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| 7/2/2017 12:00:00 AM

Justin Trudeau, el amado

Nunca antes dos mandatarios de Norteamérica habían sido tan opuestos, ni sus ideas, tan distantes. Repaso por el legado de los Trudeau y lo que ha significado para Canadá la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Canadá conoció a Justin Trudeau desde sus primeros respiros. Nació bajo los reflectores que enfocaban a su padre, el primer ministro liberal Pierre Trudeau, y creció en los corredores de la residencia de gobierno. El país lo vio ir de su mano, o en sus brazos, y acompañarlo en los viajes muchas veces. Y ya convertido en hombre, con una camisa abierta y sin mangas, luciendo un tatuaje del globo terráqueo en el brazo izquierdo, lo oyó decir que nunca sería político, solo maestro.

El hijo mayor del hombre que gobernó Canadá durante 15 años y marcó la impronta que aún tiene hoy esta nación, enseñaba francés y matemáticas en una institución privada. Pero un día de septiembre del año 2000, cuando el exmandatario llegó al final de su vida y el joven Justin tomó el micrófono en el funeral para honrar su legado, dirigentes y ciudadanos canadienses, y algunos de los principales líderes del mundo, lo vieron a los ojos, lo escucharon absortos y no pocos presintieron el nacimiento de un líder político.

Tenía 28 años y llevaba una rosa roja en la solapa. Posó la mano derecha en el féretro, cubierto con la bandera de la hoja de arce, apoyó la cabeza en él un par de segundos. Caminó hacia el atril con paso lento. Fidel Castro, quien estaba sentado muy cerca, lo escrutaba con la mirada. Margaret, la mamá, también lo seguía con una mezcla de ternura y compasión por su tristeza.

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Habló a veces en inglés, a veces en francés, honrando con cada palabra impecablemente interpretada, el bilingüismo que Pierre Trudeau había defendido como pilar de una sociedad diversa y multicultural. Y ahí, tratando de exaltar el talante de ese ser que había sido excepcional en su vida, reveló el suyo, tal vez sin desearlo.

Recordó un día que su padre lo llevó a almorzar a la cafetería del Parlamento y se cruzaron con uno de los rivales del premier. Justin intentó burlarse y denigrar de él. Su papá, en respuesta, lo llevó hasta el político y se lo presentó. El adolescente comprobó entonces que era un hombre amable y bueno.

“Aprendí que tener opiniones distintas no excluye respetar al otro como individuo”, dijo en su discurso. Y añadió con determinación y certeza: “Tolerancia no es suficiente. Se requiere respeto profundo por cada ser humano, sin importar sus pensamientos, sus valores, creencias u origen. Eso es lo que nos pidió como hijos y lo que le pidió a su país”. Aquella lección aprendida sería más tarde la base de su propuesta como candidato y de lo que ahora representa ante el mundo como líder de una de las naciones más ricas y desarrolladas.

Su edad, atractivo, fluidez con los idiomas, cercanía con la gente y, sobre todo, sus ideas sintonizadas con las expectativas de las nuevas generaciones, lo han convertido en una especie de modelo que comparte algunos rasgos con el recién posesionado presidente francés Emmanuel Macron.

Resulta inevitable pensar en lo que sucede al otro lado de la enorme frontera, bajo el liderazgo de Donald Trump. Difícil conseguir dos figuras, dos estilos y dos visiones más opuestas. Trudeau de 45 años, Trump de 70. El primero liberal y defensor del libre comercio, el otro republicano y proteccionista en lo económico, por hablar de lo menos conflictivo. Pero vecinos, para bien o para mal.

El 17 de febrero de 2017, Trudeau se convirtió en el tercer mandatario, después de Theresa May y Shinzo Abe, en visitar a Trump en la Casa Blanca. Ese día se sonrieron, estrecharon manos y acordaron trabajar por sus intereses de la mejor forma posible. Pero cinco meses después, el abismo se sigue abriendo. El Tratado de Libre Comercio de Norteamérica en ciernes, las medidas de veto al ingreso de refugiados y de migrantes de países musulmanes a los que ahora Canadá ofrece abrir sus puertas y la decisión de Washington de retirarse del Acuerdo de París para combatir el cambio climático, un asunto prioritario para el gobierno canadiense, son solo algunos de los desencuentros. El resultado: nunca antes los dos grandes ricos del barrio parecieron más distantes.

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La noche del 7 de junio una multitud aplaudió emocionada a las afueras de un restaurante en Montreal. Los transeúntes presenciaban un abrazo de despedida entre Justin Trudeau y el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama. Habían salido a comer ostras, a tomar vino y a conversar en mangas de camisa. Coincidieron en el poder tan solo 15 meses, pero el tiempo les bastó para forjar una amistad entrañable que algunos medios en Estados Unidos califican como ‘bromance’, que resulta de la fusión de brothers (hermanos) y romance.

Una foto publicada en Twitter por el propio Trudeau a las 9:37 de esa noche recibió 85.000 ‘me gusta’ en cuestión de segundos. La cifra es una buena muestra de su popularidad y de la de Obama en el universo indescifrable de las redes sociales, que suele ser para los políticos un campo minado. Por supuesto, también tienen detractores. Pero sus perspectivas sobre la inclusión y el respeto por las diferencias los hacen portadores de una bandera necesaria en tiempos de extremismo, xenofobia y miedo.

¿Cómo logramos que jóvenes líderes tomen acción en sus comunidades?, preguntó Trudeau junto a la imagen, sugiriendo que ese fue uno de los temas. Los demás, los más sensibles, se quedarán entre ellos. Sin embargo, la pregunta que dejan abierta no es menor en un momento en el que parecen reacomodarse los liderazgos del mundo, en buena parte por el efecto Trump.

*Editora Internacional de Noticias Caracol.

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