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| 7/2/2017 12:00:00 AM

Canadá: lecciones para el posconflicto

Ahora que las Farc entregaron las armas, el negociador plenipotenciario en el proceso de paz, Frank Pearl, revisa la historia canadiense para mostrar cómo el conflicto puede ser una fuente de progreso.

Soy hijo de una mamá bogotana y un papá canadiense, nacido en Toronto, que ha vivido la mayor parte de su vida en Colombia y a pesar de eso siempre ha mantenido vínculos permanentes con Canadá. En nuestra familia cercana hay más de 25 personas que viven en Canadá.

Cuando fui a estudiar y trabajar en ese país, entendí que los colombianos tenemos muchas similitudes con la historia canadiense y mucho que aprender de sus habitantes.

Aprendí que a pesar de las tensiones, que son inherentes a las relaciones humanas, porque siempre que hay dos o más personas, las identidades, las historias, las perspectivas, lealtades e intereses de cada uno generan conflictos, siempre hay oportunidades de cooperación. En Canadá se vive y se ve cómo el conflicto ha sido una fuente de progreso.

La historia de Canadá, hoy uno de los países más pacíficos, seguros, prósperos y pluralistas del mundo, ha sido también una historia de conflictos internos, violencia, guerras internas y externas, luchas de minorías como los aborígenes y disputas políticas violentas.

Su proceso de conformación como nación comenzó en 1534 y tuvo desarrollos importantes hasta el 2000, con el Acto de Claridad de la Constitución, cuando luego de años de intentos, acuerdos y disputas políticas, y en parte como consecuencia del resultado del segundo referendo separatista de Quebec, se aceptó y consolidó la Constitución de 1982, que fue adoptada en 1984.

Canadá ha vivido crisis políticas profundas y ha superado situaciones difíciles. La Revolución Silenciosa de los sesenta, impulsada por el movimiento nacionalista, llegó a una situación extrema cuando en 1970 el grupo extremista separatista Frente de Liberación de Quebec, que contaba con apoyo internacional, secuestró y asesinó al ministro de esa provincia, Pierre Laporte.

La historia constitucional también ha sido larga y compleja. Comenzó con la expedición de la Declaración de Derechos en 1689. Casi 300 años después se da la promulgación del Acto Constitucional de 1982.

Las tensiones y conflictos manifestados en la agenda separatista de Quebec incidieron en que la nueva Constitución fuera parcialmente desconocida, lo que llevó a la búsqueda de acuerdos sociales y políticos a través del Acuerdo del Lago Meech en 1987 que, paradójicamente, no fue acogido a tiempo por las provincias de Manitoba y Terranova.

A través de procesos sociales y políticos serios, hoy Canadá es una nación consolidada. Las similitudes con Colombia no son menores: colonización, inmigración, grupos indígenas que luchan por sobrevivir y mantener sus identidades, minorías que buscan proteger sus derechos, un territorio extenso y rico en un contexto económico de dependencia, pluralidad étnica y diversidad cultural.

Canadá hoy, sin ser un jardín de rosas, es un ejemplo de cómo construir consensos. La sociedad canadiense, en medio de una enorme diversidad, ha logrado transformar los conflictos inútiles y destructivos que en un momento la desbordaron, en conflictos útiles que han legitimado e incluido las diferentes perspectivas. Este proceso se ha hecho a través de mecanismos de participación política y social novedosos.

Para lograrlo, la sociedad canadiense buscó durante muchos años construir una identidad a partir de sus raíces y de su historia: ¿cómo lograr representar a los aborígenes, a la cultura inglesa, a la cultura francesa, a los inmigrantes y sobrepasar los conflictos entre los diferentes grupos que habían luchado durante siglos por controlar ese territorio?

Ese proceso gradual se consiguió la promoción de una cultura ciudadana de respeto, de inclusión, de cero tolerancia con la violencia. El capítulo canadiense de Derechos y Libertades que hace parte de la Constitución de 1982 es en el fondo un manifiesto de los deberes de los ciudadanos y del Estado para que otros puedan ejercer sus derechos.

A partir de la construcción de esa identidad nacional y mediante métodos deliberativos novedosos, los ciudadanos inciden en las decisiones de política pública sin caer en las trampas que tenemos en Colombia, por ejemplo en los esquemas de consultas previas y populares, donde los sistemas deliberativos y decisorios determinan ganadores y perdedores en lo que el exviceministro Juan Fernando Londoño llama un “juego perverso con lógica de suma cero”.

Los canadienses no tienen un acuerdo para estar de acuerdo. Tienen un acuerdo sobre cómo manejar los desacuerdos, en función del bien común. También han fortalecido un sistema político de democracia federal parlamentaria combinada con una monarquía constitucional y tienen una economía de libre mercado que promueve la generación de riqueza a través de iniciativa privada empresarial, complementado con un sistema redistributivo que en términos generales cumple su propósito.

Canadá, con menos de 40 millones de habitantes, es la undécima economía del mundo, ocupa el puesto nueve en indicadores de desarrollo humano y el puesto número diez en ingreso pér cápita. Es un país oficialmente bilingüe y multicultural.

A nivel internacional, ejerce un liderazgo formal e informal en la Otan, el G7 y el G20, entre otros. Tiene calificaciones altas en indicadores de transparencia de su administración pública, calidad de vida, educación y libertades civiles. Su sistema educativo público es uno de los mejores del mundo.

Todo lo anterior gracias a su capacidad de manejar las diferencias de manera respetuosa y constructiva, y de entender que el conflicto, bien llevado, es una fuente de progreso.

Miremos a Canadá y aprendamos de su historia y de sus logros. Son una gran lección y una gran esperanza para los colombianos.

*Negociador plenipotenciario en el proceso de paz.

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