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| 9/6/2017 12:00:00 AM

Esmeraldas y violencia, dos caminos cruzados

El sociólogo Alfredo Molano recorre el siglo XIX y las primeras guerras verdes para descifrar la relación entre las esmeraldas y el narcotráfico.

La historia de la minería en Colombia está escrita en letras de sangre, y la de la explotación de esmeraldas no es la excepción. Tras la guerra de Independencia se fundó una larga tradición en Colombia, según la cual el Estado entrega a particulares el derecho a la explotación de los recursos naturales y claro, en esa época, los altos oficiales que ganaban las guerras también eran favorecidos. En 1828, el recién creado Ministerio de Hacienda otorgó la explotación de las minas de Muzo al general –y compañero de armas de Bolívar– José París, así como a los particulares Carlos Stuard y Mariano Rivera. El siglo XIX se fue entre guerras civiles y experimentos estatales de administración de sus riquezas.

Pero el momento en el que claramente se observó la relación entre violencia y explotación de las esmeraldas fue la década de 1950, particularmente con la aparición de los ‘pájaros’ en Boyacá. El más famoso de ellos –una leyenda– fue Efraín González, alias Siete Colores. Un exmilitar conservador nacido en Jesús María, Santander, a quien su habilidad para matar, y sobre todo para escapar de las encerronas, lo convirtió en uno de los patrones de Boyacá. Se dice que se convertía en piedra, en árbol, en viento. En 1958, González desertó del Ejército por problemas con sus mandos y se unió a una banda de ‘pájaros’ que operó entre Caldas y Quindío al mando de Jaír Giraldo.

Al morir Giraldo, González se refugió en su fe católica y conservadora. Primero lo protegió el conservatismo de Laureano Gómez y más adelante la comunidad dominica en Chiquinquirá. Así fue como Siete Colores llegó al occidente de Boyacá y en breve tiempo se convirtió en uno de los sicarios y hombre de confianza de los negociantes conservadores que manejaban el negocio de las esmeraldas. Le pagaron su eficacia y su fidelidad con el control de las minas de Peñas Blancas, cerca de Muzo. Desde entonces, González se convirtió en uno de los más célebres bandidos de la segunda mitad del  siglo XX. Libró una violenta guerra contra los liberales y puso en jaque al Ejército colombiano. Murió el 9 de junio de 1965 en un cinematográfico operativo en el barrio San José, en el sur de Bogotá. Más de 1.200 hombres –al mando del general Valencia Tovar– se necesitaron para enfrentarlo. Falleció tras cinco horas de combates, saltando una cerca, abrazado a su ametralladora Madsen y a su 38 largo. Cinco uniformados murieron y 14 resultaron heridos.

Tras el deceso de Siete Colores, uno de sus lugartenientes, conocido como el Manteco Murcia, heredó los negocios de su protegido y fue reconocido en Bogotá como el jefe de la banda la Pesada, que asaltaba bancos y traficaba con esmeraldas. Cuando sus rivales le declararon la guerra, el Manteco se dedicó de lleno al narcotráfico, que ya había avanzado con el cultivo de la marihuana. Fue, según testigos, el primero que llevó la semilla de coca al Guaviare, más exactamente a El Retorno, donde la regalaba a los campesinos.

De alguna manera Murcia democratizó la siembra, pero se reservó el monopolio de la compra de hoja y claro, el de su transformación en ‘pasta básica’ y cristal. La malicia popular siempre derrota las prohibiciones y los colonos dieron con el chiste y se robaron el secreto. Así comenzó la era de la coca en el Guaviare, capítulo que hoy sigue vigente cuando por la región se mantiene, y crece, una disidencia de las Farc al mando de Gentil Duarte, quien ha sabido aprovechar el arraigo campesino de la coca para rechazar los acuerdos de paz con el gobierno.

Efraín González había sido un hombre reconocido y protegido por la gente en Boyacá, una región que para los años sesenta vivió una auténtica fiebre del oro verde. Cientos de hombres y sus familias se trasladaron a Muzo, Chiquinquirá o Pauna en busca del ‘fuego verde’. Cuando el Estado se dio cuenta del movimiento de la gente y empezaron a aflorar los conflictos por el control de las minas, que además se hicieron cada vez más agudos con la mezcla entre fabulosas ganancias y armas para defenderlas, el presidente Valencia ordenó al Ejército ocupar las minas de esmeraldas. Ya para este momento el joven Víctor Carranza se había hecho al control de Peñas Blancas.

Entonces sonaron los disparos de la “primera guerra verde”. Un episodio oscuro de la historia de Colombia donde confluyeron en un rincón de Boyacá los hombres más ricos, poderosos y asesinos del país. Entre ellos estaban Humberto el ‘Ganso’ Ariza –otro de los hombres de Siete Colores–; Gonzalo Rodríguez Gacha, más conocido como el Méxicano; Gilberto Molina, llamado el rey de las esmeraldas. En este caldo de cultivo de alias y ambiciones, dinero y poder, el ingreso del Ejército a la zona solo pudo agravar los conflictos. Se estima que durante esta guerra, que empezó con la muerte de Efraín González –en 1965– y terminó diez años más tarde, hubo más de 1.200 muertos en los municipios de Chiquinquirá, Muzo, Coscuez, Borbur y Somondoco. En 1980, en Muzo, llegaron a haber 35.000 guaqueros.

La confrontación entre patrones de las esmeraldas fue tan delicada, que el presidente Misael Pastrana decidió excusar al Estado del baño de sangre y sacar una licitación para entregar a particulares el manejo de las minas, que, por supuesto, ganaron los gamonales del occidente de Boyacá. Molina, Gacha y Carranza se repartieron el botín. A Esmeracol, de propiedad de Juan Beetar Dow y Benito Méndez Silva, le dieron el manejo de las minas de Coscuez; a Tecminas, de Gilberto Molina y Víctor Carranza, las de Quípama; a Coexminas, de Julio Roberto Silva, las de Muzo, y a la familia Quintero Morales, las de Peñas Blancas. Con esta repartición se selló el final de la primera guerra verde y el matrimonio bien avenido entre esmeraldas y narcotráfico. Dos negocios que atraen plata y sangre y que el Estado ha sido incapaz de controlar.

*Sociólogo y columnista de ‘El Espectador‘.

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