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| 7/14/2017 12:00:00 AM

El cuento de Colombia y Perú

Más que por los tratados o los acuerdos políticos, las historias de Colombia y el Perú han estado unidas desde hace siglos a través de diversos personajes.

La historia en común entre Colombia y el Perú parte de un hecho central, frecuentemente soslayado por evidente, pero al mismo tiempo excepcional en la historia moderna: pertenecer a una misma matriz cultural. Con 1.626 kilómetros actuales de frontera y, desde hace casi 500 años, el mismo idioma, es imposible tener una relación que no sea robusta.

Es evidente, tal como lo atestigua nuestra orfebrería prehispánica, que existen vínculos anteriores a las fundaciones de los reinos de Nueva Granada y Nueva Castilla. Sin embargo, la incorporación de estos territorios a la monarquía hispánica inicia un periodo de profunda integración. El de las personas tiende a ser el más visible. En la primera década del siglo XVII, Bartolomé Lobo Guerrero, un clérigo que fomentó la prédica en lengua indígena, fue, por ejemplo, obispo en Santa Fe (Bogotá) y en Los Reyes (Lima). Junto a los altos funcionarios transitan sus entornos (asesores, escribientes, parientes, criados), así como letrados, militares y comerciantes que terminan estableciendo familias entrecruzadas. Basta decir que el oidor Juan Ortiz de Cervantes, limeño de nacimiento, está enterrado con toda su familia en la bogotana iglesia de San Diego (falleció en 1629). Pero los tránsitos de indígenas durante el periodo colonial dejaron una huella visible en los quechuismos: ñapa, achira, chicha, carachas, pisco; Cundinamarca significa ‘tierra del cóndor’.

En esta dinámica cumple un rol central el puerto de Cartagena de Indias. Fue símbolo de la defensa contra los piratas y corsarios y, por lo tanto, un elemento clave en la formación del nacionalismo criollo; no en vano uno de los municipios cercanos a La Heroica, fundado en 1735, lleva el nombre de Santa Rosa de Lima. Cartagena fue también un importante centro comercial. Gracias a esto, las monjas de Arequipa pueden exportar ‘Manjarblanco de Arequipa’, el dulce de leche que luego tomaría el nombre de arequipe.

Luego de declarada la independencia peruana en 1821, el cartagenero Juan García del Río, futuro presidente de la Gran Colombia, es nombrado ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Durante su gestión se crea la Biblioteca Nacional del Perú. Pocos años más tarde, en 1824, el general antioqueño José María Córdova, tiene un papel protagónico en la batalla de Ayacucho; su famoso caballo el Inca, quizás presagiaba el destino de este militar en Perú. En ese mismo periodo llega otro cartagenero, Juan Manuel Grau Berrío, vencedor de Junín y Ayacucho y padre del patrono de la Armada Peruana, Miguel Grau Seminario –honrado hoy con un monumento y un malecón que llevan su nombre en Cartagena–. Al mismo tiempo, el arequipeño Mariano Eduardo de Rivero y Ustariz es nombrado primer director del Museo Nacional de Colombia en 1823.

Como ocurre en la historia de las naciones vecinas, la relación no ha estado exenta de conflictos. Los de 1910 y 1932-33 son una consecuencia natural del proceso de la consolidación nacional y territorial propios de esa época. Las relaciones toman un nuevo impulso con la designación en 1934 de Víctor Andrés Belaúnde, uno de los delegados peruanos en la firma del acuerdo de paz de ese mismo año, como ministro plenipotenciario. En las décadas siguientes la embajada de Colombia en Lima otorgó asilo diplomático a varios opositores del gobierno militar de 1948-50, entre ellos al líder del Apra, Víctor Raúl Haya de la Torre, quien vivió en la embajada varios años. Otro exiliado durante este periodo, el geógrafo Javier Pulgar Vidal sería uno de los fundadores de la Universidad Jorge Tadeo Lozano (1954) y decano de su Facultad de Recursos Naturales y Ciencias Geográficas.

La suscripción del Acuerdo de Cartagena en 1969 acerca más a nuestros países a través del Pacto Andino y posibilita un renovado interés en el comercio bilateral. A la fecha hemos tenido tres gabinetes binacionales y existe en nuestras élites políticas un enorme respeto por la tradición republicana de Colombia y por las capacidades de sus instituciones de gestión pública. Sin embargo, regreso al principio. Es a través de multitud de generaciones, de ese difuso, pero certero concepto que es la vida cotidiana, donde se encuentra la verdadera fortaleza de nuestra historia en común. Esos espacios que trascienden fechas, eventos y nombres, y que, por lo mismo, terminan siendo, aprovechando una licencia colombiana, tan “queridos”: como cuando mi sobrina Antonia (4 años), bogotana de nacimiento y limeña de bautizo, celebra con el mismo entusiasmo, los goles de la selección de Colombia y del Perú.

*Abogado, empresario e historiador. PhD de la Universidad de Cambridge, ha publicado varios libros sobre historia de las ideas.

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