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| 7/14/2017 12:00:00 AM

Balcón limeño, emblema arquitectónico

Curvos o esquineros, grandes o pequeños, con o sin vidrio, estos balcones de cajón fueron tan populares en la capital peruana que las casas que no los tenían se consideraban inacabadas.

El visitante del centro histórico de Lima no tarda en descubrir la especial arquitectura de las casas solariegas de la ciudad, a las que los llamativos balcones de cajón brindan un carácter local inconfundible. El balcón limeño es uno de los elementos singulares de la capital. Emparentado con las celosías árabes y con los balconcillos de las islas Canarias, solo en Lima alcanzan su típica conformación.

La voluminosa estructura del balcón que pesaba varias toneladas, se apoya en ménsulas y canes que son los extremos de las vigas que sostienen las habitaciones fronteras de la segunda planta de las casas. La profundidad del balcón debía ser suficiente para que una persona pudiera sentarse libremente en su interior. Desde esa atalaya las mujeres del hogar distraían las horas muertas del día, dedicándose a la costura y a la conversación mientras oteaban al vecindario sin ser vistas. La parte baja del balcón, la baranda de antepecho, era una superficie cerrada y apanelada que protegía al ocupante. Sobre dicha baranda se colocaba una cubierta traslúcida de celosías en hojas batientes, que permitían el milagro de ver a través de ellas sin ser visto desde el exterior. El cajón se coronaba por balaustres, cubierta y remates.



Los balcones limeños no fueron un gusto importado. Originalmente eran totalmente abiertos y copiaban los pasadizos volantes de los patios interiores, pero el ideal de la discreción y la intimidad llevaron a que ya en el siglo XVII se fueran recubriendo hasta quedar totalmente cerrados. El gusto de los limeños por este tema arquitectónico fue muy extendido, llegando un cronista temprano a llamarlos calles aéreas. Una casa sin balcón no se consideraba terminada y algunos solo construían una segunda planta para alojar uno en su fachada. Ejemplo del lujo que podían llegar a tener estos balcones lo vemos en los del Palacio de Torre Tagle (1740). Recubiertos de celosías en estilo neomudéjar caracterizan el edificio de la Cancillería peruana.

No todos los balcones fueron grandilocuentes, los hubo pequeños y sencillos. Algunos, sumando los esfuerzos de cada propietario, recubrían todo el perímetro de la manzana. Todos en su diversidad animaban las calles limeñas. Los hubo curvos y los hubo esquineros, los dos recorrían las fachadas del inmueble, como los de la casa de Pablo de Olavide, el ilustrado limeño que llegó a ser intendente de Sevilla y víctima de la persecución inquisitorial. Los estilos sucesivos, mudéjares, neomudéjares, barrocos, rococós, neoclásicos y republicanos fueron alternando sus elementos y decoraciones para conformar una variedad digna de ser clasificada por Carlos Linneo.

En sus orígenes los balcones no llevaron vidrios, debido a que este material era muy costoso y tan solo se abarataría lo suficiente en el siglo XIX. Tal vez uno de los primeros balcones que los incluyeron fueron los de la opulenta casa del comerciante Martín de Osambela, quien alojó a San Martín a su entrada en Lima. En el siglo XIX sería común transformar la cajas semi opacas en estructuras transparentes gracias a la colocación de cristales en grandes cantidades.



Pero la hora de los balcones limeños había pasado. El Reglamento de Policía Municipal de 1866 prohibió construir balcones de cajón bajo el pretexto de que impedían la adecuada ventilación de las viviendas. Se prefería el afrancesado balconcillo de antepecho que empezó a usarse de manera reiterada. Los antiguos balcones de cajón cayeron en el olvido y sus estructuras empezaron a deteriorarse irremisiblemente. La llegada del siglo XX y la expansión de Lima solo aceleraron el proceso. Muchas casonas empezaron a ser demolidas y con ellos sus balcones.

Don Bruno Roselli, profesor italiano de historia del arte, llevó a cabo una solitaria cruzada para defender esta peculiaridad arquitectónica de su olvido. Con su propio peculio rescató los más notables ejemplos de los balcones desmantelados y los fue almacenando en una pista de estacionamiento hasta que esta terminó por llenarse. Un lamentable incendio acabó finalmente con los sueños conservacionistas de Roselli y con los preciados restos arquitectónicos. Recordando al profesor italiano y su afecto por Lima, desde hace dos décadas un programa de adopción municipal preserva los balcones sobrevivientes en la capital peruana.

*Coordinador de Historia e Historia del Arte. Pontificia Universidad Católica del Perú.

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