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| 8/11/2017 12:00:00 AM

Más antiguo que la conquista

Esta es la historia del carbón, un mineral que empezó a utilizarse desde los muiscas, que habitaban el centro de lo que hoy es Colombia.

El carbón ha sido usado en el territorio donde vivimos desde mucho antes de que se llamara Colombia. Antes incluso de que llegaran los españoles y de que las grandes mineras extranjeras tuviesen títulos en La Guajira, Boyacá y Santander.

Su historia se remonta muchos años atrás: para llegar a sus primeros momentos de uso, hay que olvidarse del siglo XX y ubicarse, durante la época precolombina, en la meseta cundiboyacense, en el centro de lo que tiempo después sería nuestro país, en donde la familia muisca se encontraba en pleno proceso de expansión hacia el norte del territorio.

En ese momento, antes de la llegada de los españoles, los muiscas o chibchas comerciaban con las familias que los rodeaban: los pijaos, quimbayas, panches y guanes. Gracias al intercambio, el oro que no existía en el centro del país llegó a Guatavita desde Tolima y Antioquia y dio pie al nacimiento de la leyenda de El Dorado.

Esto mismo sucedió con el algodón: como prueba de que los muiscas eran grandes tejedores nos quedan las mantas que hasta hoy se conservan en los museos. Pero el algodón debía nacer necesariamente en tierras menos frías que las suyas, por lo que los chibchas debían conseguirlo con las poblaciones vecinas a cambio de uno de sus propios productos.

El bien que intercambiaban los muiscas estaba hecho con la sal que encontraban en Zipaquirá y Nemocón, y era conocido como pan de sal. Para crearlo, los muiscas calentaban durante horas una gacha de cerámica repleta de agua con sal, que al colmatarse y enfriarse se convertía en este pan, que luego se partía en pedazos y se intercambiaba en los mercados. Para calentar las gachas, los muiscas utilizaban carbón.

Además de ser indispensable para cocinar el pan de sal, el carbón también se utilizaba para cocer cerámicas. Como explica Eduardo Chaparro, analista minero y director del proyecto MDNP para América Latina, “los indios se dieron cuenta de que había diferentes tipos de arcilla que podían soportar, o no, las altas temperaturas. Fue así como sometieron a distintas temperaturas las arcillas y descubrieron que el carbón les proveía una temperatura constante sin tener que talar árboles para obtener madera. Estas cerámicas que hoy aún se pueden encontrar eran las que usaban para cocinar el pan de sal y para quemar las urnas funerarias”.

La llegada de los españoles no significó el fin del carbón. Al contrario, durante la Colonia se le dieron nuevos usos, con los cuales se construyeron las ciudades.

El calor de la ciudad

En la primera Bogotá, en esa Santafé que empezó a crecer alrededor de la Plaza de Bolívar, se construyeron las primeras casas coloniales de techos altos de la ciudad. Allí se elevó, en septiembre de 1604, el Colegio de la Compañía de Jesús, hecho con paredes de adobe, pisos de tablón cerámico y techo de tejas de barro cocido. Estos dos últimos elementos, característicos de las viviendas del barrio La Candelaria, no se habrían podido crear sin carbón.

“El carbón se sacaba de la base del cerro de Monserrate –explica Chaparro–. Y con este se cocieron las cerámicas y las tejas coloniales, además de los tubos de gres que llevaban el agua por Bogotá. El carbón construyó la ciudad”.

Este mineral era esencial en el día a día de los primeros bogotanos, pues además de resultarles imprescindible para cocinar, calentaba sus enormes casas gracias a unos braseros que soportaban carbones ardientes y amenizaban con calor las noches heladas de la sabana. Más adelante, llegando ya al siglo XIX, el gas carbono se empezó a utilizar para iluminar las vías públicas de la ciudad.

El carbón también ayudó a que poco a poco crecieran ciudades comerciales del centro del país como Cucunubá, Lenguazaque y Samacá, como consecuencia de su explotación: la minería de carbón, que ha estado tan ligada a nuestra historia, incluso desde antes de que se concibiera la idea de ser un país. No es más que la continuación de la historia de un mineral clave en la región, protagonista de la vida de nuestros antepasados indígenas e indispensable para la construcción de nuestras ciudades.

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