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| 7/2/2017 12:00:00 AM

Tras las murallas de Quebec

Quebec, fundada hace más de 400 años, atesora uno de los centros históricos más coloridos del mundo, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco.

Es la única ciudad amurallada en América del Norte. Su centro histórico es un compendio de calles empinadas y escaleras que conectan a este reducto francés en suelo canadiense. Su fundador, Samuel de Champlain, trasladó los matices de su natal Nueva Aquitania en Francia, para establecer un comercio de pieles a orillas del río San Lorenzo en 1608. Y hasta nuestros días Quebec conserva orgullosa la lengua y el espíritu de sus primeros colonos franceses. Basta con situarse en la céntrica Place Royale: un busto en bronce de Luis XIV, el ‘Rey Sol‘, destaca en todo el corazón de la plaza. Alrededor, casitas bien asentadas de piedra centenaria con coloridos arreglos florales en sus balcones y rematada por la pequeña iglesia de Notre- Dame-des-Victoires, quizás el lugar fundacional de la capital de la región de Quebec.

Hoy la ciudad presume de tener un turismo vibrante, que a menudo llega por las aguas del río en cruceros de hasta 3.000 pasajeros. Por eso, una buena forma de entrar en contacto con el paisaje es a bordo de uno de los ferries que cruza de una orilla a otra cada media hora. De hecho ‘Kébec‘ significa en lengua iroquesa "el lugar donde se estrecha el río". Y parte de su alma se teje entre la bienvenida que dan las aguas y lo más alto de la cuesta que domina sobre esta ciudad de medio millón de vecinos. Así que siempre se vuelve a escalar, quizá tomando el servicio funicular.

Allí aguarda una particular atracción. Se repite, una vez tras otra, sin tener claro el método de medición, que el hotel más fotografiado del mundo se halla en la parte alta de la ciudad. Fue edificado en 1893 por la sociedad ferroviaria Canadian Pacific. Es el Château Frontenac, un hospedaje que mezcla guiños de castillo de Transilvania en sus techos de cobre, con aires del neoyorquino edificio Dakota y de una creación del cineasta Wes Anderson, el mismo de Hotel Budapest.

Para irse acercando de a poco a la ciudad más nueva está la Grande Allée, un paseo señorial que ha sido bautizado también como los ‘pequeños Campos Elíseos‘ por la elegante sucesión de terrazas y almacenes. Más allá de esta exquisita pasarela se encuentra la ciudad contemporánea. La de los grandes centros comerciales, bien cubiertos y apertrechados para los fuertes inviernos. Y un aviso final para los viajeros: no dejen de probar el poutine, el escudo de la gastronomía local, que consiste en un plato de papas a la francesa con queso derretido al cual se le suele añadir alguna salsa, tocineta o verdura. Una buena mezcla para amortiguar el frío.

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