Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/05/12 00:00

A ganar los malos

A ganar los malos

Ni relajamiento moral, ni ambigüedad: complicidad. En política suele haber una suerte de resistencia a los juicios demasiado colectivos, y creo que eso está bien, pero tal vez en Colombia es eso justamente lo que nos hace falta para despertar de este letargo, de esta pesadilla. Porque este país, tal y como lo tenemos, es justamente el resultado de nuestras decisiones, de las decisiones de las mayorías, gústenos o no. En el caso particular que estamos pasando, las mayorías uribistas que los encuestadores pusieron de cortina de humo al desastre diplomático en Estados Unidos del Presidente, si se confrontan con las encuestas publicadas en SEMANA (edición #1305), que revelan la indolencia de los colombianos con los nexos paramilitares (indolencia que también se tuvo con Pablo Escobar y los Rodríguez Orejuela en sus respectivas épocas de gloria), dan fe de que la insensatez de la reelección no fue a ciegas: las simpatías del Presidente II y sus gregarios con asuntos non sanctos nunca han sido un tema oculto ni vedado a la inmensa mayoría de los colombianos.

En mi ciudad, Medellín, donde el Presidente obtuvo la increíble cifra del 75 por ciento de los votos, he reclamado a mis conocidos por los hallazgos de los vínculos de los distintos niveles de poder nacional con las formas más aberrantes de delincuencia, y ellos ni se inmutan, siguen incondicionales al gobierno. Y hay algo gracioso, algunos hasta se declaran abiertamente simpatizantes del paramilitarismo, y por ende me toman –como opositor– por simpatizante de la guerrilla (¡por Dios, qué disparate tan obduliesco!). En fin, el caso es que ya presumían lo que han revelado los medios (bueno, algunos medios, para ser exactos), incluso desde antes de votar, no lo niegan, no les importa; hasta los ganaderos del bajo Cauca antioqueño antes que ocultar la evidencia de su complicidad con los autores de las indecibles masacres que asolaron su tierra, han salido orgullosos en desfiles a proclamar su largo y voluntario apoyo a los grupos que las consumaron. Te quedaste cortico, gringo, esto no es una narcodemocracia: Esto es un narcopaís incurable con una narcoguerra eterna, una narcocultura cursi y malévola y una narcoindiferencia que les es bastante útil a las incontables generaciones de traquetos venidas y por venir. Esa es nuestra amada Colombia, ¿cómo evadir más la verdad? Lo que yo no acabo de entender es esto: Colombia es, cada vez más, un paraíso para las formas más aberrantes de corrupción, crimen y barbarie; los niveles de complicidad de estos delitos con las clases dirigentes (¡con todas las clases sociales, carajo, que es lo peor!) la han hecho un escenario francamente delicioso; nuestras ciudades están llenas de camionetas inverosímiles, el precio de la tierra está inalcanzable, las chicas play de la televosión son damas de compañía para los más bárbaros criminales. Bueno, resulta muy lógico que a los beneficiarios de esta locura colectiva les encante este estado de cosas. Pero la realidad es otra: el 60 por ciento de los colombianos vive en la pobreza y la indigencia (aunque este gobierno ha hecho mucho por acabar con esta problemática, a punta de informes), el nivel de desempleo en la clase media es impresionante, y entre los pobres, simplemente insoportable (ahí también el gobierno ha hecho muy buenos informes). Y, sobre todo, la distribución de la riqueza sigue siendo progresivamente inequitativa, incluso con un crecimiento económico asombroso de 16 por ciento en tres años que sólo ha beneficiado a unos pocos.

¿Qué pasa cuando la complicidad con el crimen deja de ser la excepción en la colectividad, para ser la norma, cuando la mayoría de los integrantes de la sociedad comulgan con la trasgresión al pacto social? Tal vez lo que ocurre es que el delito pasa a ser inocencia y la denuncia pasa a ser fechoría, que el Infierno es el Cielo y Dios es el Demonio, como en el relato-pesadilla de Strindberg. Así está la cosa. Lo que es yo, hace rato que he venido pensando en cambiar de bando, como en un Monólogo de Caballero, hace años ya, en que el político estereotipado, de corbata y con vaso de whisky en su mullido sillón, se interpela a sí mismo: “A este paso, no vamos a ganar los buenos: vamos a ganar los malos”. Así está la cosa.

Iván Darío Arroyave Zuluaga
Medellín

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