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| 7/14/2017 12:00:00 AM

Cine peruano, en busca del final feliz

Aunque es cierto que tanto el número de espectadores como el de filmes peruanos ha aumentado, aún queda mucho trabajo por hacer. Este apenas es el inicio.

Es muy posible que buena parte de los 40 millones de peruanos que compraron una entrada de cine en 2016 no se haya enterado de que la elogiadísima película colombiana El abrazo de la serpiente tuvo un paso fugaz por la cartelera. Y quizás ese desconocimiento también se extienda, de modo inverso, con las últimas cintas peruanas que arribaron a tierras cafeteras. ¿O acaso Magallanes o El elefante desaparecido ocupan un lugar preferencial en su memoria?

A los filmes de la región les cuesta competir con Hollywood y toda la maquinaria publicitaria que trae consigo. Pero la tarea se hace compleja, enorme y absurda, cuando el sistema cinematográfico local colabora con la hegemonía de los estudios estadounidenses. Eso pasa en el Perú –y en la mayoría de América Latina–, donde cada año se estrenan más de 20 películas nacionales en salas comerciales, pero solo la mitad sobrevive en la cartelera más de dos semanas.

El público dicta el tiempo de vida de una película, eso es cierto. Pero, ¿qué pasa si esta supervivencia está condicionada por un modelo agresivo de exhibición, impuesto por las distribuidoras internacionales y los multicines? Un sistema que tiende a mirar con desgano el producto local, lo programa en horarios difíciles, sin acuerdos de permanencia y promoción que cumplir. Así le será muy difícil competir a un filme nacional.

La marca Tondero

Cuando se lanza una película peruana, sus productores hacen malabares para animar a la gente a verla en su primer fin de semana. Saben que esas 72 horas son cruciales. Si no da resultados en taquilla, es probable que los cines la retiren una semana después. No hay espera que valga ni Estado que los proteja.

En tal contexto, las películas nacionales independientes sufren. Y se hacen cada vez más invisibles para la gran audiencia. Ni siquiera contar con galardones internacionales las ayuda. “Los premios ganados en festivales hacen que muchos espectadores piensen que se trata de una historia lenta, contemplativa o rara”, dice el crítico y programador Héctor Turco.

Final feliz

Resulta curioso que, desde 2013, se hable de un boom del cine peruano a raíz del suceso de ¡Asu mare!, comedia hecha por la productora Tondero que, con cerca de tres millones de espectadores, se convirtió en la cinta peruana más vista de la historia.

Es cierto: la producción nacional y la asistencia del público se han multiplicado, pero, aunque estas cifras sean alentadoras, todavía no se puede hablar del verdadero nacimiento de una industria. Lo que ha ocurrido es la instauración de una ‘fórmula del éxito’ de cine popular. “Se aplican las reglas de una campaña publicitaria. Las películas se ponen al servicio de la mercancía que se ofrece: un cómico, una figura popular, un futbolista (…) Y las marcas auspiciadoras y la distribuidora a cargo del lanzamiento, a la manera de los ‘anunciantes’, tienen voz y acaso voto. El paquete es concertado”, escribió el crítico Ricardo Bedoya sobre este tipo de películas.

El año pasado Tondero, que también produce filmes de autor, logró ubicar tres de sus estrenos en el top cinco de las cintas nacionales con mayor recaudación, acaparando casi la mitad de los 5,6 millones de espectadores de estas producciones. El poder de convocatoria de la productora está fuera de discusión.

Hay milagros

El despegue de Tondero es fruto de un trabajo arduo y, a la vez, de saber capitalizar una oportunidad. Es un triunfo corporativo, individual, y no del cine peruano en colectivo. Este se queda sin respuestas cuando le toca, precisamente, conciliar las obras masivas con aquellas de perfil más bajo, desde las pensadas para el circuito festivalero, hasta las óperas primas costeadas por sus realizadores, pasando por esa masa de películas del interior del país que no llegan a las salas comerciales.

¿Soluciones? Jonatan Relayze, director de Rosa Chumbe –una cinta pequeña, premiada en el Bafici de Argentina, que hizo el ‘milagro’ de llevar 13.000 espectadores y prolongarse por cuatro semanas en salas– ve necesario “un emprendimiento privado para crear una sala alternativa (el Perú no cuenta con una cinemateca nacional), equipada para proyecciones digitales de calidad, tal como existe en Chile y Argentina”.

En tanto, desde lo normativo, se debate un anteproyecto de una nueva Ley de Cine (la vigente es de 1994), presentado por el Ministerio de Cultura, que busca, entre otras cosas, ampliar los recursos para el fomento de la creación cinematográfica en función de un aporte directo de la venta de entradas de los cines. De una cuota obligatoria de pantalla para películas nacionales aún no se habla.

*Editor de El Dominical, de ‘El Comercio’ de Lima

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