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| 6/27/2017 12:00:00 AM

Leo Matiz, el ojo de Macondo

Reconocido como el padre de la fotografía en Colombia, Leonet ‘Leo’ Matiz vivió de una vocación voraz que lo llevó a recorrer el mundo con una cámara al hombro. De su Aracataca natal salió como un entusiasta dibujante y volvió convertido en un maestro de indiscutible influencia mundial.

En un fragmento de una carta que el diplomático francés Ernest Bourgarel envió a París desde Bogotá, se lee: “El viaje es monótono a pesar del magnífico paisaje que se despliega ante los ojos”. Corría el año 1900 y el siglo XX entraba a Colombia por el río Magdalena, haciendo paradas en los pocos puertos existentes para terminar en Honda, lugar desde donde el autor de la misiva había iniciado su travesía.

Faltaban 17 años para que a orillas de ese río, en un caserío bananero conocido como Rincón Guapo (Magdalena), doña Eva Espinosa a lomo de yegua en pleno galope, diera a luz al hombre que conjuraría el esplendor rebosante de un pueblo universal, al cual basta nombrarlo para descubrir su importancia histórica y cultural: Aracataca.

Poco más de dos décadas después, los entornos espléndidos de los que hablaba Bourgarel serían reproducidos en fotos. Leonet, nombre de origen francés con el que sus padres lo bautizaron, realizaba en 1939 sus primeros viajes como reportero gráfico. Apostado en la Ciénaga Grande, esperaba el momento justo en el que un joven pescador desplegara su atarraya.

Con la última tira del rollo que quedaba en su cámara, comprobó que a falta de matices, esa Colombia desconocida se podía contar copiada en papel con líquido de revelar negativo. Leo Matiz, así se conocería por siempre, tenía entonces 22 años y su horizonte vislumbraba, entre luces y sombras, esas composiciones geométricas que les darían vida a las historias que los ancianos de su pueblo les contaban a sus nietos.

Matiz aprendió a leer y a escribir con sus padres, acudió a la escuela en Ciénaga y completó su formación en el Liceo Celedón, en Santa Marta. Ajeno a toda convención, el joven tenía clara su vocación artística, y en 1933, con 16 años, publicó caricaturas en la revista Civilización de Barranquilla.

En Santa Marta fundó la revista Lauros y expuso sus dibujos en la confitería Excelsior y en el cine Variedades. Esa necesidad de expresarse venía de una infancia rica en experiencias. Enclavado en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, Aracataca no contaba con avances como la radio o la luz eléctrica. “No teníamos los inventos recientes, pero poseíamos el escenario vivo y cambiante de la naturaleza. En ese espacio, yo era un niño campesino y salvaje. Cazaba patos y micos. Trabajaba la herrería y arreglaba armas. A los 10 años tuve mi primera escopeta, y eso es una evidencia de la libertad con la que vivía en el campo”, le contó Matiz a Miguel Flórez, su biógrafo.

‘El gallero’. Aracataca, Colombia, 1951. Foto:©Alejandra Matiz. Acervo de la Fundación Leo Matiz.

Esas vivencias forjaron no solo al fotógrafo sino también a la persona. El crítico de arte, escritor y profesor Eduardo Márceles Daconte, quien conoció a Matiz un día de invierno de 1994 en Nueva York, cuenta que además de su ojo clínico para descifrar el encuadre y la perspectiva de una imagen, “era dueño de una personalidad simpática, de un verbo inextinguible y carismático que lo hacía atrayente en cualquier círculo”. De esa extravagancia narrativa salió una frase que lo acompañó hasta octubre de 1998, cuando murió en Bogotá: “Soy pintor por atavismo, fotógrafo por hambre y loco por talento”.

A pesar de que esas cualidades le abrieron las puertas del mundo (cubrimientos, homenajes y premios lo llevaron a recorrer Centroamérica, Oriente Medio, Europa y Estados Unidos), el fotógrafo se sentía en deuda con su pueblo, y qué mejor que saldarla en un libro: Macondo visto por Leo Matiz, un sueño editorial para él.

Allí, el periodista Miguel Flórez recoge un testimonio en el que Matiz explica por qué su pueblo había saciado su curiosidad: “Yo disfruté el oficio de la fotografía porque estaba dominado por la ansia de conocer. De niño, solo observaba. Cuando descubrí la fotografía, y aún ahora, pienso que he observado previamente. Soy un observador de la naturaleza. Permanezco horas viendo el vuelo de una garza. La mayoría de los fotógrafos se cansan. No desean insistir en el tema. Yo siempre miraba, revisaba y empezaba de nuevo”.

El primero de abril de este año se celebró el centenario del nacimiento de Matiz. Una semana después, cinco de sus fotografías ingresaron a la División Hispánica de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Entre estas, claro, está Pavo real del mar, esa emblemática imagen que atrapó con una cámara alemana Roylander y que después publicaría en la revista Estampa, en 1939.

La historia de esa parte de su legado fotográfico, el más importante de nuestra historia, se la contó Matiz a Flórez: “Cuando me vinculé a la revista ‘Estampa’, viajé a la costa Atlántica de Colombia a realizar en la Ciénaga Grande un reportaje sobre la pesca. Era una ciénaga entre el mar y el agua dulce, allí capté la fotografía de la red. He tratado de volver a realizar la imagen del hombre lanzando la atarraya y esa imagen no se ha repetido. Creo que haber registrado esa fotografía a la velocidad que lo hice es una suerte. El pescador que lanza la red es un hombre que tiene dignidad”.

La fotografía tiene algo de nostalgia perpetua, avisa con urgencia que todo momento es perecedero y debe ser rescatado de la muerte. Matiz lo sabía y por eso la parte de su obra que enmarca su lugar de origen, al que volvió en varias ocasiones, muestra un barco encuadrado en el brazo de un ancla, personajes que beben agua de un charco, árboles carcomidos por el tiempo y tradiciones que inspiraron los mejores relatos de la literatura colombiana.

Cuando alguna vez le preguntaron qué era Macondo, atinó a decir que “no era más que una vieja y revoltosa pregunta, orientada a averiguar la raíz más secreta y festiva de nuestra identidad”.

Hace 100 años inició en Aracataca la aventura de Matiz, y Gabriel García Márquez, cataquero también, auguró para muchos, en su obra más elogiada, ese mismo tiempo de soledad. Pero no ha sido tal gracias al infalible ojo de Leonet, quien captó unas imágenes que hoy acompañan la memoria de Macondo.

*Periodista de Especiales Regionales de SEMANA.

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