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| 8/11/2017 12:00:00 AM

Los jóvenes que transforman el carbón en artesanías

En Tópaga, Boyacá, se creó una cooperativa en la que se convierten los bloques amorfos de este mineral en bellas figuras típicas colombianas.

Jenny Barrera quedó embarazada cuando despuntaba su adolescencia. Afanada por los gastos que se le venían encima, se puso a buscar trabajo. Era 1997, todavía cursaba noveno de bachillerato y apenas si tenía experiencia laboral.

En Tópaga, los jóvenes y adolescentes que podían alternar sus estudios con oficios remunerados lo hacían en los negocios propios de sus familias como tiendas, graneros y carnicerías. Otros ayudaban a sus padres en labores de la agricultura. No había más opciones, salvo una que le pareció gratificante a Jenny: elaborar artesanías en carbón para la Cooperativa Crecer.

Todos los días, al terminar su jornada escolar a las dos de la tarde, llegaba al taller de la cooperativa y se quedaba hasta entrada la noche. Al principio, pasaba el tiempo observando cómo los jóvenes tallaban los bloques de carbón y esculpían las figuras. Pronto le encargaron su primera tarea en la cadena de producción: pulir con lija muy suave las piezas talladas bajo la guía de compañeros más instruidos.

Con el correr de los días, Jenny fue practicando el resto de pasos del taller: escoger los bloques de carbón directamente en la mina, cortarlos en la máquina, darles forma e irlos tallando hasta los detalles más diminutos. “Así aprendí –dice–. Yo cogía el carbón y les iba preguntando a los muchachos: ‘¿Cómo hago acá?’. Unos con otros nos colaborábamos”.

El dinero que recibía a la semana era suficiente para sus gastos de mamá soltera y le quedaba otro poco para ayudar en la casa de sus padres. Para ella y varios jóvenes más del pueblo, el taller de artesanías en carbón ofreció una oportunidad que les transformó la vida.

Unicornios, réplicas de las esculturas de Botero, campesinos y algunas iglesias de la región son los motivos de inspiración de estas artesanías.

Crece la cooperativa

La Cooperativa Crecer nació en 1993. Un habitante de Tópaga llamado Floro Álvarez se dio a la tarea de sacar de las minas de carbón a los menores de edad que para ese tiempo trabajaban en los socavones. Este oficio que demanda mucha fuerza bruta y se ejerce en condiciones extremas de riesgo y enfermedad era totalmente inconveniente para los pequeños. Don Floro, como lo llaman en el pueblo, sabía tallar la madera y descubrió que la consistencia del carbón guardaba similitud con la de muchas maderas. Se le ocurrió, entonces, abrir un taller para fabricar artesanías en carbón en el que trabajarían los menores de edad que él recuperaría de la minería y a quienes les enseñaría la técnica.

Ecocarbón, una empresa del sector, la Alcaldía y el Instituto de Bienestar Familiar apoyaron la idea y donaron recursos para construir la sede, un edificio de dos plantas con un largo antejardín de acceso, baños y salones para oficina, almacén y taller, situado a metros del parque central de Tópaga.

A partir de ese momento y hasta 2011, la Cooperativa Crecer se dedicó a rescatar menores de edad de las minas. Pero desde 2012, por orden del Ministerio del Trabajo, el taller debió cesar labores porque en estos oficios, por muy delicados que sean, tampoco se permite que los niños realicen actividades a cambio de un salario.

Al ver que la ley no daba opción, don Floro Álvarez renunció y se fue de Tópaga. La cooperativa duró parada un año. Los menores de edad se quedaron sin destino y se empezaron a ir del pueblo. Otros que alcanzaron a cumplir 18 años dentro del taller mantuvieron la ilusión de revivir el oficio. Y un día, un puñado de cinco talladores se organizaron, se asignaron tareas y lograron reabrir la cooperativa. Como no podían emplear niños, les dieron la oportunidad a madres cabeza de hogar y, en general, a todo aquel que quisiera aprender.

La nueva cara

En la actualidad, la Cooperativa Crecer tiene 20 asociados, 15 mamás y cinco estudiantes, que no tienen horarios fijos de trabajo pero sí asumen la tarea de dedicarle unas cuantas horas diarias. “Somos capaces de fabricar unas 100 piezas cada quincena –dice Diana Rincón, actual directora de la cooperativa–. Pero solo hacemos la mitad, unas 50, porque la mayoría de los talladores solo pueden venir a trabajar por ratos”.

Uno de los más entusiastas es Pablo Rincón. Tiene 21 años y comparte su tiempo entre la carrera de Ingeniería Industrial y la producción de artesanías. No es raro encontrarlo en el almacén atendiendo clientes. En las vitrinas se ven figuras diversas: campesinos, cañones, una guitarra eléctrica, miniaturas del puente de Boyacá, de la parroquia de Tópaga, de la catedral de Tunja. Hay vasijas y enseres indígenas imitados en carbón. Y de un tiempo para acá, también se encuentran copias de esculturas del maestro Fernando Botero.

Según Pablo, mucha gente en Boyacá no conoce la labor de la cooperativa, y su propósito es aplicar su conocimiento en ingeniería para potenciar ese trabajo. “Industrializar la producción –dice–, que esto se conozca, hacerle publicidad”. En pocas palabras, que la cooperativa siga creciendo.

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