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| 10/2/2017 12:00:00 AM

Cómo se preparan los maestros del carnaval

Estuvimos en el único taller en Pasto dedicado los 365 días del año a la creación de carrozas, en donde se mezcla el trabajo arduo con la fantasía.

Faltan cuatro meses para el Carnaval de Negros y Blancos. Las calles de Pasto permanecen apacibles. Las personas trabajan, pero no caminan con afán. Un foráneo que desconoce una dirección recibe las indicaciones sin prisa de un local. La gran festividad se acerca, sí, pero pocos lo notan. O bueno, solo aquellos que viven del carnaval los 365 días del año.

Es el caso de Andrés Barrera. Tiene 40 años y una gorra salpicada con un arcoíris de pintura. Sus más remotos recuerdos tienen que ver con el carnaval. En 1999 construyó su propia carroza y hace siete años, como buen maestro de esta fiesta, abrió su taller a punta de martillo, puntillas y láminas de aluminio.

Barrera descansa en una silla de madera que quizá él mismo construyó. Se limpia las manos con el pantalón para saludar y agradece la visita a El Abuelo. Su taller en el barrio Anganoy es el único en Colombia destinado exclusivamente a crear esas apoteósicas carrozas que desfilan cada enero en la llamada Ciudad Sorpresa.

Los demás talleres funcionan entre enero y julio solo como carpinterías o parqueaderos, y el resto del año se convierten en contenedores de ideas, en lugares colmados de personajes mágicos que, por bondades de la fantasía, pueden estar regados en cada rincón. Así luce todo el año el taller El Abuelo.

Martín Barrera es uno de los ayudantes del taller de Andrés, su primo. Foto: César David Martínez

Las piezas del carnaval

Por lo general, las personas que participan en el carnaval se preparan con seis meses de anticipación. Entre enero y marzo, Barrera se dedica a dictar talleres y a llevar sus carrozas a distintos lugares. A partir de abril empieza a planear el siguiente carnaval. En julio cierra su taller y se pone manos a la obra.

“Estamos alcanzados de tiempo”, dice ahora. No obstante, ya se pueden ver algunos avances, como la maqueta de la cara del ogro Huitaka que construyó Jairo Samudio, que será tan grande y voluminosa como una camioneta, con exuberantes colores.

Samudio, nacido en Putumayo, colecciona desde pequeño recortes de periódicos con las fotos de las carrozas que ha construido el maestro Barrera. Después de empacar maletas, el 13 de septiembre hizo de este taller su hogar. Con 19 años, figurará por primera vez como autor de la carroza El Jaguar Dorado, inspirada en La tierra de las cordilleras del escritor pastuso Juan Bastidas, que desfilará en el carnaval de 2018. Cuando lo cuenta con mucha emoción, no puede evitar sonreír y bajar la mirada.

Mientras tanto, éxitos de rock en español ambientan el taller. La radio, en medio de una repisa llena de retazos de madera y uno que otro instrumento de corte, tampoco se libra de la pintura y el polvo. Su espacio no ocupa ni el 1 por ciento del taller, que mide nueve metros de ancho por 30 de fondo.

Contra las paredes de ladrillo se recuestan desde brazos de doncellas hasta el cuerpo de un duende sin cabeza que en sus tiempos mozos fue el vocero de la carroza Épica, ganadora en el carnaval de este año. El torso gigante del guerrero Galeras, protagonista de esta carroza en la que trabajaron cerca de 40 personas –acabadores, decoradoras y docenas de niños curiosos– está un poco más adelante, casi a la entrada del laboratorio carnavalesco.

Dedicación completa

Si bien los maestros del carnaval reciben una ganancia por su obra, gran parte del dinero se distribuye entre la gente que participa en cada proceso del trabajo previo al desfile. Lo que hace que su profesión sea sostenible es el deseo de vivir la experiencia carnavalesca a bordo de la carroza: con 16 metros de largo, Épica movilizó a 70 turistas y locales que pagaron hasta 400.000 pesos para participar en la celebración.

Por ahora, El Jaguar Dorado solo representa gastos. Épica, por su parte, ya genera ganancias, y ahora se prepara para viajar a Florencia, Caquetá. Los primos menores de Barrera, Martín, Nicolás y Esteban, la están retocando para que luzca perfecta. Abren una bolsa de cemento y lo remojan en una mezcla de agua y pegamento. “Es para quitarle las fallas”, explican los empapeladores, como se les dice a quienes se dedican a esta labor.

En El Abuelo todos tienen horario de oficina. Quizá Jairo salga un poco más tarde. Mañana el trabajo sigue. Sí, hace 250 días fue el último carnaval, pero aquí tanto humanos como personajes fantásticos disfrutan de una vida de herencia y tradición que los diferencia del resto de los pastusos: ellos saben que se aproxima el festejo. Y así, cada 365 días van de carnaval en carnaval.

*Periodista de Especiales Regionales de SEMANA.

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