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| 10/2/2017 12:00:00 AM

Esta es la laguna de La Cocha

En quechua, ‘cocha’ significa laguna. Estas dos palabras se funden en un destino nariñense cuya visita es más que gratificante.

Respiro rítmicamente para adaptarme a la altura y a la cantidad de curvas serpenteantes por las que me lleva el conductor del bus. Desde la ventana observo algunas personas que caminan lentamente con los brazos enlazados para protegerse del frío. Sus mejillas se tiñen de rojo formando un círculo casi perfecto, mientras andan encogidos. El clima moldea estilos de vida y, en consecuencia, también el lenguaje corporal. 

Las ventanas enmarcan las montañas, cuyos perfiles se cierran a lo lejos, donde la brecha es más angosta. Una paleta policromática, en la que dominan el verde, el marrón y un amarillo mostaza, me acompaña durante el recorrido entre Pasto y la laguna de La Cocha, protagonista de este paisaje campestre del que algunos hablan pero pocos conocen.

Luego de 40 minutos de viaje, empezamos a descender una pendiente y a lo lejos a divisar un depósito de agua azul que desaparece y aparece a medida que pasamos las últimas curvas entre las montañas, hasta que por fin llegamos a la laguna. El conductor del bus se detiene varias veces para darles gusto a sus pasajeros, y la mayoría de ellos le piden parar en el pueblo de El Encano, la única población situada en el valle de La Cocha. Yo prefiero quedarme cerca del embarcadero de la laguna.

El trayecto es corto pero puede llegar a ser difícil para todo aquel que, como yo, sufra de mareos; sin embargo, todo vale la pena cuando se alcanza el destino. Cocha significa ‘laguna’ en quechua, llamativa redundancia para este cuerpo de agua de origen glaciar que es la segunda laguna más grande de Colombia después de la de Tota, en Boyacá.

En busca de una barca

Desde donde me deja el colectivo puedo observar diferentes casas de madera adornadas con cientos de geranios, rosas y tulipanes. Las viviendas están asentadas sobre troncos, y tanto sus colores como su estilo, con forma de chalet alpino, me recuerdan de una u otra forma a una versión de Suiza en miniatura.

Del otro lado de un puente de madera pintado con líneas amarillas y verdes me espera un restaurante con un aviso, también de madera, colgado en la puerta que anuncia el plato típico del lugar: trucha ahumada. Una delicia a la que en este sitio solo le agregan sal y aceite. ¿El secreto? El pescado es pasado por humo durante unos 20 minutos y eso le da un sabor maravilloso. Se suele acompañar con arroz, papas y pimentón, pero a mi parecer estos últimos podrían ser ornamentales, porque el resultado de la trucha ahumada es exquisito.

De regreso al embarcadero, observo a varios hombres esperando a los turistas y ofreciendo el paseo en lancha hasta la isla de La Corota. Una pareja de argentinos se acerca y me pregunta si puedo ir con ellos para disminuir los gastos del pasaje. Accedo y nos vamos con una familia que había reservado su cupo minutos antes. Iniciamos el descenso en una de las estrechas y alargadas barcas a motor, una embarcación decorada con brillantes colores y cubierta de un tejadillo cerrado y blanco como el marfil, con ventanas que permiten ver el paisaje sin sufrir por los azotes del viento helado en la cara. Por suerte, hoy el viento y las nubes concertaron para favorecer nuestro viaje; el agua está calmada y apacible, y aunque hace frío, no llueve ni hay niebla, lo cual casi es un milagro en estas regiones paramosas. Estamos a 2.800 metros sobre el nivel del mar, rodeados de montañas que como centinelas vigilan de manera constante el lago, con sus 40 kilómetros de largo, cinco de ancho y una profundidad máxima de 75 metros que nos hacen sentir ínfimos en comparación con la naturaleza.

Tras el agua, recorrido a pie

Un hombre de tez morena y figura enérgica fija la barca al muelle y descendemos para iniciar el recorrido. Con solo 12 hectáreas de extensión, la isla de La Corota es el área protegida más pequeña de todo el país, y también es un lugar de peregrinación de los devotos de la Virgen de Lourdes. En nuestro recorrido por el sendero de madera que atraviesa de lado a lado los 500 metros de la isla descubrimos diferentes plantas: motilones dulces, arrayanes, canchos, sietecueros, orquídeas y helechos, especies que junto con cientos de árboles complementan el denso bosque que conforma el paisaje. La Corota no cuenta con infraestructura para alojamiento ni restaurantes, pero lo cierto es que no hacen falta.

De regreso el viento ulula, el aroma de naturaleza llena el aire y el paisaje de La Cocha permite un atisbo alentador que invade de emoción al visitante.

*Bloguera de viajes en Patoneando.com.

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