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| 9/10/2017 12:00:00 AM

La tierra de los muiscas

Chiminigagua, Bague y Huitaca hacen parte de la cosmogonía muisca. Si no los conoce, el escritor Gonzalo Mallarino lo lleva a viajar por este mundo prehispánico.

El estado inicial del universo que conocemos, fue acaso la misma oscuridad primigenia de los muiscas, la Chiminigagua. Los teóricos la resolvieron en el Big Bang, la gran explosión. Nuestros antepasados la convirtieron en la luz inaugural, en el amanecer de las plantas, las aguas y las criaturas, gracias al grito creador de la Madre Abuela Bague. Es una bella cosmogonía que careció de profetas, pues los muiscas recibieron todo directamente de sus dioses.

Así fueron capaces de imaginar la poesía, de mirar el mundo con ojos mágicos y de concebir lo trascendente. Su lengua, el muysccubun, fue capaz de nombrar a las mujeres, a las lagunas, a los dioses, a la tristeza y el miedo, al coraje y la esperanza. Muisca Fucha son las palabras para mujer y con ellas nacieron las manos que protegen y llenan el mundo de magia. No es fácil construir una lengua. Ni una cultura. Los muiscas lo hicieron. Tanto como los incas o las civilizaciones de Mesoamérica.

Disuelta por fin Chiminigagua, amaneció el mundo. Y había que poblarlo. El viento frío ha dejado de soplar de repente. La mañana está tibia. Hay un temblor, suave, sobre la superficie de las aguas transparentes de la laguna de Iguaque. Unas ondas llegan a la orilla, poco a poco, a medida que una mujer va emergiendo del fondo y pisa la tierra. Trae un niño precioso de la mano, que se apega a ella y respira el aire limpio.

Ella, Bachué, está desnuda. Tiene el pecho moreno y alto hasta el dibujo perfecto de la areola y los pezones oscuros, tiene el vientre ancho y profundo, tiene muslos fuertes y las nalgas redondas como frutas. Sus ojos son muy negros y brillan con la luz de las nubes. Su frente es despejada. Su boca tierna y húmeda. Ella va a cuidar al niño hasta que es un hombre capaz de desposarla. Ambos, los dos, bellos, inconcebibles muiscas iniciales, van a recorrer toda la meseta y las sierras y los bosques y los páramos. En cada parto Bachué dará a la tierra ocho o diez hijos. Y parirá muchas veces hasta poblar el reino de los muiscas. Después, ancianos los dos, se tornarán en serpientes y todos los acompañarán a volver al fondo de la laguna. Ha nacido la nación muisca.

Cuando ya están reunidos alrededor del fuego, alrededor del cielo que entra por encima de los muros de barro, cuando los hijos y las hijas de Bachué son miles, llega la noticia de que por un collado de los cerros de Pasca ha llegado un hombre desconocido y extraño. Ha descendido y está ya en la llanura de Bosa. Es blanco, tiene la barba luenga hasta la cintura, y los ojos azules. Ha venido a enseñarles a hilar el algodón y a tejer mantas. A mostrarles la clemencia y la generosidad. Irá a Fontibón, a Funza, a Serrezuela, a Zipacón y a Cota…. Bochica hizo del pueblo muisca un pueblo civilizado, capaz de la solidaridad y la ternura. Y un día, cuando había pasado por Hunza y entrado al valle de Sogamoso, desapareció, nadie lo volvió a ver. En una roca está todavía grabada la huella de su pie. Hay quienes la han visto.

Y ya lo olvidaban todos cuando llegó una mujer muy delgada y de ajena belleza. Dijo que su nombre era Huitaca y estuvo también entre ellos y les dijo que no ayudaran a bien morir a sus hermanos, ni les dieran agua si tenían sed, ni los vistieran si tenían frío. Y volvió al pueblo muisca duro y egoísta. Y les dijo también que solo bebieran chicha y holgaran y se olvidaran de los dioses, quienes no merecían ya una ofrenda ni una invocación. Y entonces el dios Chibchacum se enfureció con los muiscas y convirtió a la mujer en una lechuza y creció el río Sopó y el Tivitó y el mismo Funza, y anegó toda la sabana. Y mató a los animalitos y perdió las cosechas. Los muiscas se asustaron mucho y volvieron a llamar a sus dioses y a hacerles ofrendas.

Hasta que apareció Bochica en el arcoíris de la lluvia que por fin terminaba. Y con su bastón de oro dio un golpe poderoso en la tierra y abrió la sierra que contenía las aguas y las dejó caer y huir por el Salto de Tequendama. Y perdonó a los muiscas.

Y los muiscas se extendieron y prosperaron. Y las otras naciones los respetaron y los admiraron. Y los dioses veían por ellos, mientras moldeaban el oro, mientras pintaban en las piedras, mientras cultivaban y cazaban o bailaban con los sacerdotes en el templo. Y cuando su Zipa moría, ellos escogían al nuevo gobernante. Y era de verse cómo lo ungían.

El Psihipgua era subido en una balsa, en la sagrada laguna de Guatavita, y su cuerpo cubierto con resinas y aceites. Y después con polvo en oro, hasta dorarlo todo junto a cientos de figuras de animales sagrados, hechas de oro macizo y de esmeraldas. Todos, los nobles, el pueblo, los sacerdotes, asistían a esta ceremonia. Y la balsa era llevada lentamente al centro de la laguna. Y el nuevo Zipa se hundía en las aguas y retornaba limpio, lleno de sabiduría y pleno de altos poderes.

Y así, por años y años. Hasta que en medio del silencio de las arboledas y las sierras, los muiscas empezaron a oír por primera vez el sonido de las armaduras y las botas que doblaban las ramas en el bosque y hollaban el pasto tierno. Eran los codiciosos españoles. Y ya el mundo que ellos habían creado terminó, pero no como había nacido, con una explosión, sino como dijo alguien cientos de años después, con un gemido.

Escritor*.

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