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| 8/24/2017 12:00:00 AM

Así quiere ser recordado el maestro Fernando Botero

Entre Mónaco, el municipio de Rionegro, Nueva York, París y Pietrasanta transcurren los días de este extraordinario artista que dedicó setenta años sin tregua a la pintura y la escultura.

El duque de Urbino y su esposa, inmortalizados en los inicios del renacimiento por el pintor italiano Piero della Francesca, reciben por estos días a los visitantes del Complesso del Vittoriano en Roma. Los dos personajes pintados en díptico se ven mucho más voluminosos, como si hubiesen ganado peso y tamaño después de 526 años. Es el efecto de los colores, el pincel y la inconfundible impronta del artista medellinense Fernando Botero.

En la primera parte de esa exposición antológica del colombiano también aparecen varias obras en las que rinde homenaje a Velázquez, Rubens y otros grandes maestros. Pero el tributo a Piero della Francesca es especial: es uno de los pintores que más admira y el más recurrente en sus menciones. De hecho, un temprano encuentro en Madrid con un libro sobre ese artista detonó su interés por el arte italiano y lo impulsó a vivir en Florencia.

Piero della Francesca‘, reinterpretación del Duque de Urbino y su esposa por Botero.

Piero della Francesca‘, reinterpretación del Duque de Urbino y su esposa por Botero.

La muestra es también un guiño a Italia, que lo recibió en 1953 con casi 21 años. Sediento de conocimientos, recorrió en una motoneta Vespa cada muro, iglesia, plazoleta, galería o museo en donde hubiese una obra y aprendió, observando y experimentando, lo mucho que sabe sobre arte.

Italia, el país en el que muchos años después asentó su casa y su taller de Pietrasanta, donde pinta y esculpe y está cerca de las fundiciones, celebra hoy sus 85 años de vida con esta exhibición en la Roma eterna.

“Lo único que me aterra es seguir vivo sin poder pintar”, me dijo Fernando Botero en 2012 en una entrevista para el canal colombiano Caracol Televisión. Sentado en un salón del Museo de Antioquia, en su natal Medellín, hacía una especie de corte de cuentas de su prolífica carrera, pues festejaba por esos días su cumpleaños número 80.

Tenía a sus espaldas el cuadro Crucifixión con soldado de la serie Viacrucis, una interpretación de la pasión de Cristo en un ambiente latinoamericano. En total, 61 piezas que donó por esos días, complementando la primera colección de 137 que le cambió la cara a aquel museo y al centro de Medellín con la Plazoleta de las Esculturas. “Las donaciones han sido la mejor idea que he tenido y la que más placer me ha dado”, afirmó en tono de balance, en referencia además a la entrega de 123 de sus obras y 85 de su colección de arte al Banco de la República para la creación del Museo Botero en Bogotá, una decisión que lo convirtió en el mayor filántropo de Colombia.

Había hecho para entonces 160 exposiciones, la mitad de ellas en los museos más prestigiosos del mundo o en los grandes paseos al aire libre de ciudades como París, Madrid, Berlín, Nueva York o Tokio. ¿Qué le falta? le pregunté. “Poco. He podido hacer casi todo en el arte”, respondió con satisfacción, pero aún había más por llegar.

En el reciente lustro, con una vitalidad asombrosa ha seguido marcando nuevos hitos en su récord de exposiciones. En el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México presentó ese mismo año una gran retrospectiva. Aunque era su quinta muestra en ese país, la calificó como la más completa de su vida. Y en 2015 alcanzó otra meta en su escasa lista de pendientes: el Museo Nacional de China en Pekín y el Museo de Arte de Shanghái le abrieron sus puertas.

Más de 3.000 cuadros, 300 esculturas e incontables dibujos son solo algunos indicadores de su prolífica obra. Por eso, puede estar mucho más que satisfecho de haberles apostado a la belleza del volumen y a la sensualidad de las redondeces para crear su singular visión estética. De haber hecho perdurables los paisajes y personajes de Colombia. De haber hecho indeleble la indignación y la vergüenza por lo sucedido en la prisión iraquí de Abu Ghraib.

Por eso ahora disfruta de la plenitud de su vida, que transcurre entre Mónaco, Rionegro, un municipio cercano a Medellín, Nueva York, París y Pietrasanta, donde pasa los veranos acompañado de su familia. También puede enorgullecerse de su larga relación de pareja con la artista griega Sofía Bari, de sus tres hijos, Fernando, Lina y Juan Carlos, de sus nueras y muchos nietos que lo quieren, lo admiran y lo rodean.

¿Cómo quisiera que lo recordaran?, le pregunté. “Si puedo ser ejemplo de algo es de haber trabajado incansablemente”, respondió sin dudarlo. A la vista, y para siempre, nos queda el resultado.

*Editora internacional de Noticias Caracol.

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