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| 7/2/2017 12:00:00 AM

Auroras boreales: una aventura fuera de serie vista por Pirry

Durante tres noches, el periodista Guillermo Arturo Prieto La Rotta, Pirry, fue testigo de uno de los espectáculos más exóticos y fantásticos de la naturaleza, únicos del hemisferio norte. Crónica para SEMANA.

Uno de los fenómenos más hermosos y misteriosos que nos ofrece el cosmos, más allá de las estrellas fugaces, los eclipses o la contemplación de un cometa son las auroras boreales. Complejas formas danzantes de brillantes colores que van desde el amarillo y el verde pasando por el naranja hasta el rosado y el púrpura.

Estas auroras han cautivado la imaginación del hombre desde hace miles de años, sin embargo, es un fenómeno exótico y extraño para la gran mayoría de los mortales que no vivimos cerca de los círculos polares.Por esa fascinación que siempre tengo hacia lo desconocido, lo diferente, viajé a uno de los lugares más al noroeste de Canadá, cerca de la frontera con Alaska. Allí tuve la suerte de captar las imágenes más bellas que el ojo humano pueda ver en el cielo nocturno.

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Whitehorse conserva la forma de los viejos pueblos de los colonizadores del oeste norteamericano. Incluso muchas de sus construcciones todavía imitan las de las cantinas, almacenes y hoteles del siglo XVIII y principios del XIX. Aunque es la capital del estado de Yukón, apenas tiene un poco más de 24.000 habitantes y a primera vista parecería que aquí no hay nada que hacer.

Detrás del paisaje minimalista y solitario, Whitehorse y el territorio Yukón se están desarrollando como una potencia turística: destinos de aventura, deportes de invierno y contemplación de la fauna salvaje son algunas de sus ofertas.

Pero lo que para mí resultaba apasionante de visitar era un lugar lejano, una belleza oculta en lo más profundo de las noches oscuras. Un show de luces y fantasía que solamente se disfruta si se está lo más lejos posible de la ciudad: las famosas auroras boreales.

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Verlas no necesita de complicadas expediciones ni acompañamientos científicos, pero sí de al menos una buena preparación y selección del lugar y las fechas. Las auroras se aprecian con mayor facilidad en el hemisferio norte en países como Canadá, Islandia, Noruega, Finlandia, Rusia y Groenlandia. La época más adecuada es entre septiembre y abril, durante todo el invierno y comienzos de la primavera. Sin embargo, de nada sirve escoger bien el lugar si no se tiene en cuenta el pronóstico del tiempo.

Seleccioné a Canadá y escogí una ventana entre el 18 y el 22 de marzo en la que se esperaba cielo despejado en las noches para la ciudad de Whitehorse. Aún con el pronóstico, el sitio y la fecha adecuada, la aurora boreal es un fenómeno cósmico que escapa a nuestro control, así que verla no estaba garantizado. Teniendo en cuenta que hay que estar lo más lejos posible de la contaminación lumínica de las ciudades, el observatorio sería en medio del bosque polar. Lo ideal: una noche sin luna, ya que la luz de nuestro satélite también puede interferir con la de las auroras.La luna, sin embargo, estaría llena. No importa, me mantendría optimista.

Como las temperaturas en la noche invernal de Yukón pueden caer hasta menos 30 grados centígrados e incluso por debajo, se debe usar ropa especial y llevar baterías extras. El frío descarga rápidamente las cámaras. En cualquier caso, el observatorio está equipado con dos cabañas y dos tipis indios en los que uno se puede resguardar mientras aparece la aurora.

Mi grupo estaba listo para observar esa maravilla natural. Las horas pasaban y la ansiedad nos hacía pensar que tal vez nuestro viaje había sido inútil. Hacia las 00:30 del 19 de marzo, en nuestra primera salida y como si se tratara de un espejismo, una leve veta verde comenzó a dibujarse en el oscuro cielo. Me habían dicho que las auroras podían ser muy leves o demasiado intensas, largas o cortas, y por momentos pensé que eso sería todo. Pero la delgada línea de pronto comenzó a expandirse tanto en su diámetro como en su longitud.

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De repente, toda la silueta de las montañas nevadas parecía cubierta por una aureola fluorescente, intensa y permanente. Para la segunda noche, el fenómeno se repitió casi con una precisión programada, prácticamente a la misma hora. Una veta verde igual que la del día anterior se dibujaba en el espacio. Pero nada me tenía preparado para la espectacular danza cósmica que los vientos solares habían orquestado en esa noche.

Lo que comenzó como una veta verde se multiplicó en varias, que aparecían y desaparecían en diferentes lugares del firmamento. Por momentos se desenvolvían y estiraban como las serpentinas de los dioses, para después dar lugar a lenguas verticales que crecían como formando una inmensa llama que cubría la mitad del cielo, flameando entre los amarillos y los verdes fluorescentes. Soltando con delicadeza ligeros velos púrpuras y rosados.

Una y mil veces había leído, oído y visto fotografías y videos de este prodigio, pero siempre me pregunté cómo los captaría el ojo humano directamente y no a través de una cámara. Debo decir que como pocas veces en la vida, mi expectativa fue inmensamente superada, por este, el momento más mágico del que haya sido testigo jamás.

Para el tercer día, el cielo volvía a ser generoso con nosotros. Fuimos premiados con una nueva presentación de este concierto, de este ballet estelar, el que finalmente pude captar en bellas imágenes. El espectáculo natural más hermoso que he visto.

*Texto escrito por Pirry.

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