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| 6/27/2017 12:00:00 AM

El Expreso del Hielo

Una expedición única y demencial a bordo de un tren repleto de artistas que partió rumbo al Magdalena en noviembre de 1993.

La mañana del domingo 14 de noviembre, mi hermana Cristina y yo salimos de Bogotá rumbo a la vereda El Corzo, cerca de Facatativá, Cundinamarca, para presenciar el inicio del Expreso del Hielo, un proyecto surrealista que pretendía llevar alegría a pueblos alejados y olvidados de Colombia, sitios donde la esperanza había huido por causa de la guerra y del abandono estatal.

Cristina tenía 18 años, yo acababa de cumplir 15. Tiempo atrás ella me había presentado a un grupo musical inclasificable, alejado de la homogenización imperante en la radio, y de los grupos de metal que yo solía escuchar (como Megadeth o Metallica). La banda se llamaba Mano Negra y su vocalista líder, el carismático Manu Chao, interpretaba canciones en español, francés y árabe. Mi hermana, lo recuerdo, guardaba el afiche del tercer disco de estudio del grupo: King of Bongo (1991).

Ese día nos dirigíamos hacia El Corzo porque sabíamos que Mano Negra haría parte de ese extraño Expreso del Hielo, y queríamos ver la puesta en marcha del proyecto: la partida de la locomotora y los 21 vagones que Ferrovías había donado, algunos de los cuales conservaban el viejo logo amarillo de los Ferrocarriles Nacionales, mientras otros habían sido pintados especialmente, como los vagones del sol y del hielo; la guarida de Roberto, el dragón mecánico; las casas rodantes de los artistas del tatuaje y de los trapecistas.  Todos mostraban un abigarrado estilo gráfico que rememoraba circos y ferias ambulantes de otras épocas.

¿Cómo terminó en la Colombia rural una estrella de la talla de Manu Chao? La semilla la plantó Cargo 92, proyecto mediante el cual el gobierno francés se unió a la celebración mundial de los 500 años del descubrimiento de América.

Con apoyo oficial, un grupo de aventureros compró un barco carguero, lo bautizó Melquíades-Ville de Nantes, construyó en su cala una réplica de una calle cualquiera del puerto francés al que evoca en su nombre, lo acondicionó con plantas eléctricas y equipos de luces y sonido para navegar con rumbo a Venezuela, Colombia, República Dominicana, Brasil, Uruguay y Argentina, países donde brindarían presentaciones gratuitas de teatro, danza, marionetas y conciertos –estos últimos a cargo de Mano Negra–, que estrecharan los lazos culturales entre los continentes.

Durante su escala en Colombia, a los artistas les llamó la atención el abandono en el que se encontraba la vía férrea, columna vertebral del país, y poco a poco fue tomando cuerpo la idea de restaurar un tren que cubriera la ruta entre Santa Marta y Bogotá y que, en una suerte de segunda visita a Macondo de la tropa gitana del legendario Melquíades de Cien años de soledad, llevara el hielo para que poblados emblemáticos como Aracataca tuvieran la oportunidad de conocerlo.

El Expreso del Hielo rendía así homenaje no solo a García Márquez y a su imaginario, sino que vinculaba elementos opuestos, el hielo y el fuego abrasador, presente en el Expreso del Sol, nombre de la línea de trenes de lujo que viajaba en ese trayecto, inaugurada a comienzos de los años sesenta del siglo pasado.

El itinerario del Expreso del Hielo se propuso restaurar la ruta férrea entre Bogotá y Santa Marta. Foto: Emanuel Bovet.

Marcianos en la vía

Luego de pasar un buen rato en la romería congregada en El Corzo para recibir al Expreso, de tomar fotos con una vieja Kodak Ektralite y de intercambiar palabras con algunos franceses, llegó el momento que lo cambió todo: sonó el silbato anunciando la partida, el tren comenzó a moverse y Cristina y yo nos miramos por un segundo, antes de poner pie en el estribo del vagón y treparnos como pudimos.

No lo habíamos planeado, simplemente pasó. Horas después llegamos a Villeta, donde los viajeros bajaron a comprar comida y cigarrillos, y causaron un efecto en los habitantes del pueblo que se repetiría en cada punto de la geografía nacional que recorría el tren: fuera en Bosconia, Gamarra, El Copey o Barrancabermeja, todos se quedaban mirando fijamente, algunos en silencio, otros vociferando saludos en inglés, a esa fauna cubierta de tatuajes, con llamativos cortes de pelo, que hablaba otro idioma y se paseaba por las calles con frescura.

Para la cotidianidad rural estos tipos resultaban tan llamativos y ajenos como si hubieran descendido de un platillo volador. La travesía hacia la capital del Magdalena duró tres días, durante los cuales trabajamos con Karine, la encargada del vagón bar, donde vendíamos salchichas con pan, sándwiches, huevos duros, cerveza y café, combustible fundamental del proyecto, junto con los cigarrillos (de todo tipo) que todos fumaban sin cesar.

En Santa Marta comenzarían las presentaciones al público, así que la producción se tomó unos días allí para afinar detalles antes de emprender el regreso hacia Bogotá, mientras otros decidieron abandonar la aventura y volver a Francia. Gracias a la caridad de Karine, de Anouk Khelifa, novia de Manu por entonces, y del poeta Juan Manuel Roca, quien cubría la noticia para El Espectador, salvamos más de un almuerzo.

Tras el primer show, donde técnicos y artistas demostraron su competencia, el tren continuó su viaje y en Aracataca hubo una gran fiesta que incluyó modelos de protocolo de una conocida marca de cerveza, políticos de la región y una enorme cantidad de gente que buscaba pasar tiempo con “los gringos”.

Había muchas horas libres entre espectáculo y espectáculo, que artistas y técnicos aprovechaban para dar paseos por el río Magdalena, acompañante eterno del tren. Manu y Gambeat, contrabajista de Les French Lovers, se las ingeniaban para buscar músicos locales en cada parada y organizar con ellos sesiones de improvisación.

La percepción del tiempo a bordo del tren era singular, pues la sucesión de poblados, montañas, llanuras verdes y presentaciones en medio del sofocante calor hacía que los días se repitieran, en un estado de sopor perpetuo donde resultaba casi imposible recibir noticias de afuera.

Pero ya en ese momento, mi madre se había enterado de que su hijo “desaparecido” estaba en aquel tren. Las condiciones de viaje distaban de ser lujosas: el Expreso no tenía apoyo estatal y el dinero era escaso para todos; la suciedad y el desorden abundaban; los baños no funcionaban y había que aliviarse entre los vagones en movimiento.

Ni Cristina ni yo teníamos más ropa que la que llevábamos puesta. Con el paso de los días mis jeans olían a humedad y mis viejos Converse azules comenzaban a romperse. En las paradas, mucha gente entraba al tren a curiosear y así se perdió la Kodak de mi hermana con nuestras fotos.

Hubo varios descarrilamientos, comunes por el estado de la vía, mas no peligrosos porque la velocidad promedio era de 20 kilómetros por hora. En La Dorada, dos vagones se incendiaron por razones desconocidas.

Tren de payasos

Sin embargo, y a pesar de la aversión que sentía el embajador francés de la época por el hecho de que sus coterráneos se internaran en regiones con presencia de guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, nunca hubo un solo incidente. Uno de los viajeros, Jean Marc, lo expresó así: “¿Quién va a querer atacar un tren lleno de payasos?.

Esos payasos, por medio de la música, las pompas de jabón, los tatuajes gratuitos, el fuego que escupía el dragón Roberto y el arte de los trapecistas les brindaron diversión a poblaciones agobiadas por el peso de una dura realidad.

Fue un proyecto simple y humano que dejó honda huella en quienes tuvimos oportunidad de verlo y vivirlo. El Expreso del Hielo culminó el 30 de diciembre de 1993.

Siempre lamentaré la poca difusión que esta iniciativa tuvo en los medios de comunicación, pero durante esas semanas el país aún estaba bajo el efecto de la noticia del año: el narcotraficante más buscado del mundo, Pablo Escobar, había sido dado de baja el 2 de diciembre. La muerte de un capo opacó al Expreso más inusual, imposible y demente que ha atravesado el país.

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