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| 9/5/2017 12:00:00 AM

Las mujeres que cazan esmeraldas en San Pablo de Borbur

Todos los días, un grupo de cinco mujeres se adentra en las montañas y se juega la vida por la ilusión de encontrar una piedrita verde.

Dicen que el mes pasado una guaquera sacó una esmeralda de 20 millones de pesos y compró una camioneta. Otra, hace medio año, halló una que vendió en 75 millones y pagó la cuota inicial de una casa en San Pablo de Borbur. También cuentan de un hombre que en julio no encontró ni una gema pero sí la muerte. ¿Qué pasó? Se le fundió la linterna en la mina, se extravió entre tantos caminos que hay bajo la montaña, y asfixiado por el calor y a un paso del infierno, le dio un paro cardiaco. Tenía 63 años, y dejó dos viudas y siete hijos.

–¿Dónde ocurrió?

–Aquí mismito, a donde vamos a entrar.

Wendy Yurani, de 17 años, se pone un casco y enciende una linterna. Cecilia, Adela, Dora, Carmenza y el hijo de Cecilia, de 21 años, hacen lo mismo. La menor es Wendy y la mayor es Carmenza que tiene 61. Entramos en fila por un túnel estrecho donde apenas cabe el cuerpo. Una empresa explotó antiguamente este socavón, pero ahora está a merced de los guaqueros. Se llama Tierra Santa.

Adentro el aire es más cálido y por la poca altura hay que caminar agachados. Nadie habla, apenas se oye el ruido de las botas sobre los charcos y algún casco que se estrella contra la roca dura y filosa del techo. Las linternas alumbran piedras que parecen escarcha y hacia adelante se extienden metros y metros de completa negrura.

A medida que avanzamos van apareciendo otros túneles, que llevan a otros, como ramificaciones de un árbol subterráneo o un hormiguero gigantesco. Somos hormigas obreras bajo toneladas de roca, tierra, cuarzo y esmeralda.

–El señor se perdió en uno de estos caminos –dice Wendy– Quizá ese. –Y señala con la mano un hueco oscuro que parece no tener fondo–.

Al mirar hacia atrás, ya no aparece la salida, que antes se veía como un punto blanco y diminuto. Hemos avanzado por recovecos sin darnos cuenta. El aire cada vez es más denso, el camino es aún más estrecho y debemos arrodillarnos, arrastrarnos, pasar por agujeros que apretujan. Cecilia dice que en otras minas los huecos son tan diminutos y la temperatura aumenta tanto cuando se penetra a la siguiente recámara, que el cuerpo se hincha y al intentar volver por el agujero se puede terminar atascado, como el corcho de una botella. Cuando eso sucede no hay que desesperarse, llorar, ni gritar, sino tener paciencia hasta que el corazón y los pulmones se calmen. Solo así el cuerpo regresa a su antigua forma.

La madre de Wendy hace seis años entró a una mina y salió con trombosis. Al esposo de Adela le sucedió lo mismo hace una década, a una vecina de Carmenza la llevaron de urgencias a Tunja por el mismo mal, y Alba Cruz, apodada la Dominante, otra guaquera que ese día se quedó en su casa, también sufrió de una trombosis hace tres meses, pero no por buscar esmeraldas sino por una rabia contenida que estalló en forma de esa enfermedad. Es como si la trombosis fuera el mal de los guaqueros.

La Dominante se ganó el apodo porque hace 20 años salió de su casa armada con una pistola Pietro Beretta dispuesta a dispararle a su marido que buscaba, asustado, escondedero entre los vecinos (ella confiesa que no lo quería matar sino pegarle un susto).

–Ese hombre consiguió una moza bogotana, la dejó embarazada y encima de todo empeñó una gargantilla mía hecha con oro, diamantes y esmeraldas para darle la plata a esa mujer.

Cuando el hombre se aburrió de la amante hicieron las paces y desecharon las armas.

–Al fin y al cabo yo soy la oficial.

Hoy, vive dedicada a su marido: le organiza la ropa, tiende las camas, le prepara jugo, le sirve el almuerzo, está pendiente de sus seis hijos y lleva el dinero a la casa. Su esposo se rompió la columna cuando una noche de borrachera se fue de bruces a un despeñadero. Aunque recuperó la movilidad en las piernas, no puede cargar bultos ni trabajar.

Adela, como la Dominante, también mantiene el hogar. Tiene 48 años, 11 hijos, 17 nietos y un marido que sufrió una trombosis. El esposo de Wendy no está enfermo pero debe trabajar para mantener a su hija de 2 años. El padre de su hijo se fugó con otra mujer, de 16 años, a la que también le hizo un nuevo bebé y a la que seguro abandonará después, dice Wendy, cuando el embarazo deforme su belleza. Dora no sobrepasa los 30 años y también le rindió con la maternidad. Tiene siete hijos de tres padres distintos con la mala suerte de que ninguno le paga una cuota alimentaria. Dora quiere ser cantante de música popular, Wendy estudiar enfermería, Adela sueña con ser rica, y Clemencia, la más vieja del grupo, ya no quiere nada, guaquea para no morirse del tedio.

El brillo de la gema es una condena. Hay historias de guaqueros que se han hecho millonarios y luego terminan de mendigos. Están los que escarban y escarban y nunca pierden la esperanza hasta que los encuentra la vejez en la misma parte y con los mismos sueños. Se ven madres jóvenes, como Wendy, y ancianas hasta de 75 años.

En San Pablo de Borbur, municipio de unos 1.500 habitantes en el casco urbano, pero más de 10.000 en el campo y los corregimientos, la minería es la primera fuente de ingreso para unas 500 mujeres, según la Dominante, aunque no hay cifras oficiales. La Alcaldía de San Pablo de Borbur ha intentado crear programas de agricultura y costura en la zona rural, pero las beneficiarias, tan pronto escuchan que está ‘pintando’ una mina abandonan los programas y vuelven a ponerse el casco y a cargar el cincel.

Los corregimientos de Santa Bárbara, San Martín y Chácaro viven de la guaquería. Si un socavón (de los abandonados por las empresas) produce esmeraldas, las tiendas se llenan de bebedores de cerveza, en la peluquería suenan los secadores y en los bares la música retumba más duro y hasta el amanecer. Nidia Ojeda, dueña de una tienda en Santa Bárbara, dice que en tiempos de prosperidad ha vendido hasta 3 millones de pesos en un día, solo en cerveza. Pero cuando hay escasez, los restaurantes solo abren hasta las dos de la tarde, y en la noche no hay ni un bar ni un billar abiertos.

Las guaqueras se turnan para picar la montaña y guardan en lonas todo el material que extraen para revisarlo cuando salgan de la mina

Las guaqueras se turnan para picar la montaña y guardan en lonas todo el material que extraen para revisarlo cuando salgan de la mina. Foto Julián Galán.

***

Hemos caminado unos 15 minutos y quizá medio kilómetro de oscuridad en el socavón. En esa etapa del recorrido el oxígeno entra como una bola caliente que cocina la garganta. Es un sauna con menos aire respirable, una sucursal del infierno con nombre de tierra prometida, donde hay que arrebatarle las esmeraldas al diablo.

Por fin nos detenemos. No hay más camino sino un muro de roca que rompen con un mazo y un cincel. Cecilia se limpia las manos con el pantalón mojado para quitarse un poco de sudor y sigue con su trabajo. Parece que se hubiera metido en un río con ropa. Todos estamos igual. Las guaqueras se turnan para picar la montaña y guardan en lonas todo el material que extraen para revisarlo cuando salgan de la mina. La escasez de oxígeno no permite perder tiempo. Carmenza dice que a veces hay burbujas de monóxido de carbono que al martillar estallan y pueden envenenarlo a uno. Es llamado el ‘sueño mortal’ porque al aspirar ese gas el guaquero se adormece y no vuelve a despertar.

Algunas mujeres que sufren de claustrofobia o de problemas cardiacos prefieren otro tipo de guaquería, que consiste en llegar a las afueras de una empresa legal y esperar a que los obreros les regalen unos puñados de tierra que ya han revisado. La oportunidad de hallar una gema millonaria es más remota que el trabajo en los socavones, pero pueden encontrar morrallas o esmeraldas diminutas de poco valor que cambian por comida en los mercados. Es una forma de mendicidad a la que acuden hasta 50 mujeres y una especie de ‘ayuda’ de las empresas.

Mientras en otra parte las mujeres se agolpan en las rejas de alguna compañía para recibir su ración de tierra, Cecilia, Wendy, Adela, Dora, Carmenza y el hijo de Cecilia terminan de llenar sus lonas que llegan a pesar unos 50 kilos. Cada uno se la carga al hombro, como cruz a cuestas, y todos toman el camino de regreso. Esperan encontrar la gloria tras ese viacrucis. Es un trabajo en equipo, si uno se cansa, los demás esperan, si uno se desmaya, los demás lo arrastran hasta la salida. Nadie puede quedarse atrás; los mismos que entran tienen que salir. Cecilia pide detener la marcha, tiene náuseas por el cansancio o la falta de aire. Cierra los ojos, aspira una bocanada y carga de nuevo su bulto. El regreso es lento.

Por fin, al fondo, aparece una luz blanca que se va agrandando y una brisa que entra ligera a los pulmones. Al llegar a la claridad todos cargamos el color de la mina. Estamos tiznados y brillantes de sudor. Tras un descanso en el que bebemos agua, se disponen a lavar la tierra en una quebrada. Cecilia encuentra unas pocas esquirlas de esmeralda que cambiará por arroz y huevos en una tienda; Adela, la más afortunada, descubre una que venderá en 20.000 pesos; y Wendy, Dora y Carmenza… nada. Wendy cuenta la historia de otro señor que murió en una mina cercana llamada Itoco porque no vio un hueco. Ella es consciente de que la muerte es una opción como la suerte de una buena piedra. Todos los días apuesta por ello.

*Periodista.

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