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| 6/27/2017 12:00:00 AM

Los versos de Fernando Denis

Oriundo de Ciénaga, es considerado uno de los autores más relevantes de la poesía contemporánea dentro y fuera del país.

José Luis González tenía solo 17 años cuando comprendió que el destino es una trayectoria tan frágil, que incluso los estímulos más simples e instantáneos son suficientes para modificarlo. En su caso particular, todo cambió al leer un verso de Elegía del recuerdo imposible, ese poema en el que Borges piensa en la juventud de su madre, cuando ignoraba el apellido que habrían de llevar ella y sus hijos. Justamente allí encontró una indicación que gobernaría sus ideas durante más tiempo del que podía imaginar.

"Qué no daría yo por la memoria la tuve y la he perdido de una tela de oro de Turner, vasta como la música". Antes de leer ese verso, José Luis tampoco sabía que Fernando Denis, ese ser que llevaba tiempo gestándose en su interior, se preparaba para emerger con toda elocuencia, eclipsando el nombre que había portado hasta entonces.

Todo fue posible gracias a las pinturas de William Turner, esas acuarelas colmadas de cielos encendidos y mares fulgurantes, que a Denis le resultaron tan similares a lo que había sentido toda su vida, alrededor de los cuerpos de agua que rodean su natal Ciénaga, un lugar cercado por corrientes dulces y saladas, que hierven bajo la incandescencia del sol.

De ese modo, las letras de Denis establecieron una comunión eterna con los lienzos de Turner y, sin saberlo, posiblemente sin creerlo aún, con la Hermandad Prerrafaelita, ese escuadrón de pintores y poetas que lucharon con una simbiosis de pinceladas y versos, para emanciparse del academicismo renacentista.

En su batalla particular, Denis ha construido un concepto personal de la lírica y la palabra. Para él, “la poesía es un viaje alucinante donde la vida se convierte en una auténtica metáfora”. Ese viaje lo ha llevado a bordo de una experiencia frenética, que ha impulsado una evolución de su perspectiva de la literatura: “Mi poesía ha cambiado como las estaciones, el tiempo no es el mismo y tampoco los estados de ánimo. Me apasionan la historia, el sueño, la geografía real e imaginaria, los monólogos femeninos y la conducta de los cuatro elementos, y esto me permite tener mi propia voz, ampararme en un universo personal y recibir la verdadera herencia del lenguaje”.

De esos cuatro elementos que ha configurado en su obra, sin duda su predilecto siempre ha sido el agua, porque le plantea un regreso a sus inicios. Más allá de las múltiples posibilidades y alcances, el retorno aguarda una importancia trascendental en su visión del mundo: “El paraíso perdido es el origen, el regreso a la infancia. Ese contexto es vital, y los viajes que uno hace a través de las diversas culturas del mundo solo sirven para fortalecer eso, el regreso a Ítaca, o a Macondo. Siglos habrá entre el autor y su obra, pero el lugar de origen siempre estará ahí, detrás del círculo o el laberinto del lenguaje, nos aguarda ese pedazo de tierra prometida; el mío es la Ciénaga y toda su increíble fabulación geográfica y literaria”.

El agua ha dejado que las palabras de Denis naveguen por donde han querido, siendo capaces de permear otros idiomas y tipos de caracteres. Hace unos años fue celebrado como el mejor poeta colombiano vivo, por la Academia de letras de la India y la embajada del país en Nueva Delhi. Un viaje tan largo sirvió, entre muchas cosas, para reintegrarlo con sus raíces más personales: “Allí, escuchando mis poemas en la voz de Shamu Ganguly, un importante intelectual de Nueva Delhi, me percaté de que alguna influencia del Tagore que leí en la adolescencia perduraba en mí, y que en ‘La geometría del agua’ había una secreta magia verbal que me emparentaba con el poeta bengalí”.

Esa intertextualidad no fue solo una impresión suya, poco después, recibió una confirmación: “la cosa fue más impresionante de lo que yo creí: días después de mi regreso a Colombia, recibí un ejemplar de unos textos inéditos, cartas, poemas y canciones de Rabindranath Tagore que decidieron titular ‘La geometría del barro’”.

Esas circunstancias que muchos podrían catalogar como éxito, Denis las observa con cierta irrelevancia. Se podría pensar que la soberbia de la que lo acusan es una condición natural, ajena al reconocimiento del que ha venido siendo objeto, pero él piensa algo distinto, siempre ha tenido establecido que los objetivos de su inquietud creativa son otros.

“Yo escribo para mí, no para los lectores. El hecho estético de la lectura de un libro es producto del azar o de los destinos de esas palabras. Lo cierto es que hay libros de poemas que aún no se escriben y que a mí me gustaría leerlos. Por eso los escribo”.

*Periodista, magíster en literatura hispanoamericana y del Caribe.

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