanga, una ciudad que los recibe y los acoge a todos, y también plantea los problemas que cada día son mayores, lo mismo que sus posibles soluciones, como la reubicación de algunas zonas deprimidas, profundas y tristes que contrastan con los lujosos edificios y centros comerciales construidos a pocas cuadras. 

Las campañas de la actual administración a favor de la cultura ciudadana han servido, pero es necesario que todos nos identifiquemos con este bello territorio, sentirnos privilegiados por el agua que nos llega diáfana y deliciosa del páramo de Santurbán y con el aire puro de las mañanas dominicales. El riesgo de vivir en Bucaramanga es que uno termina olvidando por completo su ciudad de origen.

Carlos Andrés Peralta, Bucaramanga


No siempre llegan


Al referirme al artículo ‘Avivatos’, edición n.° 1617 comento: ¿no cuesta menos al gobierno y a la Federación de Cafeteros frenar la revaluación del peso que estar bajo presiones de los paros y bloqueo de vías, incluyendo muertos y heridos, inventando costosos subsidios que, al parecer, no siempre llegan al bolsillo de los auténticos productores? ¿Y después de diciembre de 2013 qué pasará con el precio interno? Téngase presente que hasta esa fecha estará vigente el subsidio.

Gustavo Pulgarín Arias, Medellín



¿Todo es una burla?


Con todo lo que acontece en Colombia y analizando la opinión del señor Glasenberg, en el artículo ‘Tatequieto a las multinacionales’, edición n.° 1619, al describir el país como el secreto comercial mejor guardado, encuentro que puede ser porque tiene la estrategia mejor utilizada y aprovechada: la burla. 

Si lo pensamos bien, nos damos cuenta de que en todas las actuaciones y a todos los niveles, como espectador o protagonista, conocemos, sentimos o sufrimos un tipo de burla para provecho de otros. Por ejemplo del Congreso, cuando trabajan a media marcha, aplazan sesiones y dejan los proyectos trascendentales para cuando se acercan elecciones con el firme propósito de exigir puestos burocráticos, manejo de instituciones, votos, etcétera. 

Cuando se consideran ‘intocables’ y creen que por ser congresistas se blindan ante las normas o cuando formulan leyes que solo favorecen sus propios intereses.

O de las empresas, cuando se benefician de los programas del Estado para incentivar el empleo. Estas realmente aprovechan la situación no para contratar más personal sino para cambiarlo a menor costo. Salen de personal experimentado y antiguo, que vale mucho dinero, para contratar recién egresados, que a los 22 años les exigen ser bilingües, tener maestría o doctorado y una amplia experiencia para pagarles 1 millón de pesos. Y después se ufanan mostrando cifras altas de empleo cuando cada vez encontramos más personas en la informalidad. En un semáforo nos pueden vender desde una puntilla hasta electrodomésticos.

O de las empresas de servicios, que siempre tienen mejores planes y ofrecen mayores beneficios para clientes nuevos, olvidándose de los clientes antiguos fieles a su empresa. Pasan los años y no obtienen ninguna retribución. Así que al cliente antiguo le toca renunciar y empezar como cliente nuevo para beneficiarse de algún servicio. 

O las empresas del Estado, como la de Tránsito, que parece tener como su motor de búsqueda solo el recaudo de dinero y permanecer a la caza de las infracciones, con cámaras –que ya están por todo lado– o escondiéndose detrás de los árboles para atrapar in fraganti. Se olvidaron de regular el tránsito, de crear cultura ciudadana. Ya no se les ve sino solo para atender accidentes e imponer comparendos.

O de los mismos ciudadanos, que cuando están en otro país se portan diferente, son más cívicos: no tiran basura en la calle, usan la cebra, esperan el transporte en los sitios adecuados, respetan las señales de Tránsito, etcétera. Pero cuando llegan al país, hacen totalmente lo contrario. Pareciera ser que la forma de actuar está condicionada al sitio o a la situación, más que al ser mismo. 


O de la burla de los presos en Colombia, que pueden salir como ´Pedro por su casa’ a visitar a sus familiares, hacer compras o participar en actos políticos. Pero también de los entes judiciales por permitirlo y enseñarnos lo fácil que puede ser burlarse de la Justicia. En fin, creo que detrás de todo el secreto comercial mejor guardado de Colombia, la burla definitivamente es una estrategia que se impone.

Marlene Rosero P., Cali


No era una broma

Quisiera dejar mi comentario sobre un artículo que salió en edición n.° 1619 titulado ‘Parodia de un derecho’. Cuando escuché la noticia por primera vez de una ley que iba a interferir en la emisión de programas como La Luciérnaga o cualquiera que tuviese implícita la parodia, creí que se trataba de un mal chiste de un par de ‘malos humoristas’ que jugaban con una de las pocas posibilidades que tiene un país como este para expresar de manera jocosa todas las barbaridades que le pasan; pensé que se trataba de uno de esos ‘colmos’ que juegan con la ironía y el sarcasmo de una gran cantidad de personas para al final decir que solo se trataba de una broma... pero no, lastimosamente el panorama es distinto.

Tal parece, y según lo muestra el artículo de la revista, que a una gran cantidad de los llamados padres de la patria les falta un curso básico de lógica y argumentación, de manera que al menos sepan defender razonablemente sin luego echarse de para atrás cada decisión tomada de manera impositiva por unas ‘felices’ minorías, que en este como en muchos otros casos, terminan afectando a una ‘triste’ mayoría.

 Recordando casos como la reforma a la Justicia, a la educación y el famoso periodo de seis años (propuesto por nuestro presidente), podemos darnos cuenta de que más allá de estar ante un ejercicio de argumentos y razones estamos ante un curso de falacias, las cuales se caen fácilmente ante una objeción seria, crítica y argumentada. Cabe aclarar que para los casos anteriormente expuestos, junto con esta belleza de ley que se intenta pasar, se puede identificar una falacia de irrelevancia, más específicamente la llamada ‘falsa causa’, en donde se esconde una intención tras una aparente buena voluntad... El tiempo dará la razón, o quizá, nos la termine de quitar...

Juan Camilo Celemín Mora, Bogotá



La reelección


Se le abona a la revista todo el espacio que le dedica al tema de reelección del mandatario de turno incluyendo la portada de la edición n.° 1620. No se necesita mucho equipo ni tanta alharaca; en estos países tercermundistas donde la democracia es manoseada y utilizada para beneficios grupistas, solo se necesitan recursos y componendas que apunten a este o aquel candidato; detrás viene la horda de aduladores y manzanillos que repartirán con gozo y alevosía el enorme orangután de los recursos públicos y la burocracia.

No tiene gracia que el mandatario en ejercicio sea reelegido. Tiene los recursos y tiene el ponqué burocrático a su disposición. El anterior le dejó acomodada la Constitución y su articulito. Es una pelea de toche con guayaba madura como dice el refrán popular. Unas cuantas puntadas estratégicas aquí y allá y sin mucho equipo y pedaleando bien rodeado de coequiperos serviles cruzará la meta apenas jadeante no de cansancio sino de absoluta satisfacción. 

El país entero le agradecería, eso sí, el mayor ahorro posible en algarabía y propaganda y más inversión social.

Jorge L. Yanez Infante, Bogotá

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