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| 8/11/2017 12:00:00 AM

Así es un día en Samacá

Viaje por uno de los municipios más prósperos de Boyacá, en el que se cultiva la tierra y se extrae carbón.

A Samacá se llega fácil: es una de las estaciones intermedias en la ruta más expedita que conduce de Bogotá a Villa de Leyva. El pueblo queda a unos 30 kilómetros de Tunja en dirección occidental y ha cobrado fama como paradero de restaurantes que ofrecen gallina criolla.

La historia del lugar está cruzada por varios emprendimientos de industria pesada. A mediados del siglo XIX se instaló aquí la primera siderúrgica del país; a finales, una textilera, quizá también la primera en Colombia. Luego, ya en la primera mitad del siglo XX, empresarios extranjeros levantaron una termoeléctrica a base de carbón para suplir la demanda de Tunja, y más recientemente, en 1983, se instaló en sus linderos la empresa más grande de la cadena del carbón en Boyacá que aún continúa activa: Comercializadora Internacional Milpa S. A.

Paisaje rural

En la región hay un valle colosal de tierra fértil que parece un juego cubista, la suma de cientos de cuadrados y rectángulos de diferentes matices de verde. Cada uno es un cultivo independiente y no es muy difícil diferenciarlos: la arveja es verde militar; la cebolla cabezona, verde esmeralda; la remolacha, verde oscuro; las habas, verde pálido, y el maíz, verde frondoso. El mapa oficial de Boyacá dice que este valle, la zona plana del municipio de Samacá, puede tener unos 60 kilómetros cuadrados.

Una cadena de montañas cercanas y suaves colinas literalmente circundan el valle, como si estuvieran cogidas de la mano formando un círculo o un cerco exacto y redondo para evitar que el valle se expanda. Algunas de estas montañas son de tierra parda y árida por efecto del viento helado y quemante, y allí se pueden ver rocas calvas, tostadas al sol. Otras, en cambio, continuán la regla cubista: contienen cuadros y rectángulos de verdes diversos, parcelas y parcelas donde los campesinos se entregan a sus cultivos de papa industrial, papa criolla, papa pastusa, zanahoria, cereales y lotes de pasto para engorde de ganado. El mapa dice que la zona no plana de Samacá puede ser de unos 120 kilómetros cuadrados, como si se midieran solo las faldas de las montañas hasta la mitad de la cima, donde empiezan las tierras de los municipios limítrofes.

Si bien aquí las actividades agropecuarias ocupan a más de 3.000 familias, es la producción minera lo que reporta mayores réditos para la economía del municipio. Es muy frecuente que un campesino dueño de tres o cuatro hectáreas de cebolla y remolacha, o de papa, consiga empleo en alguno de los puestos de trabajo independiente asociados al carbón.

Es el caso de Eduardo Martínez, un campesino de 33 años que produce en su tierra zanahoria, habichuela, cebolla y papa. Sobre todo, papa industrial. Pero como el precio es tan volátil, procura conservar un puesto de trabajo en un horno que procesa el carbón coque. ‘Hornero’ llaman a este oficio y, como casi todos los empleos que dependen del uso de la fuerza, el sueldo es a destajo: depende de la cantidad de carbón que logre pasar por el horno.

Así son los días

El valle y las montañas de Samacá están surcados por carreteras de tierra y grava rayada, y por caminos vecinales para mulas y caballos. Los campesinos, protegidos con ruanas y sombreros, pastorean vacas, cabras y ovejas. Por las vías planas transitan furgones y camionetas con los platones llenos de cosecha. Las casas de la parte alta son de barro y caña, es decir, tapia pisada, vigas de madera y tejados de barro, y aunque en la parte baja también hay casas como estas, son muchas menos, pues aquí se levantan con más facilidad edificaciones modernas de ladrillo, techos sintéticos, muros con rejas y estacionamientos para carros personales.

Una casa en particular se destaca sobre el resto. Construida en ladrillo suntuoso, tiene ventanas y puertas en metales elegantes, acceso de portón eléctrico al borde de la carretera principal y todos los detalles de la comodidad que permite el dinero. “Es de un cultivador de papa –señala Óscar Martínez, contratista de la Gobernación de Boyacá–. Después de algunas temporadas con mal precio, recogió las cosechas de cultivadores más pequeños y las pudo vender cuando el precio estaba más alto. En un solo negocio hizo bastantes millones”.

Por su parte, Eduardo Martínez, el hornero, dice que gasta unos 2 millones de pesos mensuales en fertilizantes, herbicidas, el pago para los ayudantes y la compra del mercado para su familia –una esposa y dos hijos–. Su día empieza antes de las tres de la mañana, cuando llega al horno. A las diez, se va para su finca y trabaja hasta las cinco de la tarde. A esa hora, se guarda en su casa hasta que lo coge el sueño, y vuelve a empezar: su vida transcurre entre el procesamiento del carbón en el horno y el trabajo con la tierra en su finca. Igual que los días de Samacá.

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