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| 9/6/2017 12:00:00 AM

Las historias inspiradas por las esmeraldas

Un recorrido del escritor Gonzalo Mallarino por las obras, lugares y hechos históricos relacionados con la pureza e intensidad de la codiciada y extraña piedra verde.

Aún sigue mirando el jorobado por una rendija a la gitana, que baila en el altozano de la catedral. Del único ojo en la cara deforme rueda una lágrima de amor y bondad. Las ajorcas en las muñecas y los tobillos rebrillan y tintinean a medida que la hermosa muchacha mueve las piernas y los brazos morenos. Quasimodo muere de amor por La Esmeralda, en tanto que el pérfido diácono se turba de rabia y reprimida lascivia. Esto imaginó Víctor Hugo en su novela Nuestra Señora de París, hace casi doscientos años, o al menos así lo recuerdo yo.

El lustre de la esmeralda es vítreo como los ojos de la joven, y el color verde profundo. El mar es así, puede serlo, y Cleopatra quiso para sí el color del mar, en un broche labrado en una gema que sus esclavos sacaron de las minas del desierto egipcio, cerca del mar Rojo, y que la reina de los ojos y las cejas negrísimas hizo engastar en oro hace 2.000 años.

Triste es el final de La Esmeralda y triste el de la reina egipcia. Como si tanta hermosura trajera consigo la desgracia. Recuerdo ahora otra Esmeralda que sufrió mucho y a la que adoré siendo un jovencito, como el jorobado a la gitana. Lupita Ferrer, la actriz venezolana que sufrió tanto en la telenovela que escribió la cubana Delia Fiallo. No será tan ilustre como Cleopatra, pero cuánto quise a esa Esmeralda.

Entonces, tanto brillo y tantas lágrimas. Sin embargo, cuántos poemas y canciones llevan consigo la ilusión de la esmeralda. Cuántos lienzos, cuántos nichos, cuántos primorosos estuches, cuántos cuellos y brazos turgentes. Todos quieren para sí la luz misteriosa y perenne aprisionada allí. Los caldeos sostenían que cada esmeralda contenía en su interior a una diosa.

Y pensar que la tierra en su seno junta las arenas y los minerales a lo largo de los siglos, y entrega al hombre –al que está con la cara ennegrecida y las manos temblorosas frente al socavón, o al que está muellemente tendido en su gabinete de rico mobiliario de raso–, ese prodigio de mariposa de luz eternizada. Esa luz, ese verde único de la esmeralda que desde la antigüedad concede el poder de la elocuencia y protege contra la infidelidad. Si el verde se opaca, además, si se oscurece en el cuello de quien lo lleva en un medallón, es que algo terrible va a pasar. Smaragdus le dijeron los persas hace 6.000 años y los protegió de la temible epilepsia y otorgó a sus sabios el poder de predecir el porvenir. Terrible, codiciada piedra de los pulmones de la Tierra, los hombres se mataron por ella en los tumultuosos mercados de Babilonia.

Pudo pintar esmeraldas Tiépolo, o acaso el prerrafaelita Alma Tadema, o casi seguro, las pintó Gustave Moreau. Todos se beben a cierto gusto. Los románticos y los modernistas en las letras también se deslumbraron con las piedras preciosas y las palabras preciosas. Cuántas gotas de esmeralda dejaron caer en las páginas y las mejillas de aquellos años. Dorothy y sus amigos en el país de Oz iban hacia una ciudad toda hecha de esmeraldas y el gran Gatsby buscaba su reflejo en el cielo oscuro y sensual de su espera, de su ambición.

1.486 esmeraldas tenía la custodia que los jesuitas ocultaron por años en un sótano en Bogotá. Era tan verde, tan intensamente verde esmeralda, que la nombraron ‘la lechuga’. Esos jesuitas saben sus cosas, supieron, yo creo, que además de ser útil para evadir impuestos, que el Veda, el libro sagrado del hinduismo, señalaba que quien tuviera una esmeralda cerca siempre tendría la mirada apacible y un futuro lleno de felicidad.

La verde Irlanda del poeta Seamus Heaney, la de W. B Yeats, la de Graves, aunque no haya nacido allí pero sí desentrañado muchos misterios de lo celta, esa Éire de la diosa gaélica, es afín, siempre lo fue, a esa luz y a ese color verde concentrado, que ha de ser también el de San Patricio, digo yo. Y dicen que la taza en que José de Arimatea recogió gotas de la sangre del Cristo crucificado tenía vetas de esmeralda y dio origen a la leyenda del Santo Grial.

Son cosas bellas y extrañas. No lo sé. El mundo es viejo y las esmeraldas han estado en él siempre. Latiendo bajo la tierra, en el corazón de la roca oscura. Me da consuelo pensar en Juan el Apóstol, que era tan fervoroso al hablar, según cuentan, que era tan puro de intención y tan verdadero. Y esto dicho por un descreído como yo. El asunto es que cuidó hasta su muerte de María, la madre de Jesús, en Éfeso. La acompañó a bien morir. Y la tradición lo asocia a la esmeralda. A esa pureza, a esa intensidad, a esa fortitud. Pues ha de saber el lector que durante siglos, este Juan el Apóstol ha sido el patrono de los escritores, de los poetas y los narradores de historias.

Feliz coincidencia de esos enfebrecidos y de la piedra esmeralda. A través de un santo. Acaso por eso se dice que todos los poetas son santos e irán al cielo.

Algunos personajes

Cleopatra

Cleopatra

Protagonistas del ‘Mago de Oz’, quienes buscaron la ciudad de la esmeralda.

Protagonistas del ‘Mago de Oz’, quienes buscaron la ciudad de la esmeralda.

W.B Yeats, poeta irlandés.

W.B Yeats, poeta irlandés.

*Periodista.

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