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| 7/14/2017 12:00:00 AM

"El populismo es el enemigo de la democracia": Vargas Llosa

Siempre político, el Nobel peruano habla sobre su relación con Colombia, Gabriel García Márquez, el proceso de paz con las Farc y la crisis que vive Venezuela.

Siempre político, Mario Vargas Llosa aún tiene qué contar sobre su relación con Colombia, país del que tuvo noticias en principio por García Márquez, y ahora por el proceso de paz. El peruano escribe para concientizar sobre la barbarie, ese fenómeno del que América Latina, de a poco, busca desligarse. El Nobel de Literatura habló con SEMANA.

SEMANA: ¿En qué momento aparece Colombia en su vida?

Mario Vargas Llosa: El descubrimiento literario de Colombia en el mundo se da con la lectura de García Márquez y eso mismo me sucedió a mí. Cuando trabajaba en la radio televisión francesa me llegó un día un libro de la editorial Julliard, era una edición de El coronel no tiene quien le escriba en francés. Me interesó tanto ese librito que traté de averiguar quién era García Márquez y qué había publicado. Ya no recuerdo cómo, pero empezamos a escribirnos antes de conocernos personalmente. Me acuerdo que incluso planeamos una novela sobre la guerra colombo-peruana que escribiríamos juntos. Al final no prosperó el proyecto. Escribir es una actividad tan privada que ni a él ni a mí la idea de escribir a cuatro manos nos sedujo demasiado.

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SEMANA: ¿Dónde cree que se genera esa semilla de hermandad latinoamericana?

M.V.L.: Con García Márquez nos conocimos en Caracas por motivo del premio Rómulo Gallegos, cuando fui a recibirlo por La casa verde. Fue una época muy interesante porque se creó una vinculación y una fraternidad entre los escritores latinoamericanos en gran parte dada por lo que fue el descubrimiento de nuestra literatura. Es en Francia donde descubro que había una literatura rica y novedosa en América Latina. A comienzos de los años sesenta una revista francesa publicó un número dedicado a la literatura norteamericana y la presentación la escribió Octavio Paz con un ensayo que se titulaba "París, capital de la literatura latinoamericana". Era un poco exagerado pero tenía algo de cierto.

SEMANA: ¿Por qué terminaron esos años de unión entre ustedes?

M.V.L.: Todo eso se fue resquebrajando con el caso (Heberto) Padilla el cual tuvo una enorme conmoción en América Latina, produjo una gran división entre los escritores latinoamericanos y unos distanciamientos que se fueron convirtiendo en enemistades. Desapareció esa fraternidad que desde comienzos de los sesenta nos mantenía unidos sin condiciones.

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SEMANA: ¿Es ahí cuando decide abandonar su izquierdismo y retirar su apoyo a la revolución cubana?

M.V.L.: Así es. Yo fui cinco veces a Cuba en los años sesenta y desde esa época el entusiasmo por la revolución era enorme. Eso se entibió por varias crisis. La primera fue hacia 1966 con la creación de las Umap. Eran un eufemismo porque aunque las llamaron Unidades Militares de Ayuda a la Producción, en realidad fue la creación de unos campos de concentración donde el régimen cubano mezcló contrarrevolucionarios, delincuentes comunes y homosexuales. Allí encerraron a muchos escritores jóvenes, sobre todo de un grupo que se llamaba El Puente, dirigido por José Mario, un poeta que ya murió. Había pintores, músicos y escritores. Todos estaban convencidos de que la revolución iba a significar un cambio en las costumbres, que el homosexualismo iba a encontrar un espacio. Fue una cosa muy ingenua en ese momento y terminaron en un campo de concentración.

SEMANA: ¿Cómo reaccionó ante eso?

M.V.L.: Me impresionó tanto que le escribí una carta privada a Fidel Castro expresándole mi sorpresa. Entonces Castro me invitó a una reunión donde estuvimos un grupo de escritores durante toda una noche a raíz de esa carta. Fue la única vez que estuve con él. Desde entonces comencé a tener cierta actitud crítica hacia Cuba a pesar de que seguía yendo a la isla como parte de un comité a cargo de la Casa de las Américas donde estaba con escritores de varios países.

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SEMANA: Populismos como ese de izquierda y también los de derecha, le han hecho daño a América Latina. Con los últimos cambios políticos, se dice que la región va en un viraje a la derecha ¿cómo analiza la situación?

M.V.L.: Si comparamos el presente de la región con lo que pasaba décadas atrás, hay unos progresos considerables. Tenemos dictaduras en Cuba y Venezuela y pare de contar. Desde luego tenemos democracias que son imperfectas, demagógicas y corruptas, pero una mala democracia es mil veces preferible a una dictadura. En ese sentido sí hay un progreso en América Latina. Los regímenes democráticos que tenemos han nacido de elecciones y de unos consensos que ahora privilegian la democracia no solo sobre la dictadura, sino también sobre la revolución. Está claro que el enemigo de la democracia en América Latina es el populismo, esa especie de demagogia que lleva a sacrificar el futuro por un presente que es muy efímero, que lleva al desencanto de la sociedad con la vida política, con las instituciones, que permite además que haya una corrupción muy extendida.

SEMANA: En 1995, el miedo a Sendero Luminoso hizo votar a los peruanos contra el terrorismo y a favor de la mano dura de Fujimori. ¿Qué lecciones podemos tomar los colombianos de esa época?

M.V.L.: Lo que está ocurriendo en Colombia es un síntoma clarísimo de que la idea de la revolución armada es algo que la realidad ha desechado. Por consecuencia está desapareciendo del continente y ese es un progreso. Yo tengo mucha esperanza que este Acuerdo de paz prospere, que sea una realidad. Creo que la inmensa mayoría de los colombianos quiere eso. Seguramente el acuerdo se puede perfeccionar, pero creo que los pasos que se han dado son muy importantes. No solo dependerá de los colombianos, sino también de todos nosotros los latinoamericanos que sigamos dando los pasos necesarios para salir de la barbarie en la que hemos vivido.

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SEMANA: ¿Cuál es el paso a dar?

M.V.L.: Hay unas razones hoy día que son muy estimulantes. Existe un espíritu muy distinto en América Latina: las derechas son mucho más democráticas, menos golpistas, menos militaristas, y ahí una izquierda que es mucho menos revolucionaria, una izquierda que se ha dado cuenta que la idea del socialismo revolucionario conduce a casos tan patéticos y trágicos como el de Venezuela. Está claro que no es ese el modelo que necesitamos para sacar a América Latina de la barbarie y del subdesarrollo. Es la democracia y eso es una idea que nos da un chance para empezar a progresar de verdad en todos los campos.

SEMANA: Si “la novela es la historia privada de las naciones” como decía Balzac, ¿Cien años de soledad es la historia privada de Colombia?

M.V.L.: Yo creo que sí. De todas las buenas novelas que se han escrito en América Latina, es con Cien años de soledad que se aprende y se goza con los aspectos de esa realidad que ni la sociología, ni la historia, ni los ensayos políticos muestran, y que en cambio se puede ver en esa novela con una vivacidad y una autenticidad extraordinaria. Leerla es una manera de entrar profundamente no solo en Colombia, sino en toda la región.

SEMANA: ¿Y en el caso del Perú?

M.V.L.: Entre las novelas que he escrito sobre Perú, probablemente la que revela más sobre la realidad social es Conversación en La Catedral. Viví la experiencia terrible de la dictadura de Manuel Odría siendo joven. Desde esa época tuve la idea de escribir una novela que mostrara lo que significa vivir bajo un régimen autoritario, censor y represivo. Sí, creo que hay un aspecto de la realidad peruana que de alguna manera está cifrado en esa novela.

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SEMANA: Aunque Cien años de soledad cumple medio siglo de publicada, usted ya había celebrado esa obra con el ensayo Historia de un deicidio, ¿qué lo llevó a estudiar tan a fondo esa obra?

M.V.L.: Escribí ese libro por el entusiasmo que me provocó la obra de García Márquez. Cien años de soledad marcó un hito cultural en América Latina porque hasta entonces ningún libro escrito en lengua española había tenido una repercusión semejante en el mundo entero. Además empecé a enseñarlo y a dar conferencias sobre su estructura. Finalmente decidí hacer mi tesis de doctorado a partir de los ensayos que ya tenía.

SEMANA: Si le pidieran hacer un relato sobre su relación con Colombia, ¿cuál sería el argumento?

M.V.L.: Lo que pasa es que Colombia ya tiene demasiados buenos novelistas como para importar otro (risas).

SEMANA: ¿Cómo cuáles?

M.V.L.: Creo haber leído toda la obra de Héctor Abad. Él, junto a Juan Gabriel Vásquez, me parece de los mejores escritores. Ambos son muy originales y han escrito cada uno en su género, libros muy ambiciosos. Sobre todo la última novela de Juan Gabriel Vásquez, sobre dos grandes crímenes políticos en la historia de Colombia, me parece espléndida. Lamento que no haya tenido una difusión mayor porque es una de las grandes novelas que se han escrito en los últimos años. Creo que la tradición de buenos escritores colombianos está viva en las nuevas generaciones.

SEMANA: El argumento de su novela El héroe discreto gira alrededor de un hombre que representa la reserva moral de una sociedad. Fuera de la ficción, ¿existe algún líder que sea un héroe discreto?

M.V.L.: No tenemos suficiente perspectiva como para juzgarlos, necesitamos más tiempo. Pero sí podemos decir que en esta época ha existido una figura notable y extraordinaria que ha hecho avanzar a un país de manera extraordinaria. Nelson Mandela comenzó siendo terrorista y a lo largo de sus años en la cárcel sufrió una evolución que lo llevó a creer en la paz y a convencerse de que había que hacer lo necesario para que blancos y negros coexistieran y lo consiguió poniendo a todo un país en la misma dirección.

SEMANA: ¿Hace falta entonces un nuevo Mandela en nuestras sociedades?

M.V.L.: Yo creo que en América Latina hay mucha gente decente, inteligente y demócrata. Lo que falta es convencerla de que se meta en la política porque es gente que no quiere ensuciarse en ese mundo terrible y violento. Si la gente decente no hace política, la política se queda en manos de los indecentes.

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SEMANA: Usted destaca a Colombia como una democracia que se mantuvo sólida aún en más de medio siglo que duró el conflicto y pide un esfuerzo más para que la paz sea posible, ¿qué nos queda por hacer?

M.V.L.: Colombia es uno de los países que tiene instituciones más sólidas por su tradición legalística. Es notable que las hayan mantenido funcionando pese a la guerrilla y a las atrocidades que se cometían en el campo. Eso creo que le da unas bases fuertes a ese Acuerdo de Paz. Hay muchos factores que ayudan. En primer lugar, un contexto internacional en el que una guerrilla es un arcaísmo total. Además, teniendo a Venezuela tan cerca, padeciéndola en muchos sentidos, no creo que vayan a seguir ese modelo insensato. Si ustedes quieren que eso funcione los enemigos de esa paz no van a prevalecer.

*Periodista de Especiales Regionales, revista Semana.

Esta entrevista apareció publicada en la revista sobre Perú que circula esta semana. Vea la revista completa aquí. 

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