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| 9/10/2017 12:00:00 AM

Un territorio sonoro

En Cundinamarca, región de la bandola, se escuchó por primera vez en la historia del país el sonido de un órgano.

Profundamente vanguardista como lo ha sido en su historia, la capital de Cundinamarca (y de Colombia) hizo de la bandola su instrumento local. Pese a tener orígenes campesinos y ser un derivado de la evolución de la bandurria española, en Bogotá dos músicos, casi con un siglo de diferencia, le hicieron modificaciones trascendentales al instrumento. El primero de ellos fue el compositor cartagüeño Pedro Morales Pino, que hacia 1899 en su taller y ensayadero del Pasaje Rivas, en el centro de la ciudad, decidió incorporarle un sexto orden de cuerdas afinadas en fa sostenido, determinando así su forma moderna. El segundo fue el bogotano Fernando León Rengifo, que en 1975 propuso una revisión de los órdenes y del número de cuerdas que aún hoy sigue siendo materia de discusión entre los ejecutantes.

En su libro La canción colombiana, Jaime Rico Salazar reseña la primera aparición de una bandola tradicional en una sala de conciertos clásica, la de la Sociedad Filarmónica de Bogotá, el 9 de septiembre de 1852. La nota de prensa del periódico El Neogranadino contaba cómo los espectadores, que esperaban un recital de guitarra, vieron a un solista de bandola “que ejecutó piezas con bastante destreza, mas ni ese instrumento ni esas piezas lucen en un salón tan bien como en la calle o en una plaza de fiestas”.

El tiple, siempre fiel acompañante de la bandola, también tuvo su trasegar por tierras cundinamarquesas. En su novela Risaralda, el caldense Bernardo Arias Trujillo recordaba cómo el frío corazón del general Santander “se enternecía como una muchacha” al tocarlo y al entonar con su acompañamiento “guabinas amorosas bajo los portales de las antiguas fondas de Cundinamarca, en sus noches de luna y de juerga”.

Bandola y tiple, dos terceras partes del formato tradicional para la música andina colombiana junto con la guitarra, son supervivientes ilustres de cuantos instrumentos se han unido históricamente con el centro del país, en especial con el altiplano cundiboyacense.

Monseñor José Ignacio Perdomo, eximio musicólogo, recuerda cómo tristemente “no podemos juzgar absolutamente nada de la música de los naturales, porque no tenemos ninguna canción escrita ni transmitida por tradición”. Aquellos cantos e instrumentos erradicados de tajo hacen hoy parte de la taxonomía sonora de nuestros pobladores originarios. Quedan, eso sí, centenares de descripciones como las hechas por Juan de Castellanos en su Historia del Nuevo Reino de Granada, cuando, en referencia a las celebraciones de El Dorado, recordaba cómo los indígenas celebraban “al son de sus agrestes caramillos / y rústicas cicutas y zampoñas”.

Foto: Julián Galán.

Caracolas doradas

Probablemente el gran aporte de los pobladores del territorio que hoy es Cundinamarca se encuentra en el rubro de los instrumentos aerófonos, dentro de los que sobresalen las ocarinas fabricadas en madera, arcilla, cuernos de animales y calabazos. También existieron en el departamento trompetas hechas con caracolas marinas revestidas de oro, que llegaban hasta el interior del país gracias al intercambio comercial de los muiscas con los indígenas caribes.

Muchos instrumentos de viento y de percusión encontrados en la región hacen parte de una tradición latinoamericana en la que no se conocen límites geográficos claros. La llamada flauta de pan, que en el Valle del Cauca era conocida como castrera y en Antioquia como caramillo, en el interior del país acogió el nombre de capador. Lo mismo sucede con aquel cilindro de guadua con semillas llamado guasá en el Pacífico, y en Cundinamarca, chucho.

En sus Crónicas de Bogotá, el historiador Pedro María Ibáñez cuenta cómo “en los años 1600 y pico las monótonas y primitivas armonías chibchas usadas en las diversiones, fueron reemplazadas por las vihuelas, bandurrias y guitarras importadas de España”. Buena parte de esos instrumentos llegaron de manos de los conquistadores, mientras que los misioneros cristianos dejaban otro legado, representado en los primeros órganos eclesiales erigidos en Colombia. Fue justamente en la población de Fontibón –hoy parte de Bogotá– donde se escuchó por primera vez, en todo el Nuevo Reino de Granada, la sonoridad de un órgano. El ejemplar, destruido años después en un incendio, fue construido con guaduas y canutos por el sacerdote José Dadey (1574–1660) en el siglo XVII.

Mientras, los indígenas de Cajicá fueron los primeros en aprender notación musical. El jesuita Pedro de Mercado recuerda cómo, “después de conseguido esto les fueron enseñando el canto llano y de órgano, les fueron instruiando (sic) en la música de flautas, chirimías, violines y otros instrumentos de armonía sonora”.

Buena parte de los instrumentos musicales que vieron su prosperidad en territorios cundinamarqueses pueden, por fortuna, decir que siguen cantando. El resto son testimonio de aquellos tiempos en que eran otros, sus pobladores primigenios, los dueños de la tierra.

*Director musical de la Radio Nacional de Colombia.

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