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| 10/2/2017 12:00:00 AM

Cuando Simón Bolívar llegó a Pasto

La Carroza de Bolívar es una novela del escritor Evelio Rosero, quien se valió de la ficción para retratar al libertador. Aquí, su fragmento inicial.

Ayúdame a desenterrar la sombra del doctor Justo Pastor Proceso López, a descubrir la memoria de sus hijas, desde el día que la menor cumplía siete años y la mayor era desflorada en el establo de la finca, hasta el día de la muerte del doctor, pateado por un asno en plena avenida, pero háblame también del extravío de su mujer, Primavera Pinzón, canta su amor insospechado, dame fuerzas para buscar el exacto día nefasto en que el doctor se disfrazó de simio, a manera de broma inaugural, resuelto a sorprender a su mujer con un primer susto de carnaval de Blancos y Negros, ¿qué día fue?, 28 de diciembre, día de Inocentes, día de bromas, día de agua y baño purificador, año de 1966, 6 de la mañana, todavía una delgada niebla se negaba a abandonar las puertas y ventanas de las casas, se enredaba como dedos blancos a los sauces que delimitaban las esquinas, las almas dormían, menos la del doctor –girando en su amplio consultorio, probándose un disfraz de simio al natural que había mandado traer en secreto de una famosa tienda del Canadá: ya se había ajustado la parte del simio correspondiente a piernas y tronco, sus brazos se inflaron de músculos y pelos, un pelo hirsuto, de auténtico orangután, y le faltaba por ceñir la enorme cabeza peluda que sostenía indeciso contra su corazón.

Con la cabeza de simio en las manos fue a mirarse al espejo del baño de visitas, en el primer piso de su casa de tres pisos, pero antes de enfrentar otra vez ante el espejo su cara amarilla de cincuenta años prefirió embutirla de un tirón en el felpudo interior de la otra cabeza negra de simio y lo que encontró lo dejó casi feliz, al descubrir un simio perfecto, los enrojecidos ojos –un velo rojizo cubría los hoyos de los ojos, de manera que los ojos del doctor parecían enrojecidos de furia y veía todo como entre nubes rojas–, y lo sedujo más la dentadura de simio que asomaba excesiva y peligrosamente puntuda, y de nuevo el pelaje, que se podía decir de genuino pelo de gorila, incluso le pareció que se alcanzaban a respirar las emanaciones de un recalcitrante olor a simio, y esa certidumbre pestífera, de macho simiesco, lo hizo transpirar con el abatimiento de un macho humano, dijo “Hola” y de inmediato un dispositivo en la garganta del simio transformó el saludo, lo tergiversó, hizo sonar gutural una queja o amenaza simiesca, algo así como un hom-hom que asustó por un segundo al doctor, al creer que a lo mejor un legítimo simio se hallaba dentro de su casa, o dentro de él, “podría ser”, pensó, avergonzado,

Pues no acostumbraba bromear de esa manera. En realidad no bromeaba con nadie ni con nada en esa ciudad suya que era una sola broma perpetua, donde vivieron y murieron riéndose de sí mismos sus ancestros, en ese país suyo, que también era otra broma atroz pero broma al fin, su ciudad repartida entre cientos de bromas pequeñas y grandes que a diario, sin quererlo o queriéndolo padecían entre sí los habitantes, los ingenuos y los procaces, los lúbricos y los áridos, los ahora acostados habitantes que acaso en este mismo momento despertaban consternados en sus lechos a encarar no solamente la broma de la vida sino las otras bromas del día de Inocentes, en especial las mojadas, cuando todos en Pasto tenían la libertad de lavar al vecino, amigo y enemigo, ya con un baldado de agua fría, con manguera o a bombazos –los duros globos lanzados de frente o por las espaldas, con o sin el beneplácito del afectado–, y aceptar además resignados las otras bromas, las trampas y las gracias de tremendo calibre a que estarían expuestos desde el más sabio hasta el más cándido, niños y viejos, como preámbulo del carnaval de Blancos y Negros.

Algún 28 de diciembre, Alcira Sarasti, esposa de su vecino Arcángel de los Ríos, lo invitó a un festejo de Inocentes en su casa, y ofreció unas empanaditas sorpresa, rellenas de algodón, que él comió golosamente incauto, a diferencia de los demás convidados, único inocente, para después sufrir de un atroz dolor de estómago la noche entera, ¿de qué veneno estaría empapado ese algodón?, ¿un revulsivo?, ¿un astringente?, cianuro casero, la devota Alcira Sarasti había ideado esa burla a medida de él y para él –que era un hombre alto y digno, pero gordo y rozagante como un lechón: su panza prominente defraudaba lo que bien podía ser la agraciada figura de un cincuentón: con seguridad la devota me odia desde que dije que Dios era otro mal invento de los hombres, pensó.

Más bien aborrecía las bromas, la gente bromista, ¿o les tenía miedo?, los consideraba seres raros que venían a interrumpir el sosiego, eran por lo general hombres y mujeres con algún rasgo pérfido en la cara, el entrecerrar de un ojo, por ejemplo, en el instante preciso de la broma –o la burla, que es lo mismo–, no existe broma sin burla para este pueblo sin imaginación, pensó, eran hombres y mujeres que debieron padecer alguna desolación en la infancia, los identificaba cierto fruncimiento salvaje en las cejas, ese achicamiento en los ojos, la lengua mojando los labios sibilinos, la voz adecuadamente maligna, porque la broma vuela cerca de la maledicencia, es el viento con su mentira cargada de acusación, una broma –o su burla– podía resultar más despiadada que un susto de muerte, era preferible un susto cualquiera a una broma cualquiera, pensó. Y, sin embargo, meses antes también él había empezado a fraguar su broma, la broma del simio, igual que todos en Pasto, pues cada uno planeaba su broma durante el año para empezar a aplicarla el 28 de diciembre, celebrarla con sus variantes durante los días carnavalescos, 4, 5 y 6 de enero, sufrirla, exhibirla, recrearla en el paroxismo del juego, del talco y las serpentinas, de las carrozas monumentales, del aguardiente a mares y los amores tan conocidos como desconocidos del carnaval de Blancos y Negros.

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