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| 11/17/2017 12:00:00 AM

Viernes en Chapinero

El amor y el horror. Lo mejor y lo peor. Todo pasa en esta zona de la ciudad que se asemeja a Soho y que evoca libertad.

Nací en el barrio San Fernando de Cali a principios de los setenta. Llegué a Bogotá en 1996 con una male-ta, una guitarra vieja, un par de libros de Truman Capote y dos suéteres coloridos que avergonzaban a mis amigos rolos. “¡Cómprese una chaqueta, Pacho!”, decían. Después de un año de soledad, silencio y películas de Betatonio en Cedritos, me mudé al barrio donde mi vida empezó: Chapinero. Calle 64, carrera quinta. Cerca de la panadería La Rioja (que ya no está, la mató un Juan Valdez). No era un sector tan cool, como ahora. Pero siempre fue libre, libertario y libertino. Compartía apartamento con mi amigo Germán –también caleño–. Vivíamos en un cuarto piso y podíamos pagar la renta con nuestros sueldos de periodistas. Hoy sería imposible, los arriendos en la zona son carísimos y los salarios de los periodistas nos obligan a ser youtubers.

Nuestro apartamento era una colección de botellas vacías de whisky barato, discos compactos, varios videogames, los primeros ejemplares de El Malpensante y algunos cuerpos agonizantes sobre el tapete los domingos en la mañana. Hablábamos sobre el ‘futuro’ con otros exiliados caleños, y nos sentíamos ‘modernos’ por tener TV Cable con fibra óptica. Bogotá era Nueva York. ‘Chapi’ el Soho, la Pequeña Italia, el sórdido Manhattan. Chapi era (es, aún) la libertad. Nadie preguntaba de dónde venías, o por qué te ibas; por eso todos llegamos aquí. En una noche de 1998 comencé a escribir, en ese apartamento, las frases iniciales del primer artículo que saldría con mi firma en el diario EL TIEMPO. Así empezó todo. Y brindamos. ¿Era lunes o martes? Daba igual. Siempre fue viernes en Chapinero.

Veinte años después escribo esto con cierta nostalgia, en la misma calle y desde un octavo piso. Aquí vivo con mi esposa Mafer. Aquí nació nuestra hija Antonia y a su lado corretea el perro Manolo. Todo está más caro. Todo es más ‘bonito’, y orgánico y deslactosado, y con denominación de origen y sin gluten, pero con wi-fi. Se abrieron barberías para los hipsters y centros de relajación para perros. Sin embargo, aún en los días festivos se escucha aquel grito de: “¡Envueltos de mazorcaaaaaa!”. Este es mi barrio. Mi sector, mi cuadrante, mi zona de patrullaje. Por él caminan de la mano, libres y lejos del clóset, los chicos con sus chicos, las chicas con sus chicas. Y justo ahora, en este momento, un par de turistas franceses se toman una selfie feliz frente a un muro con letras coloridas que recuerdan la tragedia. A sus espaldas se lee: “Todos–Yuliana–Somos”. El amor y el horror. Lo mejor y lo peor. Todo pasa en Chapinero. Y aunque sea lunes, aquí siempre es viernes.

*Periodista.

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