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| 9/6/2017 12:00:00 AM

Los testigos de la violencia esmeraldera

Empresarios, esmeralderos, representantes de la Iglesia y gestores del proceso de paz recuerdan la confrontación que vivió el occidente de Boyacá.

Pedro Molina

Primo de Gilberto Molina, zar de las esmeraldas asesinado.

“En esa época hubo una arremetida del narcotráfico, que necesitaba corredores y que no permitía que nadie se interpusiera en su camino. Era un tiempo de mucho temor, pero nos encerramos a trabajar. Incluso, les colaboramos al Ejército y a la Policía con combustible y hospedaje para intentar controlar la zona. Luego, con la Iglesia a la cabeza y sin el apoyo del Estado, conseguimos la paz”.

Gabriel Parra

Exalcalde de Otanche, negociador del proceso de paz que puso fin a la ‘guerra verde’. Director ejecutivo de la Asociación para la Paz del Occidente de Boyacá (Asopaz).

“La guerra empezó por la explotación ilícita y mal planeada de las minas. Estaba prohibido pasarse de un municipio a otro y había obstáculos para el libre tránsito de mercancías. Por ser alcalde de uno de los sectores en contienda, me mataron a dos hermanos y a cuatro primos. Para ir a Bogotá me tocaba viajar de noche, incógnito, con todas las medidas de seguridad. Vivíamos resguardados, siempre a la defensiva, agobiados por la incertidumbre y la desesperanza. Al final, la ciudadanía tuvo que tomar las riendas de su destino y hacer la paz, que fue una iniciativa puramente de la sociedad civil”.

Sacerdote Juan Pablo Romero

Director del Programa de Desarrollo y Paz de Boyacá (Boyapaz).

“Este fue un conflicto sui géneris, porque las partes eran grupos empresariales que querían controlar un negocio. Durante el proceso de paz, la Iglesia fue la voz que los empresarios quisieron escuchar, y por eso el acuerdo final se logró como consecuencia del protagonismo de monseñor Álvaro Raúl Jarro. Así se superó un tiempo en el que las muertes eran sistemáticas, en el que no necesariamente quienes caían hacían parte de alguno de los ejércitos irregulares, porque hubo muchas víctimas anónimas e inocentes. En algún momento, este asunto determinó la cultura de la región, pero hoy la gente del occidente quiere transformar el pasado y dejar de ser reconocida únicamente por el conflicto entre esmeralderos”.

Wilson Quintero

Empresario. Hijo de Víctor Quintero, pionero de la explotación de esmeraldas en Boyacá.

“Mi papá pasó de servirles tinto a los alemanes y norteamericanos de la mina de Chivor a tener un porcentaje de todas las minas de esmeraldas de la región. A finales de 1989, durante la arremetida de Ángel María Roa contra nuestra familia, asesinaron a unos trabajadores que teníamos en la mina de Coscuez. Luego mataron a Leoncio Bonilla, un amigo de la familia, y mi padre tuvo que salir escoltado por gente de la comunidad hasta Guateque. De allá lo sacamos en un carro blindado y dos días después tomamos un avión al exterior. Para entonces sabíamos que existía la orden de asesinarnos a todos. Fue una época de desplazamientos, sufrimientos y atentados, que intentamos detener cediendo gran parte de lo que teníamos en Esmeracol y fragmentos de las minas de Coscuez y del sector de Peñablanca. Queríamos quitarnos de encima la estigmatización que teníamos los esmeralderos, que ahora se ha extendido a los mineros de todo el país”.

William Nandar

Exalcalde de Muzo, negociador del proceso de paz que puso fin a la ‘guerra verde’ y empresario de las esmeraldas. 

“Los problemas que empezaron siendo de algunas personas se convirtieron en contiendas familiares y terminaron involucrando a pueblos enteros. Uno de los que agravó la disputa fue alias el Mexicano (Gonzalo Rodríguez Gacha). Recuerdo que un día me tocó ir al levantamiento del cuerpo de un muchacho que él mandó a botar desde una avioneta. En las noches sonaban tiros, desaparecían a la gente. Fue una época cruel”.

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