Aunque los ingleses solo estuvieron unos años en el Valle de Tenza, la leyenda que se tejió al rededor de uno de ellos permanece viva. | Foto: Juan Manuel Barrero Bueno

INDUSTRIA CON MEMORIA

La leyenda del británico que se robó una veta en Somondoco

Esta es la historia de Mr. John, un inglés que aterrizó en el Valle de Tenza tentado por las esmeraldas, murió preso y dejó escondido su tesoro.

6 de septiembre de 2017

El brillo de las esmeraldas que brotaban de la tierra del municipio de Somondoco, Boyacá, llegó hasta Gonzalo Jiménez de Quesada, quien envió a su hermano a buscar estas preciosas gemas que habrían de fascinar al rey de España y a su corte. Y no fueron los únicos. Muchos años después, los ingleses también fijaron su atención en el Valle de Tenza y aunque solo estuvieron unos años, la leyenda que se tejió alrededor de uno de ellos permanece viva.

La historia comenzó cuando apenas se asomaba el siglo XX y Mr. John, un inglés que aterrizó en este valle como representante de una compañía atraída por el embrujo verde, ordenó tapar las vetas de la mina en plena producción. Juan Vallejo, un campesino de la región, recordaría años más tarde que tuvieron que ponerles una laja encima, pisarlas con barro y, por último, derrumbar parte de la peña.

El Míster, como le decían a Mr. John, se fue a Inglaterra. “Lo echamos de menos, contaría Vallejo, como aquel día que le entregamos una esmeralda tan grande como un huevo de pisca, el hombre la miró al sol y exclamó: es una belleza, con esto pagamos todo lo gastado a hoy, nos dijo, y eso que llevaba ya tres años de explotación la mina”.

Esa semana no se trabajó pero pagaron igual. El Míster estaba tan contento… Y eso que las jornadas, relató Vallejo, eran siempre completas. “Había que trabajar de seguido sin perder el tiempo, Mr. John no permitía otra cosa”.

Para limpiar la roca en donde se encontró la veta se utilizó una máquina enorme, que tomaba agua de la quebrada de Cuya almacenada en un tanque excavado en la tierra con capacidad para unos 1.000 litros. El agua bajaba por una tubería de acero tan ancha que cabía un hombre parado adentro. La trajeron del extranjero por Barranquilla y la descargaron en Honda, desde donde viajó jalada por bueyes hasta el Valle de Tenza.

El agua corría por la tubería, que se angostaba poco a poco hasta alcanzar un diámetro de media pulgada. La presión era tan fuerte que hacía saltar la roca como dinamita dejando a la vista la veta de esmeraldas, que parecía una mazorca lista para desgranar.

Cuarenta años más tarde, don Juanito y don José María, un par de campesinos de la zona, se propusieron reabrir la mina y destapar la veta. Pero al parecer esta ya estaba refundida. Dicen que fue el Míster, que nunca regresó de Inglaterra, pues la compañía minera para la que trabajaba lo llamó a pedirle cuentas. Terminó en la cárcel y murió tras las rejas.

Lo cierto es que la veta no se dejó encontrar. Lo que se excavaba en una jornada, al día siguiente amanecía lleno de agua, prácticamente convertido en una laguna. Haciendo un gran esfuerzo los mineros lograron abrir un túnel bien apuntalado, instalar una vagoneta sobre rieles para sacar la tierra y adentrarse en la montaña. Con lámparas de carburo alumbraban las jornadas. Pero cuando el túnel ya estaba lo bastante profundo la tierra comenzó a temblar.

Era miércoles y la mayoría de mineros disfrutaban del día de mercado en Guateque. Don Rafael y Luis Pájaro eran los únicos trabajando esa mañana. Alcanzaron a agarrarse de la vagoneta que corría hacia la salida perseguida por toneladas de tierra y agua. Volaron lejos, todo quedó en silencio. De repente se percataron que estaban a la orilla del río. Atrás, descansaba el túnel sellado por el lodo.

La leyenda del Míster se hizo más famosa y las historias de sus apariciones a plena luz del día cada vez más frecuentes. Carlina lo vio una tarde después de las cinco con sus polainas negras; don Genaro también dijo haberlo visto sentado en la cerca de piedra junto a su casa leyendo con una vela. El miedo, sin embargo, se sentía en serio en la casa que la empresa de la mina había abandonado.

Don José María se la compró a Pacho Roa y se mudó con su familia. Decían que la guaca del Míster quedó debajo del tablado. No faltaron visitantes que intentaron encontrarla y anécdotas misteriosas de lo que sucedía adentro. Al niño Elías, por ejemplo, una mano suave, tibia por el guante de terciopelo que llevaba puesto, lo acarició una tarde y cuando era más grande dicen que su espíritu lo privó cerca de la casa. Algunas noches los ruidos eran insoportables, la madera crujía, nadie podía dormir, y la guaca, la famosa veta, tampoco se dejaba encontrar.

Don Efraín Barreto fue el siguiente en animarse a tratar de hallarla. Con un buldócer y una cuadrilla de mineros comenzó a rasguñar donde estaba la mina. Removió montañas de piedra, pero las vetas nunca volvieron a salir.

Transcurrió el tiempo y al parecer el Míster se cansó de tanto alboroto. Poco a poco dejó de visitar a los vivos en los caminos y sus apariciones y la obsesión de algunos por encontrar la veta se convirtieron en un cuento fantástico. Hoy, las extraordinarias piedras verdes de Somondoco son apenas una reseña en los libros de geografía de la Colombia del siglo pasado y la historia del Míster y su veta un relato que por primera vez queda impreso.