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| 1/1/2018 12:00:00 AM

¿En qué se parecen el fútbol y el amor?

El dolor de un gol que no entró, de un penal fallado o de una derrota en el último segundo puede ser tan desgarrador como una pena de amor. Por fortuna, siempre habrá un nuevo partido.

Las penas del fútbol se parecen a las penas de amor. Ambas te dejan sin respiro. Sin demasiadas ganas de seguir en el mundo. Es un sentimiento seco en las entrañas, un vacío del ser. Por supuesto que existen diferencias. A veces son peores las del fútbol. Pero duran mucho menos. Se olvidan más fácilmente. Aunque se repiten con inesperada frecuencia. Las del amor, por su parte, pueden durar toda la vida sin que uno lo sepa. Las del fútbol se hacen notar con extremada evidencia.

Y no tiene que ver con la calidad de tu equipo. Ni con el rival que, otra vez nos ha vencido. Los hinchas del Unión Magdalena, que tienen una estrella solitaria en su escudo, sufren tanto como yo, que tengo muchas en el mío. Las penas del fútbol traen un dolor íntimo, intransferible, que es común a todos los hinchas. Común, pero de cada uno. En eso se parecen a las del amor.

¿Por qué? ¿Por qué mortificarse tanto por una derrota, por un balón que devolvió el horizontal, por una gambeta de más, por el segundo que hizo falta para llegar a tiempo y no dejar pasar esa pelota que ahora se pierde en la raya del fondo y sigue cayendo y cayendo en vez de estar entre la malla? ¿Por qué entristecerse tanto si en todo caso fue hermoso, y a pesar de todo vendrá un nuevo domingo y era, tan presente, solo un juego, como dicen los que no tienen ni idea y menos un equipo por quién sufrir?

No lo sé. Todas las pasiones humanas traen tanta dicha como penas. El problema es que las penas, como en el poema, tiznan. Yo, ya se ve, amé y amo el fútbol. De joven lo jugué mucho con más pena que gloria. Pero qué momentos los de gloria cuando tuve la gloria. Poesía para el medio campo. Era un medio clásico. Un 6. Jugaba más lírica que técnicamente, y ya entrado en años tuve que dejarlo cuando un alumno me envió al ortopedista por un verso que inventé y que no tuvo más remedio que impedir que prosperara.

Comprendí entonces que era tiempo de quedarme en la tribuna. La mente intacta sigue viendo los triángulos vacíos para servir un pase, sigue intuyendo que la distancia más corta entre dos puntos no siempre es una recta si uno juega fútbol, y que devolver a veces un balón es una forma de avanzar. Todo eso lo sigo viendo, pero claro, ya no lo puedo hacer como cuando lo hice.

El cuerpo se ha ido quedando atrás del balón. Bien mirado, siempre fue así. No importa. El fútbol, como las buenas penas de amor, me acompañará toda la vida. Seguiré cantando los goles de mi equipo incluso antes de que ocurran, seguiré amando su plástica histología llena de disecciones imprevistas, seguiré yendo al estadio de mi infancia a disfrutarlo y a sufrirlo; el fútbol será ya sin remedio, mi espejo retrovisor y mi horizonte, mi solaz y mi pena, paz y batalla al mismo tiempo.

*Rector del Colegio Agustín Nieto Caballero.

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